domingo, 30 de julio de 2017

Familia Tecla Parra: víctima de desaparición forzada durante la llamada “Guerra Sucia”

“La guerrilla me dejó sin esposa y sin hijos”, cuenta Rosendo Tecla
Crónica.com.mx
02 octubre, 2002
-¿Por qué estas aquí?, le preguntó a su joven mujer de ojos hundidos y rasgos indígenas.
-Si te contara todo lo que hice, me desconocerías.
-Pero dime, insistió él.
-Mejor vete , es mejor que no lo sepas, contestó, ojeruda y anémica.
         Rosendo se aguantó. Se alejó de la rejilla. Hizo un chasquido con los labios. La maldijo. Ya no pensó en su esposa. Ahora, con cierto dejo de rencor le llamaría "señora", a esa mujer que estuvo vinculada con movimientos guerrilleros y que después de esa tarde, no volvió a ver en su vida. 
Salió de la cárcel y caminó hacia Zaragoza. No lloró, pero se acordó de aquel agente que en los sucios sótanos del cuartel de la Policía en Tlaxcoaque en el Centro Histórico, donde llevaban a los detenidos por supuestos guerrilleros -lugar donde había ido antes a buscarla- le dijo: "no mi jefe, esa mujer ya se fue con otro hombre, así como ésa, hay muchas"
Rosendo Tecla fue localizado por Crónica, en su casa ubicada en la colonia Maravillas en Nezahualcóyotl, y entre cuadros que él mismo pintó del Papa, Prometeo, el Che Guevara y Emiliano Zapata, recuerda los hechos con nostalgia.
Hace años que don Rosendo no rememoraba algo así. No desde que su mujer Ana María Parra comenzó a participar en las marchas de 1968 y l971 (buena parte de la familia estuvo el 2 de octubre en Tlatelolco y el 10 de junio en la marcha del Jueves de Corpus).
Ana María y algunos de sus hijos -tuvo siete- empezaron a relacionarse con grupos que optaron por la vía armada, como el Movimiento de Acción Revolucionaria (MAR) y la Liga 23 de Septiembre.
"Todo empezó cuando mi hermano Alfredo Tecla Jiménez, estudiante de Derecho, inmiscuyó a mi esposa en la política, le decía que Dios no existía y que no podía caer en el fanatismo de la religión". 
Al poco tiempo, su mujer ya formaba parte del Movimiento de Acción Revolucionario (MAR) y tras un aborto, ya no volvió a su hogar. Pero ya era demasiado tarde. Con su papel de madre, Ana María ya había dejado en sus hijos su espíritu de comunista y guerrillera. 
El 16 de abril de 1971, Ana María Parra de Tecla a sus 34 años de edad fue detenida y llevada a la Cárcel de Mujeres, las causas del proceso: guerrillera. Cuando Rosendo Tecla se enteró de lo sucedido, se fue para Estados Unidos. "Tenía miedo de que me buscaran y me fueran a relacionar con ella", declara. 
En 1980, sus dos únicas hijas, Artemisa y Violeta de 18 y 15 años, se fueron de la casa. También involucradas en movimientos revolucionarios. Y ya no supo nada de ellas. 
Alguna vez escuchó sobre Artemisa que en los sótanos de la Dirección Federal de Seguridad: "se les pasó la mano y murió durante un interrogatorio. Yo creo que a Violeta también ya la asesinaron, como a la ´señora´ y a mis otros dos hijos", dice mientras mira la foto de Alfredo Tecla Parra; el mayor, quien fue detenido el día 24 de junio de 1975; causas del proceso: guerrillero, conspiración, posesión y almacenamiento de armas, transporte, fabricación, robo y violencia. "Ya tampoco supe nada de él", contó. 
Pero la historia que más recuerda, y como dice él, "la que más me dolió", es la de su hijo menor Adolfo Tecla Parra, también desaparecido. Rosendo le mandaba dinero desde Estados Unidos, hasta que un día esos giros no encontraron al destinatario. Rosendo volvió a México con el fin de buscar a su niño. 
"Tenía tan sólo 14 años y estudiaba la secundaria, cuando un día vino la Policía Preventiva del Estado de México y se lo llevaron a donde tenían las caballerizas los de la Montada. Un hombre del pueblo vino a verme, me dijo que había visto a mi niño, que lo tenían junto con otros muchachos, amarrado, con los ojos vendados y que sólo le daban frijoles. Que se estaba quedando flaco. Que uno de los guardias lo quería violar, pero que él no se dejó. Yo le había enseñado a que se cuidara de los mayores, porque muchas veces se querían aprovechar de los chamacos, así que nunca se dejó", recuerda pensativo. 
Rosendo, en su búsqueda, conoció a un barrendero que carecía de un ojo. Había formado parte de la escuadra 45 de Los Halcones, y le dijo que todos ellos provenían de limpias y transportes, que les pagaban tres mil pesos mensuales y más, dependiendo del número de estudiantes que asesinaran. Los que menos recibieron fueron 7 mil pesos por las cabezas, y hubieron quienes percibieron más de 40 mil pesos. 
Hace dos semanas recibió una llamada de derechos humanos; querían hablar con él, entrevistarlo. Hicieron cita para el viernes siguiente. Pero dos días antes se presentó en la puerta de su casa, "un hombre moreno, alto, mal encarado, llevaba pantalón de policía, camisa azul y una cachucha de béisbol", describe. 
Le dijo que venía de parte de derechos humanos, pero Rosendo no le creyó. "Parecía un judicial o un guarura y no lo deje entrar". El día de la cita se presentaron las personas esperadas y negaron conocer a aquel hombre. 
Quizá por eso cuando sale de su casa en Neza, primero se asoma por una orilla del zaguán. A veces le cuesta trabajo enfocar, ya que los ojos fallan. Entonces, al asomar la cabeza, le entra el recuerdo de Ana María y de aquellos hombres que la andaban siguiendo. Por eso, dice: "A veces pienso que me siguen vigilando".
Leticia Tecla Figueroa. Detenida torturada en abril de 1979. Sobrevivió, denunció la desaparición forzada de sus familiares en 2002. La impunidad impera hasta ahora.
“GUERRA SUCIA”: EL SECUESTRO-DESAPARICIÓN FORZADA  DE LOS TECLA PARRA
Por Ana Lilia Pérez
Contralínea
30 julio, 2017
Como cientos de casos, la desaparición de varios miembros de la familia Tecla Parra en 1979 está documentada en los archivos oficiales, con fechas y nombres. Las víctimas y sus familias nunca encontraron verdad y justicia
Artemisa Tecla Parra: detenida.desaparecida desde 1975
Era Viernes Santo de 1979. Leticia Tecla Figueroa escuchó que tocaban con insistencia la puerta del departamento que ocupaba junto con su esposo Carlos y su hijo de dos meses de edad en un tercer piso de la colonia Nueva Santa María.
Carlos le dijo que no abriera.
-“¿Quién es?”, preguntó ella, y detrás de la puerta una voz le respondió que se trataba de Verónica, su media hermana.
No pudo sospechar que aquel día de sufrimiento y penitencia cristiana lo sería también para su familia al momento de abrir la puerta.
Quince hombres armados irrumpieron en el departamento. Eran elementos de la Brigada Blanca. Uno de ellos la tomó de los cabellos y le apuntó con la pistola en la cabeza.
-¡Ustedes son contactos de guerrilleros! ¿Dónde está tu prima Ana Lilia!
Presa del terror, Leticia respondió que no lo sabía. En un acto reflejo, buscó con la mirada a su niño, y vio cuando dos hombres sujetaban a su marido de los cabellos, mientras que otro le arrancaba de los brazos al pequeño Carlos Eduardo, para depositarlo en un moisés.
A empujones la sacaron del departamento. Afuera los esperaba un vehículo con vidrios polarizados Volkswagen tipo Combi al que la subieron. Le vendaron los ojos y le ataron las manos con un lazo.
De pronto recordó todas las oraciones que le enseñara su abuela Elpidia. Se le venían a la mente sin control y las repasaba en voz alta.
-Ni reces hija de la chingada porque somos ateos.
Alguien más subió a la camioneta. Supuso que se trataba de Carlos, porque sintió una mano sobre su rodilla.
La puerta de la camioneta cerró y el motor se puso en marcha. No pudo percatarse qué rumbo llevaban. Circulaban despacio. Hizo un cálculo mental: 45 minutos, treinta sobre pavimento y los otros quince por terracería. 
Las llantas chocaban contra pequeñas piedras y las hacían golpear los cristales. 
Cuando el vehículo se detuvo, la puerta se abrió y descendieron. Cuatro manos la tomaban de los brazos para hacerla caminar todavía sobre un tramo de piedras. Apenas si las sentía, pues las gruesas tobilleras y los zapatos Flexi con suela de goma le aligeraban el paso.
La guiaron hasta una habitación y la dejaron sobre una silla, donde finalmente comenzó el interrogatorio.
-Por qué visita en la cárcel a su tía Ana María Parra de Tecla y a sus primos Artemisa y Alfredo Tecla Parra.
-Porque son de mi familia, -musitó-.
-¡Porque eres un nexo guerrillero! -agregaba el interrogador- ¡Hija de la chingada, ya te tenemos identificada!
Tras repetir una y otra vez la misma pregunta, le quitaron la venda de los ojos. Con una mirada furtiva, recorrió el lugar. Estaba en medio de una enorme habitación de unos ocho metros de largo por cinco de ancho. A pesar del tamaño, no había ventanas, y la única luz provenía de un par de focos. Tampoco tenía puerta, un simple hueco funcionaba lo mismo para entrar que para salir. Ahí estaba ella, frente a una mesa, con 28 años y su delgado cuerpo cubierto con un pantalón de mezclilla, playera amarilla y una gruesa chamarra azul marino; con sus zapatos de goma y las manos atadas entre aquellos veinte sujetos armados con pistolas, metralletas, fajillas y bóxer.
Sus ojos se encontraron con la mirada amenazante de quien la interrogaba y la obligaba a agachar el rostro.
-¿Qué hacías con Ana María Parra de Tecla cuando vivió en tu casa?
-Hacíamos pasteles de elote, manzana y zanahoria...- No terminó de responder. Una bofetada cayó sobre su mejilla.
-¡No te hagas pendeja!, ¿por qué les ayudabas hija de la chingada?
-Porque son mis primos, crecí con ellos, y los quiero-.
En cada respuesta golpes en la cara, cachetadas con las manos abiertas en los oídos y golpes a mitad de la cabeza con el lomo de una gruesa agenda telefónica que Leticia identificó como la propia.
-¿Quieres a los comunistas hija de la chingada? ¡Vamos a matar a tu familia. Tenemos a tu esposo y a tu hijo!-
Leticia lloraba.
-¿Dónde están los papeles que te dieron Ana María, Ana Lilia y Artemisa?
-¿Qué papeles?
-No te hagas pendeja, Ana María ya nos dijo que tú tenías los papeles.
Entonces recordó, dos años atrás, en 1977, cuando trabajaba como supervisora de taxímetros en la Secretaría de Comercio. Un día su tía Ana María y sus primas Ana Lilia y Artemisa llegaron a visitarla y le entregaron aquel sobre blanco: “Guárdamelos porque en un tiempo espero llevar una vida normal como la tuya”, le dijo Ana María.
-Se los entregué a mi hermana Georgina-.
Sangraba de la nariz y la boca. De nuevo la vendaron para sacarla de aquel cuarto y llevarla a otra habitación, donde le ataron las manos hacia atrás y la sujetaron de los pies, para luego arrojarla al piso.
¿Cuántas horas pasó allí? No lo recuerda. En un instante perdió la noción del tiempo, entre los quejidos y lamentos de otras personas que también eran torturadas.
Dos sujetos la levantaron de manera violenta para quitarle los amarres de los pies y regresarla al cuarto donde la habían interrogado.
De nueva cuenta los golpes, torturas, vejaciones y, sobre todo, las amenazas.
-¡Te vamos a violar!
Le quitaron la venda. Pudo ver claramente al sujeto que, tras quitarse el cinturón, se bajaba el cierre del pantalón, mientras otro de ellos preguntaba.
-¿En dónde están las casas de seguridad?
-No sé…
-¡Si no nos dices dónde vive Leonardo Hidalgo, el marido de tu prima Violeta Tecla, vamos a matar a tu marido!
-No sé…
-¡Cómo no, si aquí está, en tu misma agenda! ¡Vamos sobre de él, y tú, hija de la chingada, nos vas a tener qué acompañar!
Le vendaron los ojos y la llevaron al domicilio de Leonardo Hidalgo, a bordo de la misma camioneta en la que había sido secuestrada. Le quitaron los amarres y la venda y la pusieron como escudo. Dos hombres se situaron a los lados y uno a su espalda. Éste le susurraba al oído:
-“Ahora sí hija de la chingada, si se arma la balacera tú eres la primera que te mueres”.
Mientras algunos se brincaban por las azoteas vecinas, el grupo llamó a la puerta. Los que se llegaron por la azotea gritaron que no había nadie. A ella la regresaron a la combi, custodiada por una mujer morena, con el cabello teñido de rojo y quien ahora se encargaba de las amenazas:
-“No vayas a hacer una chingadera, que no se te olvide que tenemos a tu hijo y lo podemos matar”.
Pasada media hora, regresaron los otros sujetos, la vendaron de nuevo y le ataron las manos. Volvieron al sitio del interrogatorio. 
        -¡Hija de tu pinche madre, eres una mentirosa. Ahora sí vas a ver cómo te va a ir! ¡Tu esposo Carlos Eduardo ya nos dijo toda la verdad, que él reparte propaganda para la Liga; que le han dado millones de pesos!
        -¡Eso no es cierto, mi esposo no dice mentiras! -reclamó Leticia.
        -Ah sí, ¡quítate la chamarra y quítate el pantalón. Te vamos a dar toques eléctricos y te vamos a meter al pocito!
        Ya no razonaba, sólo obedecía. Se descubrió la chamarra y cuando estaba a punto de hacer lo mismo con el pantalón uno de ellos le ordenó que se vistiera para llevarla de nuevo a otra habitación.
        El resto de aquella noche tuvo que aguantar el aliento alcohólico y los manoseos de uno de aquellos policías, que le susurraba al oído palabras obscenas. Entre la humillación y la impotencia, quería morir. Mentalmente rezaba.
Violeta Tecla Parra: detenida desaparecida desde 1978

NOSOTROS SOMOS LOS BUENOS
Amaneció el Sábado de Gloria. Muy temprano llegaron dos sujetos a levantarla. Le desamarraron los pies y le advirtieron: “Ahora sí te vamos a poner con los peligrosos”. En aquella habitación sintió la presencia de otra persona.
        -¿Quién eres?
        -Soy Leticia Tecla.
        -¿Y tú?
        -Leonardo Hidalgo
        Finalmente lo habían detenido. Mientras intercambiaban estas palabras se acercó a ellos un elemento de la Dirección Federal de Seguridad, el encargado de vigilarlos.
       -¡Hijos de la chingada, qué tanto están platicando!
        Levantaron a Leonardo Hidalgo, comenzaron a golpearlo mientras le preguntaban qué tenía que ver él con Leticia Tecla.
        -“Nada”, respondía.
       -¡Usa tu karate, dale patadas voladoras!
       Una y otra, las patadas descargadas con fuerza sobre Leonardo, a causa de lo que en unos minutos enfermó de diarrea.
       Al darse cuenta suplicó:
       -“¡Llévenme al baño!”.
       -¡Lleva a este hijo de la chingada al baño por que si no se va a cagar aquí!
        -Ya dejen de golpearlo por favor. -Se atrevió a intervenir Leticia.
        -¿Qué quieres, que a ti te golpeemos!
       Se quedó callada. En algún momento se aproximó un elemento de la Brigada Blanca, quien le dijo al oído: “No te preocupes, tú vas a salir de aquí, nadie te identifica”.
        La trasladaron a otra habitación, le quitaron la venda y se percató de que estaba en un cuarto pequeño sin ventanas. Había dos elementos de la Dirección Federal de Seguridad sentados en sendas sillas, vestidos de sport, jóvenes, rubios.
        -Nosotros somos los buenos y ya no te van a pegar -señaló uno.
        Al escucharlo, Leticia lo miró directamente a la cara. Sus ojos eran claros, muy claros, recuerda.
        -¿Por qué no bajas la vista?
        -Para qué, si me van a dar en la madre.
        -Pues cómo ves que ya te vas.
        -¿Y mi esposo Carlos Eduardo?
        -Se va contigo.
       -¿Y nuestro hijo?
       -Ya está con tu familia.
        Ahora fueron ellos quienes le vendaron los ojos y la llevaron al exterior. De nuevo sintió las pequeñas piedras bajo sus zapatos. La metieron a la parte posterior de un vehículo Sedan. Ella en medio de dos elementos de la Brigada Blanca.
-¡Agáchate y pega la cabeza a las rodillas! -le ordenaron.
        -¿Y mi esposo?
        -¡Ahorita lo van a traer!... ¡Muévete a la izquierda!
        Alguien se sentó a su lado derecho y la tomó de la mano: “Soy yo Leti, Carlos”.
        El vehículo arrancó y circuló otros 45 minutos. En ese tiempo fueron amenazados. No debían decir nada de lo ocurrido, porque “se los puede llevar la chingada”.
        Los bajaron junto a una gasolinería, frente al ISSSTE de Cuitláhuac. Era de noche. Todavía observaron partir al vehículo y perderse en el tráfico urbano.
        Estaban a dos calles de su domicilio, pero prefirieron refugiarse en casa de la abuela Elpidia. Ahí fueron recibidos por toda su familia.
        El 3 de abril de 2002, Leticia Tecla Figueroa levantó una denuncia ante la Fiscalía Especial para la Atención de Movimientos Sociales y Políticos del Pasado, por los delitos de privación ilegal de libertad, allanamiento de morada, abuso de autoridad, tortura, lesiones y robo cometido en su agravio y de su esposo Carlos Eduardo Sánchez Ludwing.
        Además de una denuncia formal por los delitos de privación ilegal de libertad y “lo que resulte”, cometidos en agravio de su tía Ana María Parra de Tecla y de sus primos Violeta, Artemisa y Adolfo Tecla Parra, “en contra de quien o quienes resulten responsables”. Así quedó asentada la averiguación previa A.P./PGR/FEMOSPP/001/2002.
        De aquel sobre blanco que una vez le confiara su tía Ana María, y que posteriormente ella entregó a su hermana Georgina, dice Leticia que la propia Georgina Tecla lo entregó personalmente al entonces director federal de Seguridad Miguel Nazar Haro, quien se comprometió a que a partir de ese momento nadie iba a volver a molestar a su familia.
        En una ampliación a su primera declaración ante la Fiscalía Especial, hecha el 26 de octubre de 2002, Leticia Tecla Figueroa aporta una serie de nombres de los presuntos implicados en la detención y desaparición de su tía Ana María.
        Precisa que, en el año 1978, Miguel Nazar Haro, director de la DFS, giró instrucciones a Guillermo Liras, alias “el Perro Liras”, para que detuviera a Ana María Parra de Tecla, misma que fue localizada en la ciudad de Monterrey.
        Declaraciones de Alfredo Belmares y Héctor Villagra Calleti que constan en el expediente de Ana María Parra de Tecla revelan que el comando estuvo a cargo de: Pedro Canizalez, Alfredo Enríquez Belmares, César Cortés Vázquez, Juan Guillermo López, Raúl Romero Cisneros (alias el Tiburón), Benjamín Maya y Nicolás de Jesús González (alias el Chilango), todos integrantes del grupo EROS (Equipo de Rescate y Operaciones Especiales de Nuevo León).
        Leticia Tecla acusa directamente a todos y cada uno de los anteriores personajes como responsables de la desaparición de Ana María Parra de Tecla “y lo que haya podido ocurrirle”.
       En un informe fechado el 4 de abril de 1978 y dirigido al director federal de Seguridad, suscrito por Jorge Samuel Ávila Avendaño, se registra que con esa fecha fue detenido Pedro Lozano Cantú y que se procedería a interrogar a Violeta Tecla Parra, alias Cristina, por lo que Leticia Tecla también los hace responsables de la desaparición de Violeta y Adolfo Tecla Parra, quienes fueron secuestrados juntos el mismo día en que Alfredo Tecla Parra por elementos de la Brigada Blanca de la Dirección Federal de Seguridad.
       En relación con Artemisa Tecla Parra, Leticia refiere que no existen fotografías suyas en ninguno de los archivos de la que fuera la DFS, por lo que supone que la mataron.
       El último párrafo agregado por Tecla Figueroa a la averiguación previa A.D./PGR/FEMOSPP/00172002 dice a la letra: “Igualmente acuso de complicidad y ocultamiento de pruebas a Jorge Carpizo, quien era presidente de Derechos Humanos y quien teniendo conocimiento de los expedientes y fotografías desde el 11 de enero de 1991 no hizo nada por citar a los responsables, ni por encontrar las cárceles clandestinas en que mis familiares estaban secuestrados”. 
Alfredo Tecla Parra: detenido-desaparecido desde 1978