miércoles, 1 de marzo de 2017

VENTANA ABIERTA QUE ES PUENTE (sin plata para la antepenúltima botella de alcohol)

Escribo todos los días junto a la ventana que da a la calle y, en general, es un placer hacerlo. Pero hoy no pasaron vecinas sonrientes con las que solemos intercambiar “chascarrillos” ni doñas que me informan a las puteadas en los precios de los alimentos que alienta la plutocracia. Solo transitaron ganapanes, buscavidas, madres con hijos sin proteínas y hombres sin un cobre para la antepenúltima botella de alcohol.
Una mujer joven, con el desalineo que obliga la pobreza y tres chiquitos a su lado, se asomó y me pidió dinero para los remedios, con desesperación y temblequeo me enseñaba la receta: “¿Usted me los puede comprar, don?”. Y yo no podía tanto. “Espere señora”. Volví con 50 mangos. “No se los puedo comprar todos, pero tal vez esto ayude en algo”. “Que Dios lo bendiga, don”. Carecía de sentido decirle que no creo en su Dios. “Suerte, amiga, vas a conseguir lo que te falta, seguro. Mucha suerte”. “Que Dios lo bendiga, don”.
Luego, otro me quiso vender repasadores. Me harían buena falta, pero ya no podía gastar más. Me miró con cara de pocos amigos cuando le dije que no.
Hubo una larga la lista, pero uno fue muy especial. Para empezar por su aliento alcohólico y su brutal sinceridad.
-Mirá hermano necesito plata para escabiar, no doy más.
-¿Qué te pasa?
-Soy pintor y albañil, no hay laburo. Además, ya estoy viejo, 60 abriles, para subir a las escaleras y los andamios, pero no me jubilan porque dicen que soy joven: ¡la puta que los parió! Mi mujer me dejó, no la culpo, la miseria nos hizo mierda a los dos. Y ahora duermo donde me agarra la noche. Mis hijos ya están grandes, dos viven en Mendoza y mi hija no sé ni adónde vive.
Silencio y semblanteo mutuo.
-Pero, ¿tenés plata para escabio o no?
-Plata no tengo, pero sí algo mejor. Esperá.
Ayer había sacado al fiado dos botellas Salentein, cabernet sauvignon roble, ¡vinazo! para llevar al almuerzo que tengo mañana. Le di una.
-Tomá, es tuya. Saboréalo despacio, es muy bueno. 
-Ya lo sé, ¿No te dije que soy de Mendoza?
-No, me dijiste que allá viven tus hijos.
-¿Tenés sacacorchos?
-“Si, claro”. -Destapé la botella y lo invité a pasar, “tómalo acá adentro. Si te ve la yuta chupando en la calle, vas a dormir en el calabozo”.
Confieso que lo pensé, dudé en hacerlo entrar, pero me niego a vivir con miedo. Además, era uno solo, medio en pedo y me inspiraba confianza por alguna razón que ignoro. Traje dos vasos -porque las copas se rompieron todas, menos dos que son para otro tipo de ocasión-, y un poco de pan negro.
-“Tomá asiento”, le propuse. (Me acostumbré en la cárcel a no decir “sentate” porque es una agresión que puede terminar mal. Intramuros significa “sentate acá, en mi pene”. Me lo advirtió un preso amigo porque cuando daba los talleres le decía a medio mundo “sentate”, “sentate”, y notaba sonrisas. Cuando le pregunté a mi amigo qué pasaba me aclaró la cuestión y no lo dije más.)
El visitante se mandó el primer vaso en un santiamén. Luego, brindamos “porque cambien los vientos”, a propuesta mía.
-¿Te gusta el tango?, preguntó.
-Sí, mucho
Empezó con Cafetín de Buenos Aries, de Discépolo y siguió con Nostalgias de Cadícamo: “Quiero por los dos mi copa alzar, para olvidar mi obstinación y más la vuelvo a recordar”, entonó alzando el vaso.
Cuando terminó “Yira, Yira” –Discépolo- habíamos matado el primer tubo.
-“Esperá”, dije, y abrí el segundo y último. (Mañana será otro día). Brindamos “por el olvido”, a propuesta de él. 
Se sabe que el alcohol desinhibe y entonces canté yo también. “Que no ni no”, como dicen los yoruguas. 
Un poco de escabio abrió los candados de las rejas donde la cultura represiva “engoma” los sentimientos.
Aunque como siempre, más bien desafiné, porque el visitante sí cantaba bien y yo nací sin oído para la canción.
Arranqué con “Anclao en París”, Cadícamo, y luego “Mano a mano”, Celedonio Flores, el tango que más le gustaba a Julio Cortázar.
Es cierto que alcohol puede terminar en adicción y desastre. Pero también puede convertirse en un lazo que une a un hombre nocaut en la lona; y a otro hombre, zarpado de tristeza, que a falta de inspiración para escribir descubre el mundo por su ventana.

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