jueves, 19 de febrero de 2015

EL ABSTENCIONISMO ELECTORAL: ¿EFECTO DE UNA CRISIS DEMOCRÁTICA?

Escrito por  Jorge González
Lunes, 16 febrero 2015

Las elecciones se aproximan y el hervidero político está aumentando cada día más. Por un lado podemos observar algo común entre la clase política mexicana: utilización de propaganda desmedida, denostaciones entre grupos contrarios, acaparamiento de reflectores, etc. Esta parte es típica y una coreografía tradicional en estas fechas; el baile por el hueso.
Por otro lado podemos percatarnos de un fenómeno que desde hace tiempo ha venido creciendo, no solo en México sino en las democracias occidentales también: el abstencionismo electoral. Resultados de una encuesta hecha en 2013 develó que el 91 por ciento de los habitantes del país cree que los organismos políticos son corruptos; de estos, el 73 por ciento piensa que lo son en extremo.
El escepticismo con relación a las instituciones políticas y a la clase política en general no es una novedad, no obstante hay un fenómeno que en los últimos días ha estado rondando en las redes y ha captado la atención de muchos. Un vídeo compartido por el medio digital Desinformémonos muestra imágenes en dónde estudiantes sonorenses quitan propaganda y la reutilizan con consignas en contra del Estado.
El enojo por parte de distintos sectores de la población mexicana por el uso desmedido de recursos públicos para la propaganda política ha ido en aumento y sucesos similares han ocurrido en distintos estados como Guerrero, Chiapas y Michoacán, así como en la Ciudad de México. Y no es para menos, pues estamos hablando de una bolsa de recursos de 5 mil millones de pesos en el más reciente año reportado, tan sólo del gobierno federal, pero que alcanza hasta 12 mil millones de pesos con los gastos de los gobernadores. Es una bolsa de dinero importante y no existe ninguna regulación que explique bajo qué criterios –que deberían ser técnicos– se distribuye.
La quema de propaganda no es la cuestión sustancial, lo elemental y que amerita ser desmenuzado es el discurso apartidista que muchos de los manifestantes manejan a la par de estas acciones. Ni PRI, ni PAN, ni PRD, ni MORENA, ni nada que tenga que ver con instituciones políticas que vivan del erario. Este discurso reposa en un hartazgo visible y tangible que desde 1994 hasta hoy se refleja en un porcentaje de abstencionismo que pasó de 24% a 44% en la actualidad. De acuerdo con los especialistas, el abstencionismo es un fenómeno común en países como México donde el voto no es obligatorio. En contraste, la participación tiende a ser superior en aquellos donde no votar implica algún tipo de sanción, como Argentina o Ecuador.
Pero más allá de que el voto en México no sea obligatorio y que se encuentren excusas que afirman, incluso, que la mayoría de la gente no vota por flojera, el fenómeno de rechazo a las urnas es un elemento que ha ido ascendiendo y que aparentemente aviene con el discurso “no creo en los partidos políticos en lo absoluto, porque cuando yo les di mi voto me dieron la espalda”. Lo interesante de esta afirmación es saber cuál es el argumento que hay detrás, pero sobre todo el planteamiento de una opción distinta al sistema electoral que tenemos actualmente.
Decir no voy a votar porque no creo en los partidos políticos, pero no tener una alternativa clara, o fundamentos para afirmar que hay otras maneras de convivir como individuos y sociedad, es tan inútil como ir a votar. Y es en esta parte dónde habría que plantearnos “si me cagan los partidos políticos y estoy hasta la madre de que me jodan, ¿Qué otras alternativas hay?” Es aquí dónde empieza lo interesante.
A lo largo de la historia ha habido una pugna entre la democracia directa y la democracia representativa, que son básicamente las dos opciones más debatidas y que actualmente más se utilizan. La primera emana de una propuesta en la cual todos los integrantes de una comunidad elijen las cuestiones y las formas, la segunda emana de una propuesta en la cual el ciudadano elije quién elegirá por él, lo cual presupone un completo desconocimiento del pueblo para saber qué les conviene, pues el hermetismo con el que se maneja la democracia occidental deviene en un desconocimiento por parte de la comunidad de aspectos elementales, lo cual a su vez es efecto de un elitismo muy remarcado.
A este respecto Giovanni Sartori (1999) comenta que: "la representación es necesaria (no podemos prescindir de ella) y que las críticas de los directistas son en gran parte fruto de una combinación de ignorancia y primitivismo democrático".  Como contraparte a esta aseveración del científico social, habría que voltear a ver a las comunidades indígenas autónomas. Un ejemplo actual sobre procesos autónomos es el caso de las comunidades oaxaqueñas del Istmo de Tehuantepec, en dónde el hecho de quererles imponer el segundo megaproyecto eólico más grande del mundo y afectar su ecosistema, ocasiono que negaran de facto la representación política y optaran por el directismo, cuestión que en la actualidad puso en jaque a inversionistas multimillonarios.
A pesar de que muchos teóricos y politólogos argumentan que el problema de la democracia directa es la cantidad de individuos que componen una nación y la cantidad de problemáticas a debatir, así como la capacidad de los sujetos para debatir cuestiones importantes, es elemental que para la construcción de una nueva forma de coexistencia como comunidad, observemos a detalle cuáles son los resultados y qué implicaciones tiene el optar por la autonomía, palabra que sin duda alguna le da escalofríos a los más férreos defensores de la democracia republicana imperante y a los grandes inversionistas.
Para comprender los procesos autónomos hay que voltear a las comunidades en resistencia, pero la idea de la búsqueda de autonomía no radica en perseguir paradigmas organizativos, pues el contexto de las comunidades indígenas es muy distinto al contexto urbano, incluso el contexto de los zapatistas en Chiapas y los Binizaa en Oaxaca tiene diferencias enormes, sin embargo hay un común denominador y es la negación de un sistema en decadencia que ha orillado a millones a estar en la penumbra del hambre y el olvido.
La construcción de una autonomía es una construcción colectiva que va de la mano con las condiciones tangibles de una comunidad.
Hay formas de organización que básicamente han sido negadas y ninguneadas por el sistema capitalista, sin embargo habría que reflexionar el porqué, pero sobre todo analizar seriamente, si estamos hasta la madre, por qué no darle la espalda al sistema electoral y buscar alternativas, es decir hay que negar para construir después, pues negar por negar, sin argumentos sólidos, ni propuestas, básicamente es hacerle la chamba al Estado también.