viernes, 20 de noviembre de 2015

TRABAJAR, ESTUDIAR Y DEFENDER EN TACONES ALTOS (respetar y dignificar el trabajo sexual no asalariado)

Colaboración/
Proyecto Voces de Mujeres 2015
Fotografías de Mariana Gutiérrez.
19 noviembre, 2015
Agencia SubVersiones

Esta publicación forma parte de los trabajos realizados durante el proyecto Voces de Mujeres, en el año 2015. El siguiente fotoensayo fue hecho por Mariana Gutiérrez, quien trabaja en el Centro Madre Antonia, brindando apoyo y escucha a trabajadoras sexuales en La Merced, México DF.*

Alondra es una mujer alegre, que sonríe todo el tiempo y le gusta compartir lo que sabe y lo que ha vivido. Ella se lleva muy bien con sus hijas e hijos y ya tiene cuatro nietos.
(…) Me gusta bailar, escucho todo tipo de música, y normalmente me voy de vacaciones a Acapulco una vez al año con mi familia (…) A los niños les da mucho gusto cuando me ven, el mayor, a veces le quita el teléfono a su mamá y me manda whatsapp, tiene 6 años. Se siente padre porque están chiquitos, y los chiquitos siempre hacen gracias, el problema es cuando son adolescentes, ahí es el problema (…)
Hoy, tiene 43 años, ha sido trabajadora sexual desde que se salió de su casa a los 19. Recuerda que su infancia fue tranquila, sin carencias, incluso recuerda las jornadas vacacionales en las que les llevaban a visitar fábricas y museos. Al preguntarle cuál ha sido el momento más feliz de su vida, contestó sin titubear que su fiesta de 15 años, en donde fueron más amigos que familia, y fue justo como ella quería. Se casó a los 16, y poco antes de cumplir 17 tuvo a su primer hijo y poco después a una niña. Con el paso de los años, tuvo problemas con su mamá y un día agarró unas cuantas cosas y se salió de su casa.
“Mis hijos se quedaron con mi mamá, yo era la que andaba afuera, ahí fue donde empecé a trabajar en la prostitución”.
Cuando sus hijos crecieron, no dudó en regresar a sus estudios. Primero se graduó de la prepa mediante el examen del CENEVAL, pero tenía ganas de estudiar algo más, de dedicarse a otra cosa. Entonces ingresó a un diplomado en Criminalística, pero quería seguir estudiando. Una carrera técnica hubiera sido más sencillo, pero ella quería tener un mejor sueldo. Optó por derecho, invirtiendo lo que ganaba de la prostitución en colegiatura, libros, y todos los gastos que implica la escuela.
El entorno de su trabajo le ayudó a ver lo útil de esta carrera, pues ha presenciado una y otra vez, como es inevitable pagar a una abogada para contar con el apoyo necesario. Decidió estudiar derecho porque ha sido testigo en carne propia de los abusos por parte de las autoridades. Actualmente está por terminar la licenciatura en derecho, pero ha decidido seguir estudiando la maestría. Todas las mañanas va a su servicio social, y por las tardes, de 6 a 11, trabaja.
Ahora sabe defenderse ante la policía, que no sólo las llevaban cautivas durante horas o días, sino que también les cobraban multas injustas que acababan con lo poco que lograban ahorrar o disponer para el cuidado de sus familias. Alondra se ha convertido en una asesora para sus compañeras, quienes le depositan su confianza y la buscan en “la zona” para que las oriente en lo que tienen que hacer ante los abusos de las autoridades.
(…) las ayudo y oriento en el problema que pueden tener, a donde pueden acudir y ese tipo de cosas. Como todavía no tengo cedula, no puedo litigar, pero ellas saben que cuando tenga cédula podrán llamarme para apoyarlas”.
Durante su trabajo en la calle, se ha enfrentado a comentarios como “están paradas porque no saben hacer nada” o “es muy fácil estar en una esquina”, lo que la ha hecho comenzar una lucha directa en contra de estos ataques. Alondra invita a las mujeres que pasan y las critican a que se acerquen a conocerlas. Afirma que muchas están ejerciendo la prostitución debido a la inseguridad económica y a que necesitan sacar a sus hijas e hijos adelante.
La historia de Alondra, nos recuerda que las trabajadoras sexuales también están en una lucha constante por su crecimiento personal, que trabajan en la recuperación de su autoestima y la revaloración de su propia vida.
Su voz, su vida y experiencia en “la zona” ha sido ignorada, pero exige ser contada y esta vez, ella ha tenido el valor de contarla junto con sus reflexiones y decisiones que la han ayudado a crecer en el camino.
Mi nombre es Mariana. Desde el año 2012 me enteré de la misión de las hermanas oblatas y la labor que realizan con las mujeres que trabajan en el sexo-servicio y sus hijos en el Centro Madre Antonia. Al ver el impacto que generan las hermanas con su recibimiento y acogimiento sin discriminar y siempre dispuestas a ayudar, decidí acercarme para apoyar a las mujeres a ser conscientes del poder que tienen y a mejorar su calidad de vida, y su autoestima.
El trabajo que desempeño en el Centro Madre Antonia consiste en promocionar los servicios médicos, psicológicos, educativos y legales, así como dar seguimiento a las vidas de las mujeres, brindando apoyo y escucha a las compañeras que están en situación de prostitución. Salgo siempre acompañada de otra compañera o alguno de los voluntarios, o incluso con alguna de las hermanas procurando generar un contacto y confianza con ellas.
Mi labor en el Centro Madre Antonia no sólo significa trabajar ocho horas al día, sino que también me ha ayudado como persona hacia el interior y el exterior enseñando a las mujeres y más que nada aprendiendo de ellas. Lo que voy aprendiendo procuro compartirlo a las demás en diferentes talleres para que se genere solidaridad, redes de apoyo y lugares de reflexión.
Al escuchar las diferentes historias de cada mujer en la zona de La Merced consideré necesario escribir un caso que como el de muchas, rompe con el estereotipo de las trabajadoras sexuales, ya que se dedican a defender y ser portavoz de sus compañeras.