jueves, 31 de octubre de 2013

La dignidad del sin rostro: La capucha es la capacidad unirse a algo mucho más grande que uno mismo

Escrito por  Carlo Giulan
Martes, 29 Octubre 2013
Vivimos en una época de transición. Los gobiernos de muchos países del mundo están imponiendo reformas neoliberales muy similares a las que México padece desde hace poco. Al mismo tiempo, la resistencia civil en contra de las esas leyes injustas (y del sistema capitalista en general) ha despertado por todo el orbe. Las luchas callejeras entre encapuchados y policías se dan a diario en muchos rincones del planeta y su desenlace parece incierto.
En estos tiempos de cambios, de movilizaciones sociales, de conciencia colectiva y de asesinatos colectivos, no está de más recordar que el presente fue escrito por todos los hechos que lo definieron en el pasado. No sobra analizar las épocas que tienen muchas similitudes con nuestro presente; siempre hay que voltear atrás para recordar que lo que hoy vemos en nuestras calles ha sido visto por otras calles y por otros rostros.
En septiembre de 1935, cuando el partido nazi recién había alcanzado la cúspide del poder en Alemania, se promulgaron las leyes de Núremberg, cuyo propósito fundamental fue deshumanizar a los judíos y a otras minorías del país teutón. Desde esa fecha, el régimen comenzó abiertamente a perseguirlos y eliminarlos: eran ahora seres sin derechos ni libertades. Serían conocidos como Untermensch (infrahumanos).
Igual que los nazis en su tiempo, muchos estados han utilizado la estrategia de deshumanizar a las clases bajas para legitimar y mantener su poder. Los reyes y emperadores de las antiguas civilizaciones lo hacían hace milenios y los presidentes y primeros ministros lo siguen haciendo.
Aunque el caso de la Alemania nazi es uno de los más inhumanos que la historia recuerde, la estrategia es básicamente la misma que los gobiernos actuales utilizan, únicamente es más sutil. Es una idea tan sencilla de entender que incluso el ejecutivo federal parece comprenderla, pero está tan oculta en el subconsciente colectivo que la damos por sentada sin pensar en ella. Las clases bajas, para ser dominadas y mantenerse alejadas del ejercicio del poder han de ser deshumanizadas y se les debe hacer creer que el orden de las cosas tiene lógica y una razón de ser. Por lo tanto, los esclavos deben creer que nacieron para ser dominados por sus amos, las mujeres deben creer que nacieron para ser dominadas por el hombre, los pobres deben creer que nacieron para ser dominados por los ricos.
De esta manera, nosotros, los de abajo, los que no controlamos el destino de nuestros pueblos, siempre hemos tolerado que nos despojen de los medios materiales necesarios para vivir. Y lo hemos tolerado porque antes de perder lo material ya habíamos perdido, en nuestras mentes, algo mucho más valioso: la idea de que un hombre no vale más que otro hombre. Y los poderosos, ya con la inercia del empoderamiento, no sólo se hicieron creer que ellos valían más que nosotros, incluso lograron convencerse de que valían más que el planeta que los rodea. Porque bajo la lógica capitalista, el hombre que gobierna al hombre, gobierna también a la naturaleza y si una persona, una montaña o un bosque se cruza en su camino, se le puede eliminar sin importar las consecuencias.
Si lo primero que hemos perdido no fue material, entonces lo primero que debemos recuperar lo encontraremos en nuestras mentes. Aquello que hemos perdido desde hace incontables generaciones tiene un nombre: es nuestra dignidad. Como seres humanos debemos luchar con el objetivo común de destruir al poder y para ello usaremos todos los medios que estén a nuestro alcance. No se necesitan líderes, caudillos o héroes que se lleven la victoria, si la victoria es popular los luchadores deben ser anónimos. Se necesitan rostros cubiertos.
Quien cubre su rostro no tiene miedo. Arriesga en las calles su integridad física, su libertad e incluso si vida porque su miedo ha sido sustituido por su dignidad. La lucha es real, pero también es simbólica y con símbolos podemos demostrar que todos somos uno. Debajo de una capucha oscura, es un rostro lo que está ocultando, pero es la dignificación de toda una clase social la que se muestra. La capucha es el rostro de la igualdad, de la capacidad de perderse como individuo para unirse a algo que es mucho más grande que uno mismo. La justicia debe ser para todos, aunque no todos luchen por ella. Pero quienes lo hacemos ocultamos el rostro para mostrar que hemos decidido que mientras existan desigualdades, serán una afrenta a nuestras personas. Que mientras exista el hambre existirá la lucha. Mientras haya gobiernos habrá organización popular en su contra.
En Núremberg se cerró la etapa del nazismo alemán cuando en esa ciudad fueron juzgados los criminales de guerra nazis, muchos de los cuales fueron ejecutados por sus crímenes contra la humanidad. Si los encapuchados logramos generar conciencia y los ojos del mundo redescubren la dignidad perdida, los seres vivos de este mundo dejarán de sufrir el control de unos cuantos humanos poderosos. El ser humano logrará su emancipación.

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