martes, 14 de febrero de 2017

43 ANIVERSARIO DEL ATAQUE POLICÍACO MILITAR A LA CASA DE NEPANTLA DE LAS FLN

A 48 años de la fundación de las FLN.
43 años del ataque policíaco-militar a la casa en Nepantla de las FLN
La Voz del Anáhuac
06 de agosto de 2016
06 de agosto, 1969, Apodaca, Nuevo León.- Un grupo de hombres y mujeres jóvenes se reúnen en una casa para comprometerse con la lucha de liberación nacional que saben necesaria. Fuerzas de Liberación Nacional dan por nombre a la organización naciente.
         Podríamos buscar el acta de fundación, pero un militante de las FLN, con el grado de Capitán entonces (el mismo que después, ya con el grado de Subcomandante, conoceríamos como Marcos, y finado éste, con el mismo grado, hoy conocemos como Galeano) le dio forma de poema. Ahora lo transcribimos aquí:
RELACIÓN DE LOS HECHOS
El Capitán.
Hoy, día sexto del mes
de agosto del año
mil novecientos sesenta y nueve,
estando prevenida la historia,
el café amargo,
el tabaco por terminarse
la tarde por fenecer
y todo adecuado para conspirar
contra las sombras y tinieblas
que opacan el mundo y su sol,
los abajo firmantes comparecen
ante mí, la Patria, para
declarar lo siguiente:

Primero.- Que los abajo firmantes
renuncian a su hogar, trabajo,
familia y estudios y a todas las
comodidades que, sobre la miseria
de los más, se han acumulado
en manos de los menos.

Segundo.- Que los abajo firmantes
renuncian a un futuro,
vendido en abonos para
disfrute individual.

Tercero.- Que los abajo firmantes
renuncian también a la coraza
de indiferencia frente al sufrir
de otros y a la vanagloria de un
lugar entre los poderosos.

Cuarto.- Que los abajo firmantes
están dispuestos a todos los sacrificios
necesarios para luchar calladamente
y sin descanso para hacerme a mí,
la Patria, libre y verdadera.

Quinto.- Que los abajo firmantes
están dispuestos a padecer persecusión,
calumnias y torturas, e incluso
a morir si es preciso para lograr
lo señalado en el punto Cuarto.

Sexto.- Que yo, la Patria, sabré
guardarles su lugar en la historia
y velaré por su memoria
como ellos velaron por mi vida.

Séptimo.- que los abajo firmantes
dejan bastante espacio debajo de sus
nombres para que todo hombre y
mujer honestos firmen este
documento y, llegado el momento,
lo rubrique el pueblo entero.

No habiendo más que decir
y sí mucho por hacer, los
abajo firmantes dejan su
sangre como ejemplo y
sus pasos como guía.

Heroica y respetuosamente:
VIVIR POR LA PATRIA O
MORIR POR LA LIBERTAD

Manuel, Salvador, Alfredo, Manolo, María Luisa,
Soledad, Murcia, Aurora, Gabriel, Ruth, Mario,
Ismael, Héctor, Tomás Alfonso, Ricardo...

Y siguen firmas de los
que habrán de morir y
de los que habrán de vivir
luchando en este
país de dolorosa historia
llamado México, abrazado
por el mar y, pronto,
con el viento a su favor.
Con una estrategia de acumular fuerzas en silencio, las FLN se dieron a la tarea de organizar redes de contactos y formarse política, ideológica y militarmente, por lo que también fue preciso definir los principios de la organización. De estos principios se deriva no realizar secuestros, ni “expropiaciones” a bancos o empresas capitalistas o dinamitar sus instalaciones, sino financiarse con la cooperación de sus militantes y colaboradores. Esta característica diferenció a las FLN de todas las otras organizaciones revolucionarias de la época.
         Del mismo autor transcribimos ahora otro poema, ya con el grado de Subcomandante y vocero del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), pues no hay que olvidar que éste es fruto del trabajo constante, de la perseverancia, de la integración de los militantes de las FLN en las comunidades indígenas de Chiapas. El 17 de noviembre de 1983, en algún lugar de la selva se funda el EZLN, que irrumpiría 10 años después, el 1 de enero de 1994 con el ¡YA BASTA! que sacudió la conciencia de millones en México y el Mundo:
Declaración de principios
 (Subcomandante Marcos)
Es necesaria cierta dosis de ternura
para comenzar a andar con tanto en contra
para despertar con tanta noche encima.

Es necesaria cierta dosis de ternura
para adivinar, en esta oscuridad,
un pedacito de luz,
para hacer del deber y la vergüenza una orden.

Se necesita cierta dosis de ternura
para quitar de en medio a tanto hijo de puta
que anda por ahí.

Pero a veces no basta
la cierta dosis de ternura
y es necesario agregar....
una cierta dosis de plomo.
Asumidos por ellos mismos, encontramos sus palabras en alguno de los boletines de las FLN, en documento interno, de carácter confidencial entonces, que, como algunos otros, ahora son públicos, gracias al trabajo de rescate y perseveranción de la memoria que realiza La Casa de Todas y Todos, nombre actual de lo que fue el Museo Margil, en la misma casa donde hace 47 años se fundaron las Fuerzas de Liberación Nacional:
“Nuestra confianza está en el pueblo, en su probada capacidad de ser agente de su propio destino. No podemos permitir que el miedo impere entre nosotros, mientras se suman día con día penas y agravios. Mientras la herencia de esos procesos de revolución social es desmantelada, despojada de su carácter popular, y tornada en propiedad privada, no sólo en nuestro país, sino en franca guerra ante los pueblos enteros del mundo. En agravio de la vida misma”.
Co. Salvador, Co. Manuel, Ca. María Luisa, Ca. Sol, Co. Gabriel,
¡PRESENTES!
¿Qué significado tiene la palabra “nuestro” entre quienes ponen su vida para que todo sea común?
Carta de despedida de Dení  Prieto a su padre, madre y hermana, al incorporarse a las FLN
En octubre de 1973, Dení Prieto se incorporó a las Fuerzas de Liberación Nacional, organización revolucionaria fundada el 6 de agosto de 1969 en Apodaca, Nuevo León.
Desde muy temprana edad Dení se formó conciencia social y supo de la necesidad de luchar en contra del sistema capitalista que explota, despoja, desprecia y reprime al pueblo.
Participó en brigadas de trabajo popular el Tlaxcala y Estado de México. Estudió Enfermería, ya como contacto de las redes de las FLN, pues esos conocimientos serían necesarios en la lucha para la que se preparaba a las y los contactos de las FLN, quienes tras un período intenso de formación política, ideológica y militar pasarían a ser combatientes.
Las masacres del 2 de octubre de 1968, del 10 de junio de 1971 y el golpe militar fascista en Chile el 11 de septiembre de 1973 fueron hechos que la convencieron plenamente de que era ya el momento de organizarse, prepararse y entrar en combate.
Cuando escribe la carta de despedida a su familia ya había decidido incorporarse a las FLN. Se trasladó clandestinamente a la Casa Grande de Nepantla, donde comenzaría, junto con otras compañeras y compañeros su formación para ser combatiente.
Sin embargo, a consecuencia de una traición, la existencia de la Casa de Nepantla fue delatada, por lo que el 14 de febrero de 1974 un operativo militar la atacó. Ahí fue asesinada Dení (María Luisa). Alfredo Zárate (Salvador), Carmen Ponce (Sol), Mario Sánchez Acosta (Manolo) y Anselmo Ríos (Gabriel) también fueron asesinados esa noche. Raúl Morales (Martín) y Gloria Benavides (Ana) fueron encarcelados y torturados. Posteriormente puestos en “libertad condicional”. Pero la persecución continuó. También continuó la resistencia. El ataque a la Casa de Nepantla y al naciente Núcleo Guerrillero Emiliano Zapata fueron demoledores para las FLN. César Germán Yáñez Muñoz (Pedro o Manuel), Raúl Pérez Gasque (Alfonso), Elisa Irina Sáenz Garza (Murcia), Juan Guichards Guts (Héctor), Federico Zurita Carballo (Tomás), Federico Zurita Carballo (Tomás), Fidelino Velásquez, fueron desaparecidos o asesinados. Mario Alberto Sáenz Garza (Alfredo),  Julieta Glockner (Aurora) y Gonzalo cayeron en 1975, en Chiapas tras ser perseguidos. Para todas las compañeras y compañeros caídos el honor de ser recordados como revolucionarios consecuentes que prefirieron morir a caer en manos del enemigo.
 Hoy, en el 47 aniversario de la fundación de las FLN, transcribimos aquí la carta con la que Dení (María Luisa) se despide de su familia:
“Mom & Dad & Ayari:
Saben por qué me voy, así es que no llenaré hojas tratando de explicárselos. Sé que ustedes están de acuerdo conmigo y, aunque al principio reaccionen como “familia preocupada”, finalmente se darán cuenta de que sólo hago lo que harían ustedes en mi lugar. Ustedes saben que no es una decisión repentina, sino de muchos años.
Tampoco crean que tomo esto como una aventura novelesca. Estoy consciente de su gravedad y sé también que una vez adentro no hay paso atrás. No sé cómo describir lo que siento al irme. Es entre felicidad, ganas locas y un poco de pena por dejarlos a ustedes.
Me he puesto a pensar en la mucha suerte que tengo por ser hija de gentes como ustedes, en quienes puedo confiar y que sé que comparten lo que siento. Además en cuanto a modus vivendi no es ningún sacrificio, sino al contrario. Dejo un modo de vida que, si no me repugna, por lo menos me fastidia. Y aburre. (Sé que a ustedes ídem.)
Va a ser muy largo y duro el camino y nuestra seguridad depende en gran parte de la discreción y el silencio.
Pase lo que pase, nuestro objetivo final vale mucho más que los sacrificios que puede costar. Les quiero más que nunca y les escribiré tan seguido como pueda.
"Dení"
UN AFÁN
(Poema a Dení, de su padre,
Carlos Prieto Argüelles)
Nunca había pensado en la muerte,
en la nada, en la ausencia total
de una presencia, de un aliento vital,
hasta que moriste tú.
No es mía ninguna superstición.
No distraigo mi conciencia con milagros,
paraísos, ángeles y demonios.
¿Pero quién puede definir la nada,
o el comienzo
o el fin
de algo, de todo, del universo,
de ti, de mí, de Dení?
¿De la muerte qué podemos definir?
Su fisonomía, su aspecto, su traza.
¿Y qué más sabemos a ciencia cierta?
Ahora lo quiero saber, con tanto afán,
que no la temo ni la tengo por extraña,
y aun la deseo, desde que moriste tú,
desde el fondo de mi adolorida,
desgarrada, inconforme entraña.
(Fragmentos del “Libro de Historia sin Nombres ni Rostros. F. L. N.”, donde un sobreviviente relata el testimonio del asalto a la Casa de Nepantla:
Hay fechas que significan cosas diferentes de acuerdo a dónde se ubique uno y por consiguiente se celebran de manera diferente. Hay quienes celebran recordando y rindiendo homenaje a los que decidieron vivir por la patria o morir por la libertad.
El 14 de Febrero de 1974 fue la fecha en la que el ejército tomó por asalto la llamada Casa Grande en San Miguel Nepantla de las Fuerzas de Liberación Nacional, la organización revolucionaria que fue la semilla de lo que hoy conocemos como Ejército Zapatista de Liberación Nacional. A continuación un recuento de lo que sucedió ese 14 de febrero:
Ese día, a las 23:00 horas, Salvador conectaba y desconectaba los últimos cables de ese día en los aparatos de radio, Sol se deshacía las trenzas en su habitación preparándose para dormir, al igual que María Luisa y yo que leíamos en nuestras habitaciones. Gabriel terminaba de limpiar la cocina y Martín y Manolo batallaban todavía con un acumulador, cuando el ejército opresor, así como agentes de la policía política, que habían rodeado la casa, lanzaron al interior granadas incendiarias, acompañadas de una lluvia de balas, al tiempo que intimaban rendición: “¡Es el ejército! ¡Ríndanse! ¡Están rodeados! ¡Es el ejército!”
“No nos vamos a rendir, vengan por nosotros” fue la respuesta de “Salvador”. Pese a que esa decisión implicaba enfrentarse a una muerte casi segura, el dirigente nacional optó por la autodefensa en cumplimiento a la consigna de las FLN, de no dejarse agarrar vivos.
“¿Y qué esperaban? ¿Que saliéramos con nuestra banderita blanca mientras nos disparaban y bombardeaban?”, dice Gloria Benavides  (“Ana” o “Elisa”), al evocar un episodio del que, junto con “Martín”, fue la única sobreviviente
Empuñando nuestras armas personales, nos dirigimos, apagando luces por el camino, hacia el cuarto de María Luisa, que quedaba entre el de Sol y el mío, para recibir órdenes de Salvador, que se encontraba ya en esa habitación con los documentos de seguridad que debía defender con su vida y embrazando una carabina M-1, única arma larga funcional que había en la casa. Sol, María Luisa y yo teníamos revólveres calibre 38, Gabriel y Martín pistolas escuadras Colt calibre 38, Manolo y Salvador escuadras Browning de 9 mm.
María Luisa, que había perdido sus anteojos, decía a quienes pudieran preocuparse de eso, que lo dejaran, que realmente no le hacían falta. Manolo rebuscaba en el clóset y preguntaba a Salvador si por lo menos nos llevábamos las armas cortas. Salvador lo descartó, dijo que había que irse, ya. En ese momento empezaron a lanzarnos gases lacrimógenos. Salvador repitió la orden: “¡Vamonos!”
Salimos por la puerta de la cocina, cubriéndonos con la sombra de la Jacaranda, el aljibe y los gallineros. Pegándonos a la pared de la cocina, dimos vuelta a la derecha, metiéndonos en el estrecho pasillo formado por la barda y la pared del fondo de la casa; Salvador pretendía que saltásemos la barda por ese lado. Aun cuando casi sin intervalos entre nosotros, el orden en que marchábamos era: Salvador, Sol, Gabriel, María Luisa, Ana, Martín y Manolo. Recargada sobre la pared de la cocina al principio del pasillo, hacía tiempo que habíamos dejado una escalera para revisar el tinaco; al dar vuelta Ana a la esquina de la casa, Gabriel retrocedió unos pasos para subir a la escalera. Alguien le advirtió que no lo hiciera y él alcanzó a explicar que quería ver dónde estaban los enemigos, antes de que se asomara, descargas cerradas empezaran a caer sobre nuestra posición desde el frente y el lado izquierdo, a través de la barda El movimiento había dado a conocer al enemigo nuestra posición al salimos de la zona sombreada. Nos tiramos al suelo. Los compañeros que venían detrás de mí no habían alcanzado a dar vuelta. Primero me jalaron hacia ellos, yo moví a María Luisa tendida delante de mí, pero ya no me respondió; luego me indicaron con señas que los siguiera.
(“Dení iba justo delante de mí cuando comenzamos a caminar afuera de la casa. Cuando nos dispararon nos tiramos al suelo, apenas habíamos avanzado unos cinco metros, quizás, y creo que allí la mataron. No dijo nada, tal vez no sintió nada. Le toqué los pies y traté que me viera para explicarle ‘a señas’ que me siguiera. No respondió. Entonces nuevas ráfagas y una explosión me obligaron a separarme de ellos y me fui hacia donde estaban Sergio y mi compañero, que venía detrás de mí. Ellos quisieron regresar por ella pero no lo hicieron, el fuego nos fue empujando a todos fuera de esa área. Después, a mí no me mostraron los cuerpos. Fue a Sergio y no sé a quién más a los que llevaron a reconocerlos. No quiso nunca darme detalles. Se los pedí, pero me contestaba ‘mejor no’. Los policías me mostraron fotos de los cadáveres, de todos, una y otra vez. Sólo recuerdo que tenían un tiro de gracia, sin ninguna duda, en el caso de Manolo; en el de Dení no podría asegurarlo. Tenía una expresión apacible”, relató Gloria Benavides “Ana” o “Elisa”), años después, al reconstruir la memoria).
Nos arrastramos hacia la parte baja del terreno, protegidos por el aljibe y el gallinero; al final del aljibe hicimos alto. Parapetados ahí, oíamos claramente los gritos de los traidores, Nora gritaba histérica: “¡Entrégate Salvador! ¡Prende las luces… entrégate Salvador! ¡Están rodeados! Prendan las luces…”
Desde ese lugar Manolo intentó regresar hacia la posición de los otros compañeros para ver si era posible auxiliarlos; pero como en esos momentos el tiroteo sobre su posición y las que estaban próximas a ellos era sumamente intenso, esperaba a que disminuyera un poco cuando una granada luminosa que estalló en el lugar de los compañeros a unos 12 metros de nosotros, nos hizo tendernos. Posteriormente empezamos a arrastrarnos, cubriéndonos con los desniveles del terreno, hasta alcanzar la barda, en el sitio donde había una perrera grande, junto a un nopal, que nos cubrieron al saltar hacia la casa vecina.
Primero saltó Manolo, luego Martín, quien al caer al suelo tropezó con algo que hizo mucho ruido enterando nuevamente al enemigo de nuestra posición y finalmente yo; en cuanto pisé el suelo corrí siguiendo a Manolo hasta que nos topamos con unas viejas porquerizas desocupadas que se extendían a lo largo de la pendiente del terreno. Entramos a una, sin techo, detrás de la cual había un olivo. Nos reunimos ahí con Martín. Manolo nos indicó rápidamente que saltaríamos la barda por ahí procurando que el enemigo no se percatara; una vez afuera, los tres nos escurriríamos, si era posible, o correríamos hacia el monte disparando si se hacía necesario. Iría él primero, después, si no oíamos ruidos, Martín, y luego yo. Me dio la mano, sonrió (estábamos casados), ya del otro lado nos hizo una seña, nos disponíamos a saltar cuando nos ordenó regresar en forma apremiante.
Hizo varios disparos, y enseguida empezaron a dispararnos desde varios puntos. Manolo volvió a encaramarse a la barda, luchando por regresar con nosotros. Los reflectores lo iluminaron, hasta que fue resbalando hacia el otro lado. Todavía oímos más disparos suyos. Después nos enteraríamos que herido, luego de ser identificado por Napoleón, fue rematado de un tiro en la cabeza por el enemigo.
Martín me arrastró tres o cuatro porquerizas más abajo, nos agazapamos en otra. Me tranquilizaba: “Tenemos que salir para avisar a los demás, son las 00:00 hrs., tenemos cuatro horas, después habrá mucha luz”.
Me preguntó si estaba herida, me recomendaba que una vez saltando la barda no fuera a parar, que corriera pasara lo que pasara.
Seguimos ahí bastante rato, de vez en cuando conversábamos. Discutíamos acerca de si el ejército utilizaría o no aviones esa noche, cuando el ruido de un helicóptero que sobrevolaba en círculos la zona nos interrumpió. Ahí seguíamos oyendo, lejanos, de tanto en tanto, los gritos de los traidores, y también los del ejército conminándonos a entregarnos, avisándonos que habían tomado ya la casa.
Un disparo que le hicimos a un policía que cruzó enfrente de nuestra posición, nos obligó a movernos, por fin, de ese lugar.
Cruzamos el patio, arrastrándonos de nuevo, por entre unas matas que crecían cerca de la pared de la casa, y llegamos a un amplio jardín que mientras lo cruzábamos, fue súbitamente iluminado por hileras de foquitos de los que usan para iluminar las ferias. Llegamos hasta un muro de piedra donde nos recargamos. A nuestra izquierda un cuartito, posiblemente el del encargado de cuidar la casa, con una puertecita entreabierta que daba al jardín, ocupado por el ejército que tenía emplazada en el techo una ametralladora; a nuestra derecha un escalón, luego el jardín que acabábamos de cruzar. Corrimos por enfrente del cuartito y doblamos luego a la izquierda para saltar la barda de esa casa por la parte más baja y menos iluminada del terreno. Corría yo adelante (como no traía zapatos hacía menos ruido), hasta que un rozón de bala en el pie me hizo tropezar y caer. Martín siguió corriendo, ante mi insistencia, ya que seguían disparándonos. Lo seguí en cuanto me levanté, y escalé la barda por el lugar que habíamos convenido; desde arriba lo vi incorporarse trabajosamente del suelo (seguramente con la intención de ayudarme a bajar, ya que la barda era más alta de los que esperábamos) encañonado por los “sardos” que enseguida lo desarmaron, me encañonaron también, y al tiempo que me ordenaban bajar de la barda me pedían que no fuera a disparar. Al bajar caí al suelo, me desarmaron, me desgarraron la ropa en los lugares en que tenía sangre (que no era mía), colocaron a Martín a mi lado, y empezaron a dispararle, con su propia pistola “para ver si estaba cargada”.
Mis gritos atrajeron a un oficial que al llegar abofeteó a dos de sus hombres, comprobó con parecida delicadeza que estábamos vivos y nos condujo a la casa, donde nos entregó a otro oficial. Ahí los traidores nos identificaron.
EPILOGO
Para quienes fuimos aprehendidos, el epílogo de estos sucesos fue, primero, la vejación, la tortura y la cárcel; después, la “libertad condicional”, el contacto con la organización y la reincorporación a nuestras filas. Para la organización significó la más encarnizada persecución, más pérdidas de vidas y el sempiterno resurgimiento.
Finalmente, Salvador nos aseguraba que en el proceso se cometían errores, que los cometíamos nosotros, él más grave. Comentaba, con un poquito de ironía, que como ninguno de nosotros sabía hacerla y que, antes de aprender, nos equivocaríamos.
Porque además, si de algo podíamos estar seguros era de que no sería fácil, de que las dificultades no podrían contarse, que habría avances, retrocesos, estancamientos inevitables. Pero que ni en los peores momentos podríamos perder la confianza en el triunfo final de nuestro pueblo, conociendo su capacidad de lucha.
Decía un prominente miembro del aparato represivo del régimen refiriéndose a Nepantla: Es una derrota, pero una golondrina no hace verano.
Eventualmente podrán vencernos, podrán destruir la vanguardia combativa del pueblo -un accidente al que está siempre expuesta- pero no podrán ni terminar con las causas del descontento popular, ni detener la marcha de la historia.
Este día, 14 de febrero, rendimos homenaje a los compañeros que, en distintas fechas y lugares, han caído cumpliendo su deber de revolucionarios.
1974
Co. Salvador
Co. Manolo
Ca. Soledad
Col. Gabriel
Ca. María Luisa
1975
Ca. Aurora
Co. Gonzalo

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