viernes, 24 de mayo de 2013

México: contraReforma financiera-usurera: tasas monstruosas y ejecuciones expeditas



Rebelión, 24-05-2013


 

En México, desde hace tres décadas, desde que los neoconservadores tomaron el poder político, el precio del dinero, es decir, la tasa de interés, tiene un comportamiento anómalo: es muy grande la diferencia entre lo que recibe el ahorrador o inversionista y lo que cobran los bancos por prestar o conceder un crédito. Técnicamente, a esa diferencia se le dice en inglés spread.

Histórica y universalmente, esa diferencia o spread ha sido de unos cuantos puntos porcentuales al año, digamos dos o tres, si bien algunas veces llega a la media docena. Por ejemplo: el banco paga al depositante el seis por ciento, mientras le cobra al prestatario el 12. Ésta, como se ve, ya es excesiva. Es el sueño dorado de cualquier comerciante: una ganancia del ciento por ciento. Comprar naranjas a peso el kilo y venderlo a dos pesos. O casi el ciento por ciento si consideramos los gastos de administración, así como las otras fuentes de ingresos de los bancos: comisiones, sobretasas, penalizaciones, y diversos servicios, siempre carísimos.

Pero en México, desde la época citada, esa diferencia es monstruosa: de hasta 40 puntos. Y a veces, como un caso que acabo de conocer por la prensa especializada, esa diferencia alcanza el 83 por ciento anual. Todo esto, desde luego, con la complicidad o, mejor dicho, la servidumbre gubernamental.

Pero ahora, regalo maravilloso, el señor secretario de Hacienda, Luis Videgaray, por órdenes de su jefe, el licenciado Enrique Peña Nieto, promete y está trabajando una reforma financiera, anunciada, como se dice popularmente, con bombo y platillos. ¿Se reducirá el spread? ¿Pasará éste a ser de, digamos, cuatro puntos, tasa estándar universal, en vez de los actuales 40, 50, 60 o más?

No, no, nada de eso. No es hora de ingenuidades. El licenciado Videgaray tiene claro que su primer deber es velar por la prosperidad de los bancos y no por la creación y extensión de un crédito barato a la producción y al consumo.

En lugar de estas tonterías propias de populistas, el secretario de Hacienda propone eliminar las actuales trabas legales a la ejecución judicial de las garantías de un crédito concedido: hipotecas, pagarés, letras de cambio y cualquier otro instrumento que sirva para garantizar el pago de un préstamo.

Videgaray, cual portavoz de los banqueros, dice que los bancos no prestan más, a pesar del negociazo que tienen en las manos, porque a veces prestan y luego no pueden cobrar. Esto se debe, afirman los banqueros y su portavoz gubernamental, a que es difícil ejecutar las garantías, es decir, embargar los bienes dejados en prenda.

No discuto, desde luego, la justeza de esta medida. Si una persona pide prestado para comprar un automóvil, y deja como garantía el vehículo adquirido, y más adelante no paga el crédito, pues es apenas lógico que pierda su propiedad. Se trata de un riesgo calculado que casi todo el mundo conoce.

Hasta ahí podría decirse: santo y bueno. Pero cuál es la razón de que el préstamo otorgado deba cubrir una tasa anual de 50 por ciento, lo que implica un spread de al menos 40 puntos porcentuales.

Por ello los críticos de Videgaray dicen con justa razón que la propuesta de reforma financiera es, en verdad, una contrarreforma. Por un lado no abarata el crédito, y por la otra sin duda inhibirá la demanda de préstamos ante la expectativa de una más fácil y más expedita ejecución de las garantías. Una contrarreforma que, por añadidura puede ser calificada de usurera.

Muy pronto, si Peña Nieto y Videgaray logran que su propuesta de reforma se convierta en ley, México se encontrará en el paraíso en el que ahora viven, entre otros, griegos, gringos y españoles. Y franceses y rusos. Y búlgaros, italianos, checos, ingleses, rumanos y portugueses.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para publicarlo en otras fuentes.

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