sábado, 24 de junio de 2017

AYOTZINAPA: “EL VALLE DONDE LAS TORTUGAS CUIDAN LA TIERRA, LA PROTEGEN”


I .
El viejo Raymundo sonríe y se le va la mirada a los pequeños cerros que rodean el pueblo, cercano, por cierto, a la tierra en la que los jóvenes normalistas aprendían a mejorar el mundo. El viejo muestra su sonrisa chimuela y tartamudea un poco por la emoción. Los ojos aun perdidos en el horizonte se le empiezan a humedecer, se ríe como se ríen los que recuerdan buenos tiempos hace mucho perdidos y por primera vez sus ojos se enfocan en mí. Señala con su mano hacia un lugar indeterminado del paisaje. Allí, me dice, sale sangre nueva que despertará a la gente de por aquí. Y se vuelve a perder en los cerros, su boca vuelve a sonreír y sus ojos vuelven a humedecerse.
El anciano tiene familia en Ayotzinapa, pero se niega a decirme quienes son… o quienes fueron. En su lugar repite una y otra vez que los más pequeñitos serán los más grandes: “Piensan que las mataron, pero no saben que su caparazón las defiende de todo mal”…, “son los maestros viejos que nos vinieron a enseñar que la vida no muere”…, “los más pequeñitos serán los más grandes”…, “las tortugas cuidan la tierra y la protegen”, “los más pequeñitos serán…” y el viejo Raymundo vuelve a recordar algo muy antiguo que le hace sonreír y de nuevo se pierde en el horizonte nublado de Chilapa. Más tarde averigüé que el lugar que me señaló con su mano era, precisamente, el de la Normal Rural Raúl Isidro Burgos, casa que prepara a los más pequeños, los más olvidados de México.
Pasa un hombre moreno de unos 45 años en bicicleta y saluda a Raymundo, que sigue sentado en una banquita del lugar. Le pido que me cuente de qué se acordó y me dice que de chico sus abuelos le contaron una historia vieja. Sonríe porque sabe que esa historia se está cumpliendo y vuelve a decir que “los más pequeñitos serán los más grandes”.
Me despido del anciano y le prometo que regresaré al día siguiente. Camino por el pueblo y pregunto por Ayotzinapa. La gente baja la mirada, las personas desvían sus ojos como si quisieran huir al escuchar esa palabra. Como si mencionarla les lastimara el corazón. Nadie dice nada. Los más osados, jóvenes por cierto, cuentan lo que ven en las noticias y rematan con la conclusión que no aparece en ellas: los mató el “pinche” gobierno, afirman.

El aire húmedo y templado característico de la región contrasta, ese día en particular, con el clima lluvioso y fresco. Frío, incluso. Es como si la naturaleza se acomodara al estado de ánimo de las personas de esas tierras: a pesar de que el corazón de los hombres y mujeres de Guerrero es cálido, un aire gris y frío se nota en sus miradas. Y así pasa en Chilapa: un aire frío se cuela por entre sus calles y las pone tristes.
II.
Cumplo mi promesa y salgo a buscar al anciano Raymundo. Está sentado en la misma banca del día anterior. Lo saludo a lo lejos pero no me reconoce. Está un poco ciego. Le doy la mano y sin querer me tardo más de lo acostumbrado en el saludo. El viejo lo nota y me dice, sin pena, que sus manos se sienten como caparazones de tortuga. Y ríe de nuevo. Su sonrisa es dulce y tierna. Los dientes que le faltan lo hacen ver, por algún motivo que aun no entiendo, sabio, paciente y sincero.
- Tiene razón, Don Ray, sus manos son como caparazones.
- Así somos todos los de mi pueblo. Nuestras manos son caparazones. Tenemos caparazones que nos cuidan. Somos como tortugas y llegamos a muy viejos.
El anciano va a cumplir 97 años en diciembre y a pesar de que sus arrugas y su pelo gris delatan su edad, su complexión es la de alguien de 60 años. Es fuerte y rechoncho. Y es lento y paciente…, como una tortuga.
Trato de sacar el tema de la desaparición de los normalistas, ocurrida a pocos kilómetros de ahí, de cómo el gobierno y los medios han despersonalizado a las víctimas, de cómo el gobierno quiere hacerle creer a la sociedad que los estudiantes estaban relacionados con el crimen organizado. Trato de preguntarle si el también piensa que fueron asesinados, pero el viejo Raymundo me interrumpe en el momento justo.
- Las tortugas son sabias, nuestros antepasados las querían mucho. Las tortugas son fuertes, nadie les puede hacer daño. Son espíritus que siempre traen vida nueva en sus caparazones. Son las que protegen la tierra.
- ¿Le gustan mucho las tortugas, Don Raymundo?
- Sí. Me recuerdan una historia que me contó mi abuelito.
- ¿De qué trata esa historia?
- De cómo las tortugas van a regresar a ayudar a los hombres del futuro a limpiar la tierra para empezar una nueva familia. La mamá tortuga va a llegar a poner sus huevos y de la tierra saldrán nuevas tortuguitas.
- ¿Y por qué le contaron esa historia sus abuelos, Don Ray?
Nunca me dijo más sobre esa historia. En vez de eso, me confesó que de chico, hace muchos años, fue a la playa, cerca de Acapulco y vio como salían las pequeñas tortugas de la arena y como espantaba a las aves para que no se comieran a los pequeños animalitos que buscaban el mar. “Y esas tortuguitas ya regresaron, aquí cerca, sólo que los pájaros se las comieron a algunas, pero hay muchas todavía”.

Llegó un muchacho a recoger al anciano y ya no pude preguntarle más sobre sus historias. Antes de subir al automóvil, el muchacho (su nieto, tal vez) me hizo una seña con las manos: “Esta medio loco el viejito”, entendí. Tal vez no sea locura senil, tal vez sólo cuenta esas historias porque se siente solo y necesita atención y compañía, pensé. Nunca imaginé que las dolorosas noticias que han dado la vuelta al mundo despertaron recuerdos añejos en la memoria del viejo Raymundo, de “Ayotzinapan”.
III.
Seguí preguntando a la gente, con la esperanza de conseguir una historia interesante para hacer un reportaje sobre los 43 estudiantes desaparecidos en Iguala, irónicamente, “cuna de la independencia”.
Salí de Chilapa desanimado por no haber encontrado información y porque tuve que cancelar mi viaje a Ayotzinapa a última hora por cuestiones de trabajo. En un último esfuerzo, pregunté a un par de hombres en una cafetería por la historia de la fundación de Ayotzinapa. Inútil, ellos no conocían ni siquiera la de la fundación de Chilapa.

Sin embargo, los relatos del viejo Raymundo son por sí mismos un tesoro que él (tal vez sin saberlo) me regaló. Un rompecabezas que ese anciano sabio me dio para ordenarlo y armarlo. La pieza final es una hermosa metáfora, casi una profecía. El viaje relámpago valió la pena (y con creces).
IV. El valle de las tortugas sagradas
Ayotzinapan es ya un lugar sagrado. De sus tierras nacieron los hombres y las mujeres indestructibles. Cómo la concha de las tortugas. Allí nacieron los hombres protectores…, como las conchas de las tortugas.
Del mismo modo en que la tortuga madre deposita los huevos en la arena cálida de la playa, y las futuras tortugas esperan en la obscuridad y luchan para salir al mar, así la madre tierra depositó en ese pequeño pueblo a los hijos que habrán de cruzar el mar para contar sus historias de vida, de muerte… y de lucha.
Del mismo modo en que las tortugas atraviesan océanos y se van haciendo sabias durante su viaje, así están atravesando los océanos los 43 estudiantes secuestrados en Iguala, Guerrero. Y en su viaje, las vidas de “los más pequeñitos” van dando luz y sabiduría a quienes abren los ojos para conocer su lucha y reconocerse en ella.
Al nacer, las tortugas tienen un largo y peligroso camino que recorrer antes de llegar al mar: tienen que atravesar la playa y sobrevivir a los depredadores. Las gaviotas y otras aves marinas las cazan y las devoran. Del mismo modo, los buitres cazaron e intentaron devorar a “los maestros viejos que nos vinieron a enseñar que la vida no muere”, a “los más pequeñitos”, a los más pobres, a los más desconocidos, a los más humildes. Pero no se dieron cuenta que sus caparazones son más fuertes.
Para los pueblos de Mesoamérica, y en particular para la cultura maya, la tolteca y la azteca, la tortuga es un animal sagrado: representa sabiduría, fuerza, protección. Es una maestra. La tortuga es la madre tierra, es la longevidad, es el universo. La tortuga está relacionada con el agua y, como tal, es capaz de disolver hasta una piedra: Es tenacidad. La tortuga también pertenece a la tierra: ahí deposita la vida.
En algunas ocasiones, se representa al dios Ehécatl-Quetzalcóatl con atributos de tortuga; en los murales de San Bartolo, en Petén, al norte de Guatemala, aparecen conchas de tortuga; en las estelas de Quiraguá, en Guatemala, hay tortugas; en Uxmal está “La casa de las tortugas”; algunas esculturas de Xiuhtecuhtli (dios mexica del fuego) aparecen grabadas en sus conchas. La tortuga también está en los murales de Bonampak: en el cuarto central, en la parte superior en la tapa de la bóveda hay una tortuga pintada que lleva en su lomo 13 estrellas que posiblemente equivalen a lo que hoy conocemos como el Cinturón de Orión.
Y la tortuga aparece, también, en las historias que sus abuelos le contaron a Don Raymundo. Ese viejo moreno, de pelo cano y de sonrisa chimuela que nació en Ayotzinapan, o “El valle de las tortuguitas”.
Y probablemente, a los abuelos la historia les fue transmitida por sus abuelos. En ese pequeño pueblo, como me contó don Raymundo, “los más pequeños van a ayudar a los hombres del futuro a limpiar la tierra para empezar una nueva familia”.
Ya lo están logrando: los nombres, las historias, los dolores, la identidad, los rostros, el sufrimiento y la lucha de esas 43 pequeñas tortugas han atravesado los mares. En todos los continentes los 43 muchachos se han convertido en mensajeros. Están vivos: su espíritu es fuerte como una concha de tortuga. Su vida es ejemplo y enseñanza: los 43 muchachos ya son maestros. Y los 43 regresarán multiplicados, para depositar nueva vida en este país.

Los puntos se conectan y para mi sorpresa forman un bello poema de vida (y de lucha): Ayotzinapa, de acuerdo a algunos hablantes de Náhuatl que consulté en el Distrito Federal, en Guerrero y en Veracruz, significa “El valle de las tortuguitas” o “Donde las tortugas se acercan al arroyo”. Tal como le dijeron al anciano que pasaría.
Tortugas 
NOTA:
AYOTL s.: Tortuga. Ej. ayotzin tlakua – la tortuguita come -tzin, -tzih Diminutivo: sitial-in-tzin – estrellita (se acompaña de -tli en la mayoría de los sustantivos: siwa-tzin-tli– mujercita). Se usa sin -tli en los sustantivos poseídos: no-kone tzin – mi niñito.
Tiene también uso honorífico, o reverencial.
-a-pan Locativo: comalapan – espacio parecido a un comal, rejoya, valle pequeño.
De acuerdo al diccionario Náhuatl de los municipios de Mecayapan y Tatahuicapan de Juárez, Veracruz: âyôtzîn s.: tortuga -tzîn suf. dim.
Indica pequeñez o cariño, como lo hacen los sufijos -ito e -ita en español;
Ejemplos: piotzîn pollito; ilamajtzîn ancianita. âpan adv.: Al río, al arroyo; lugar sobre el agua o el río.