jueves, 14 de abril de 2016

Uruguay: A 185 años de la masacre de Salsipuedes, todo está guardado en la memoria y el alma del pueblo

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A 185 años de Salsipuedes, todo está guardado en la memoria y el alma del pueblo
Gabriel -Saracho- Carbajales,
Red Latina sin fronteras
Montevideo, 11 de Abril de 2016
(…) Desde hace un tiempo asistimos en el país a una floración de iniciativas destinadas a la exaltación de la tribu charrúa. No hemos heredado de ese pueblo primitivo ni una palabra de su precario idioma, ni el nombre de un poblado o una región, ni aun un recuerdo benévolo de nuestros mayores, españoles, criollos, jesuitas o militares, que invariablemente les describieron como sus enemigos, en un choque que duró más de dos siglos y les enfrentó a la sociedad hispano-criolla que sacrificadamente intentaba asentar familias y modos de producción, para incorporarse a la civilización occidental a la que pertenecemos. (…) Su leyenda se adentró en el imaginario colectivo, en tiempos en que la afirmación de la identidad nacional reclamaba de mitología. Hoy, a dos siglos casi de existencia independiente, parecería llegada la hora de que la historia supere el mito, pero desgraciadamente, como en tantas otras cosas, venimos involucionando (…). (Párrafos iniciales del editorial de “El País” del 19 de abril de 2009, titulado “El Charruismo”, firmado por Julio Ma. Sanguinetti).
En su florido estilo de tinterillo compulsivo, el cretino que escribió lo que antecede -si es que a un ex “primer mandatario” se le puede diagnosticar tamaña patología en el orden moral- lo hizo pulsando el teclado para el diario oligarca, hace 7 años, con la misma fiereza fascistoide y triunfalera con la que el 11 de abril de 1831 los milicos Rivera y asociados -pioneros de la “doctrina de la seguridad nacional”- le ponían el broche de oro a la miserable traición a la Revolución Oriental, en Salsipuedes, con la despiadada cacería de los pocos centenares de charrúas que habían podido sobrevivir a la “redota” y al destierro de Artigas, sin convertirse en traidores enemigos de sí mismos y del ideal de una Patria Grande anticolonialista y antilatifundista.
No parece nada saludable la pretensión de honrar la memoria de aquellas Compañeras y aquellos Compañeros “primitivos” a 185 años de su masacre, transcribiendo y comentando disparateos aberrantes de cagatintas profesionales de frívola erudición y aureola de adustos “intelectuales”.
Pero sí parece saludable tener presente que “reflexiones” como la mencionada sirven para ver claramente cómo la crema ya muy rancia de la miniburguesía, inútil, garronera y genuflexa ante cualquier “corona”, lleva en sus entrañas, sofrenado pero indisimulado, ese odio de clase del que ella misma ha nacido al fragor del abuso, la violencia y la mentira que desparraman hasta para referirse a hechos históricos y connotaciones históricas reales, que no son la invención febril de enamorados del “indigenismo” o de pueblos cautivados por los intérpretes “ultras” de nuestro pasado -el de hace 185 años o el reciente- de lucha frontal y ejemplar contra el despotismo y sus auxiliares educados para la tortura y la muerte.
La manera más justa y necesaria de recordar a los caídos en Salsipuedes, es la de recordarlos y reivindicarlos como parte entrañable del pueblo oriental; como eso: Compañeras y Compañeros, queridos Compañeros de lanza y boleadoras, pertenecientes a un pueblo mil veces golpeado por derrotas, debilidades, trágicos tropiezos, apostasías imperdonables y unos cuantos travestismos éticos, que, sin embargo, no han podido destruir sentimientos y convicciones que jamás podrán entrar en la testa mareada y el alma descompuesta de más de un ex “primer mandatario” (¿o mandadero?) devenido en tal mediante el engaño y la falsedad “mediatizada”.
Que rebuznen nomás los ignorantes que dicen que nada nos dejaron los negros, los zambos y los indios de la derrotada Banda Oriental; que vociferen los energúmenos que hoy, 11 de abril, no sienten aunque sea un poquito el dolor retroactivo producido por el sentido épico de la lucha, el amor propio colectivo y la moral revolucionaria transmitida generación tras generación, de un pueblo al otro, de un barrio al otro, de una escuela a la otra, de un lugar de trabajo al otro… pues la moral revolucionaria nace, se robustece y perdura, sin casi darnos cuenta, en el simple gesto de mencionar y no dejar en el olvido, a quienes cayeron no para erigir y consagrar esta sociedad de la miseria y el crimen, sino por resistirla y por no sucumbir a las tentaciones de trocar una vida sacrificada pero digna, por los espejitos de colores de la opresión.
¡Respeto y honor a los masacrados por el flamante Estado de 1831 llamado ROU! ¡Condena eterna a los traidores de nuestra Revolución inconclusa! ¡A los de ayer y a los de hoy! ¡Luchemos sin desmayos por la impostergable Patria Grande, anticolonialista, antilatifundista y socialista, a la que odian los mismos “dotores” que justifican Salsipuedes y ridiculizan “el charruismo”!

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