martes, 26 de marzo de 2013

Un belga en la selva Lacandona (por Pedro Salmerón Sanginés)

 
Martes, 26 Marzo 2013

twitter: @salme_villista

 

El sacerdote e historiador belga Jan de Vos llegó a Chiapas en 1973 para integrarse al trabajo pastoral de la diócesis de San Cristóbal de las Casas. Muy pronto descubrió los tres rasgos definitorios del estado y en particular, de los Altos y la selva Lacandona: la asombrosa biodiversidad; las abismales diferencias entre indígenas y no indígenas; y la devastadora pobreza de las mayorías. De inmediato tomó partido por ellos, los pobres, los excluidos, los que los poderosos querían borrar.

Sin embargo, su condición de extranjero en el México priísta le impedía participar en la medida de sus deseos, por lo que decidió aprovechar su formación profesional como historiador y relatar la historia del pasado indígena de la región, sobre todo de la selva Lacandona, que cuando él llegó a México sufría una de las transformaciones más impresionantes del país. Los dos primeros títulos de la trilogía (La paz de Dios y del Rey, 1980, y Oro verde, 1988) son la mejor historia de la selva desde la primera entrada de los españoles hasta la salida del último trozo de caoba, cuando terminó aquel negocio despiadado, que tanto sufrimiento causó a los indígenas y fue maravillosamente narrado por Traven en sus novelas, dos de las cuales –lo probó De Vos– son históricas: La rebelión de los colgados y El general.

De inmediato, desde antes, De Vos trabajó en la historia reciente de la Lacandona, de modo que no fue la irrupción del Ejército Zapatista de Li­beración Nacional (EZLN) el detonante de sus investigaciones, sino que éstas iban bastante avanzadas el primero de enero de 1994. Ya lo sabía De Vos: antes incluso de aquella madrugada, para nuestro autor la selva Lacandona era un espacio mágico donde se gestaban nuevas rebeldías: En ninguna otra región del país hubo cambios tan profundos y tan drásticos en por lo menos seis ámbitos de la vida humana. La migración campesina, la degradación ambiental, la movilización popular, la radicalización religiosa, la efervescencia política y la insurgencia armada. Y no fue un observador neutral de esos fenómenos, sino partícipe y acompañante de la nueva pastoral indígena impulsada por el obispo Samuel Ruiz, así como de la efervescencia política. Como el obispo, intentó detener la insurrección, pero una vez ésta en marcha, fue activo participante en los esfuerzos de paz y asesor del EZLN en los diálogos de San Andrés.

El tercer volumen de su trilogía no podía ser neutral: era el resultado de una década de exhaustiva investigación de archivo, biblioteca y campo, pero también de 25 años de vida al lado de los campesinos mayas. El resultado es fascinante también por la estrategia narrativa: en Una tierra para sembrar sueños: historia reciente de la selva Lacandona (2002), sigue los sueños colectivos representados por ocho personajes: tres mestizos (una de ellas nacida en Suiza) que intentaron salvar la selva y a sus pobladores de lo que para ellos era un desastre natural y humano, y que vieron transformarse sus sueños en pesadillas; y cinco indígenas que, por el contrario, lograron cosechar lo que sembraron; que vieron la transformación de su mundo y que sus sueños se volvían realidades. Porque el noveno capítulo (Sueña la montaña, sueña la cañada) cuenta eso: cómo los anhelos de catequistas católicos que querían la justicia en la tierra, refugiados que huían de la muerte, agraristas que anhelaban un pedazo de tierra, activistas que enfrentaron el racismo y la explotación, y rebeldes que dijeron ¡ya basta!, encontraron la manera de construir una nueva realidad en las cañadas de la selva. Esa realidad en perpetua construcción que no calla, como a veces parecen callar sus voceros, atrayendo sobre sí la crítica fácil, como ha ocurrido en los meses recientes.

Cuando uno lee este libro y compara su rigor, que sólo encuentra parangón en la otra enorme historia de Chiapas, Resistencia y Utopía (cuyo autor, Antonio García de León, también ha acompañado al EZLN, comprendiendo la justicia de su lucha), no puede menos que contrastarlo con la pobreza intelectual y la falta de sustento de los argumentos antizapatistas de los libros de los falsificadores de la historia a los que hemos denunciado en estas páginas desde abril pasado. 

PD: Tuve el privilegio de tratar a Jan de Vos en 2002, durante una semana en Saltillo, por invitación de nuestro común amigo Javier Villarreal, constatando que era también un caballero andante que aún combate entre nosotros.