sábado, 8 de octubre de 2016

"APRENDIENDO A OBEDECER", (CRÍTICA DEL SISTEMA DE ENSEÑANZA) Héctor C. García y Alfredo Olmeda

Héctor C. García y Alfredo Olmeda
(La Neurosis o Las barricadas Editorial)
http://www.laneurosis.net/aprendiendo-a-obedecer/
octubre 05, 2015
Aprendiendo a obedecer. Crítica del sistema de enseñanza, de Héctor C. García y Alfredo Olmeda, es el quinto trabajo editorial de la colección central de La Neurosis o Las Barricadas. En esta obra se hace un recorrido por los puntos que el movimiento anarquista siempre ha considerado más relevantes en el análisis del sistema educativo como institución fundamental en las sociedades actuales:
La vieja tesis de los movimientos sociales de que a mayor educación se aumentarían las posibilidades de cambio social ha resultado ser equivocada. El avance de la escolarización obligatoria y su extensión a capas de edad más amplias cada vez no ha producido deseos mayores de liberación. A menudo, ha resultado tener un efecto contrario, pues quienes salen de las escuelas han asumido el discurso del Poder y se han convertido en férreos defensores del estado de las cosas.
¿Qué papel ha tenido la propia escuela en este proceso? Recogiendo toda una tradición crítica y partiendo en especial de las ideas anarquistas al respecto, este libro pone de manifiesto el papel de reproducción del sistema que juega la escuela oficial, convertida en un instrumento más de dominación. Así, se analizan en la obra los aspectos explícitos de la escuela en cuanto transmisora de la cultura e ideas del capitalismo, como los contenidos que se enseñan de manera declarada o las relaciones entre el diseño escolar y la estructura jerárquica de la democracia y también aquellos aspectos que quedan más o menos ocultos, como la influencia de la metodología o de la visión antropológica del sistema de enseñanza en la misión que mejor cumple: aprender a obedecer.
Al tiempo, los autores ofrecen las claves de una visión libertaria de la educación, esgrimiendo los rasgos generales de las ricas experiencias anarquistas en este terreno, en la búsqueda de personas libres que contribuyan a una sociedad libre.
(...) La ciencia aparece en primer lugar como incuestionable. Si por casualidad o azar un grupo de alumnos acude a un laboratorio a observar algún fenómeno natural, este ya está dado de antemano. ¿Qué ciencia puede descubrirse si se tienen las respuestas, las condiciones y reglas de experimentación o las preguntas de antemano? Parece obvio: una ciencia incuestionada y descontextualizada, sacralizada en aras de la comodidad del profesorado y, sobre todo, del aparato ideológico de una sociedad construida hoy día con los mimbres de la tecnociencia como paradigma de la especialización a la que adorar.
Con esto queremos decir que si en la sociedad en que vivimos ha desaparecido el debate (si es que alguna vez lo hubo) sobre los límites de lo aplicable, en la escuela se reproduce a pequeña escala. Nuestro alumnado desconoce qué significa la tabla periódica de elementos, pero la estudia como se estudiaba el catecismo católico no hace demasiado tiempo.
Dada la separación radical de los saberes en la escuela, la ciencia no tiene historia. Se presenta como un factor de progreso indiscutible que no ha sido creado por los humanos, sino que se nos ha dado de manera divina. Lo pretérito tiene historia, pero lo que se impone hoy no. Se plantea que la producción tecnocientífica está ligada por naturaleza espontánea a los intereses concretos de la sociedad, de manera que toda aplicación científica acaba apareciendo incuestionable en sí misma. No aparecen en los temarios los contextos en los que han surgido las innovaciones industriales ni existe nada parecido a un análisis de las condiciones en que surgen los problemas (...). Da igual que se trate la división de los seres vivos o la energía nuclear: el caso es que el prestigio social de la ciencia debe suponer la aceptación de toda investigación y de su aplicación, beneficie o no a la sociedad.
Así, una alumna de 5º de Educación Primaria verá desfilar ante sí las maravillas del maquinismo sin contexto ninguno, como si el proceso de industrialización no hubiera tenido consecuencias importantísimas, como si se hubiera llevado a cabo sin reticencias y sin sufrimiento, más allá de la locura opositora de unos pocos, que son señalados como un grupo extravagante. Así se prepara el terreno para la aceptación de todo lo que funcione, en una puesta en marcha del utilitarismo más mediocre.
Para que el aparato se mantenga en marcha es necesario que se sostenga en un discurso cuasi mágico. Este lo proporcionan las matemáticas. En seguida nuestro alumnado va a ver cómo un lenguaje como el matemático, que no es más que un simbolismo de realidades concretas, se transforma en lenguaje arcano y despegado de lo tangible, cumpliendo con un proceso de intelectualización que hace imposible que se comprendan los fundamentos de tal creación humana. La ausencia de relación entre los problemas matemáticos de los libros de texto y los problemas con que se puede encontrar un alumno, la ruptura con el medio en que estos se desenvuelven, acaban culminando en un galimatías de números que cobran vida propia.
Los diseños curriculares de matemáticas son especialmente sádicos: se da a los alumnos una serie de contenidos pensando en su futuro. Es decir, se impone el conocimiento previo para lo que vendrá después, a pesar de que su comprensión resulte imposible. Nadie sabe, en el momento en que empieza a tener contacto con ellos, qué demonios son los límites o las integrales, pero eso no importa, porque se debe aprender para entender lo siguiente, siguiente que, en muchos casos, nunca llegará.
De este modo, es imposible concebir la ciencia, pues se acaba primando la llegada a unos resultados por encima del método, que es lo realmente interesante de la ciencia. Así, la enseñanza científica cava su propia tumba: atrincherada en el a priori de lo efectivo, gritando por las esquinas su eficacia como escudo protector y su corona de saber, acaba autorrefutándose en cuanto un niño pregunta «para qué». Si la ciencia se presenta como un para algo y no como una búsqueda de los porqués, cuando ese para qué se pone en duda, cae todo el edificio. Explicado de otra forma: los saberes científicos se presentan al alumnado como el monopolio de las soluciones a problemas, pero cuando alguien no tiene problemas, las soluciones dejan de ser interesantes. Si un adolescente no está preocupado por los famosos trenes que salen de estaciones diferentes en sentido contrario, le resulta del todo indiferente a la hora a la que se crucen, se saluden o choquen.
Todo esto corre paralelo a la necesidad de someterse a especialistas desclasados que son capaces de inventar necesidades, a las que llaman problemas, para luego comercializar soluciones. Esa casta de la tecnología necesita limar también las heterogeneidades sociales y, de la misma forma que se convierte en un grito del capitalismo mundial la adopción de un mundo donde todos los lugares sean iguales y tengan las mismas preocupaciones de cara a vender los mismos objetos, se impone un sistema de medidas en los modelos matemáticos que, lógicamente, tiende a despreciar aquellas usadas en el ámbito rural. Esto puede parecer una anécdota sin importancia, pero desvela la capacidad de los contenidos para obtener la sumisión a la regularidad, que no necesariamente es deseada por las personas, pero sí para el tránsito de las mercancías. Que nadie dude de que necesita el último producto de Apple, que todos corran a comprarlo.
(…) Paradigma de la tecnociencia que no se debe comprender, sino aceptar y ejecutar, las aulas de informática se han llenado de ordenadores con alumnos delante tratando de escaparse de la mirada del profesorado para entrar en sus sitios web favoritos o para jugar a alguna estupidez en línea.
Al final, la cuestión no reside en usar el experimento, la hipótesis, el contraste realidad externa-ideas o en observar la naturaleza para comprenderla mejor, sino en cebar como pavos a los alumnos con un saber que posee la atracción de lo misterioso y el prestigio de lo eficaz, preparándolos para la aceptación de un sistema basado en la tecnología incontrolable, una de cuyas mayores virtudes reside justamente en la posibilidad de ejercer el control sobre la gente. Si se consigue inventar un chip que controle el pensamiento disidente, debe aceptarse su aplicación e imposición, primero porque funciona y segundo porque quien se opone es seguro que tiene algo que ocultar.