sábado, 28 de febrero de 2015

EZLN: RAÍCES DEL MUNDO NUEVO (hagamos que este sea la característica del siglo XXI)

ALAI, América Latina en Movimiento
2014-06-12
Raúl Romero
A la memoria de David Ruiz García
A los hermanos de Xochicuautla

Eric Hobsbawm, uno de los historiadores marxistas más destacados, escribió que el siglo XIX comenzó en 1789 con la Revolución Francesa y concluyó en 1914 con el inicio de Primera Guerra Mundial. Nombró a este periodo el Largo siglo XIX. El mismo Hobsbawm apuntó que el siglo XX había iniciado en 1914 y concluido en 1991 con la desintegración de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). A este periodo lo llamó el Corto siglo XX. Recordemos, de manera exageradamente resumida, que para los teóricos marxistas la historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases. En este sentido, el largo siglo XIX se caracterizó por la imposición del liberalismo como ideología hegemónica, mientras que el corto siglo XX estuvo marcado por la disputa entre el liberalismo y el socialismo.

Siguiendo esta línea, el siglo XXI que inició en 1991, se ha caracterizado –al menos en estas primeras dos décadas– por las resistencias de los pueblos de América Latina. Lo anterior lo han recalcado otros pensadores, como Noam Chomsky, Immanuel Wallerstein, Pablo González Casanova y Boaventura de Souza. En este «cambio histórico», las luchas de los pueblos indios contra la explotación y la dominación, contra el imperialismo, pero también contra el colonialismo internacional e intranacional, son un rasgo distintivo. Al respecto, vale destacar dos sucesos en particular.

El primero de ellos ocurrió en octubre del año 1992. Con motivo de los «500 años de resistencia indígena», los pueblos originarios de diferentes países del continente se movilizaron recordando el comienzo del genocidio, también conocido como «Conquista». En Bolivia, Ecuador, Guatemala y México acontecieron grandes manifestaciones. Los nombres de Evo Morales y Rigoberta Menchú empezaron a cobrar gran relevancia. En México, aproximadamente 10 mil indígenas marcharon en San Cristóbal de las Casas, Chiapas, derribando a su paso la estatua del conquistador Diego de Mazariegos.

El segundo suceso es más conocido: la aparición pública del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN) el 1 de enero de 1994.

Así, el siglo XXI no vino solo, a su lado venía el mundo nuevo. Se gestaba desde antes. Dio sus primeros asomos en Cuba, donde El Che alcanzó a ver al hombre nuevo. Fue tomando forma con el paso de la historia hasta que llegó el tiempo, su tiempo.

Como relámpago que ilumina la obscuridad –la obscuridad de un «mundo que se derrumba»–, el mundo nuevo comenzó a revelarse. Cuando se suponía que no había posibilidades de un mundo anticapitalista, los pueblos zapatistas de Chiapas irrumpieron en el «teatro del opresor» para demostrar lo contrario: que otro mundo era posible.

El mundo nuevo tiene como principal característica el ser anticapitalista. En él, los pueblos son el sujeto protagónico de la construcción de un modelo social y económico que no se basa ni en la explotación ni en la acumulación. Oponen la vida y la comunidad a la mercancía y al individuo, paradigmas supremos del capitalismo. Al mismo tiempo, ejercen su derecho a autogobernarse, creando una forma de pueblo-gobierno en donde el pueblo manda y el gobierno obedece.

En el mundo nuevo los pueblos son conscientes de que no hay «contradicción principal», sino contradicciones económicas y culturales que se enlazan y se manifiestan en múltiples relaciones de opresión. De esta manera, los pueblos crean relaciones sociales horizontales en las que se subvierten viejos esquemas de dominación inclusive previos al capitalismo. Las relaciones de opresión de clase, raza, género, edad, naturaleza, entre otras, son eliminadas o están en proceso de serlo.

El mundo nuevo también viene con una nueva cultura política que es profundamente democrática y plural. Está compuesto por muchos mundos, no hay modelo a imitar ni vanguardia que seguir. No hay una ideología dominante, por el contrario, la diferencia es uno de sus motores principales. Contrario al mundo que se derrumba, la ética y la dignidad son cimientos del mundo que nace con el siglo XXI.

Cual sistema inteligente y dinámico, el mundo nuevo está en constante transformación, aprendiendo siempre de sus propios errores.

Los Caracoles Zapatistas son la versión más acabada del mundo nuevo. Pero, como un archipiélago que emerge desde abajo –y a la izquierda–, este mundo nuevo asoma también en Cherán, en Santa María Ostula, en Wirikuta, en Bolivia, en Ecuador, en Brasil, en Colombia, en Argentina…

Los señores del dinero y de la muerte que dominan los resquicios del viejo mundo tienen miedo. Como en el pasado, tienen miedo a lo nuevo, a lo diferente. Sus privilegios, construidos con la sangre y el dolor de los «condenados de la tierra», están en juego. Por eso se resisten y fabrican guerras de exterminio. Por eso asesinaron al profe Galeano y destruyeron la escuela y el hospital del Caracol de La Realidad.

Las raíces del mundo nuevo son fuertes, han ido creciendo desde abajo, ¡siempre desde abajo! Su retoño más visible, el zapatismo, nos cobija a muchos otros y otras. Ellos y ellas nos enseñan que la lucha no es contra los «hermanos paramilitares», sino contra el sistema. Que lo que importa es la justicia, no la venganza. Hay que aprender con ell@s y de ell@s. Seamos pues mujeres y hombres nuev@s, hagamos que el nuevo mundo sea la característica del siglo XXI.