jueves, 26 de marzo de 2015

"...el monopolio del conocimiento y el desprecio a los que ignoran no es revolucionario sino reaccionario"

Reflexionábamos a partir de la lectura de Malatesta que coincidíamos en que los cambios sustentables sólo se mantienen cuando hay un proceso de concientización, pensamiento crítico y acceso a la cultura, las ideas y el conocimiento. Entre más amplio tu panorama es más flexible y crítico tu pensamiento.
No bastan masas conformes con la revolución sino buscar la construcción de masas críticas que defiendan por sí mismas sus derechos, mejor preparadas para la toma de decisiones y para construir el progreso social.
Una masa sin pensamiento crítico y sin conocimiento es más susceptible de ser manipulada por la demagogia de hoy un líder, mañana otro. Y aunque el líder pudiera tener buenas intenciones es riesgoso que el movimiento social dependa de una persona.
Y por supuesto, nos gustó mucho la afirmación de Malatesta de que el monopolio del conocimiento y el desprecio a los que ignoran no es revolucionario sino reaccionario.
A las dificultades que señala Malatesta en la transmisión de conocimiento y técnicas habría que añadir que se requiere paciencia, método para ello. A pesar de la incredulidad de muchos, a cualquier edad se puede aprender y esto ya está demostrado por los recientes avances de la neurociencia; no hay pretextos, hay que encontrar el modo.
Aquí los párrafos más interesantes del capítulo “Obreros e intelectuales” del libro “Artículos Revolucionarios”:
“Somos revolucionarios y sabemos que una revolución hecha sin la ayuda de fuerzas y capacidades que no se tienen sin una previa cultura intelectual podría parecer muy radical, pero sólo sería, en el fondo, una explosión de ira sin alcance y sin porvenir. […]
[…] es necesario insistir en la belleza de la ciencia y la utilidad y necesidad de la dirección técnica, e inspirar a los ignorantes el deseo de instruirse y de elevarse, pero también hay que hacerles sentir y comprender que la ignorancia no es una razón para que los opriman y los traten mal, sino más bien un derecho a una mayor consideración como compensación por la privación sufrida, que se les negó lo que hay de mejor en la civilización humana.
Y los “intelectuales”, los que han tenido la suerte de poderse instruir, si toman parte en una revolución por amor sincero del bien de todos deben ponerse al mismo nivel de los menos afortunados para ayudarlos a elevarse, y no considerar a la masa como un rebaño que ellos deben conducir y esquilar, quitándole la posibilidad de educarse en la iniciativa y la libertad, y, peor aún, obligándola a la obediencia por medio de gendarmes.
La tendencia natural, diremos así, de los intelectuales, es la de separarse del pueblo, de constituirse en cenáculo, de darse aires y terminar creyéndose “protectores o salvadores que el vulgo debería adorar y mantener”.

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