domingo, 5 de marzo de 2017

LA LUCHA INDÍGENA EN LAS DAKOTAS. UNA LARGA HISTORIA DE DERROTA Y RESISTENCIA


El oleoducto contra el que lucharon casi por un año está por ser concluido y sus campamentos fueron incendiados, aun así no renuncian
Fuente: Plumas Atómicas
27/02/2017
El 27 de febrero de 1973, un grupo de alrededor de 200 indígenas de la etnia Oglala Lakota y miembros del Movimiento Indio Americano (AIM, por sus siglas en inglés) tomaron el poblado de Wounded Knee, en Dakota del Sur, dentro de la reservación Pine Ridge Indian. Por 71 días, más que una lucha, fue un sitio militar a una población que, en primera instancia, lo único que buscaba era la destitución de uno de sus líderes por su corrupción y sus prácticas injustas contra la población indígena.
Aislados de grupos que los apoyaban, tuvieron que encontrar la forma que, dentro de sus acuerdos comunitarios y su resistencia constante, pudieran hacerle frente al FBI, a la Guardia Nacional y a la policía estatal de Dakota del Sur. La muerte de dos compañeros aceleró las negociaciones y terminó el sitio, con el arresto de varios, la vida en huida de decenas y con el panorama de la resistencia indígena-americana alterada para siempre. (Vía: The Atlantic)
La lucha por los derechos civiles de las comunidades indígena-americanas es, quizá, la que menos ha avanzado desde las décadas del 60 y 70. La gran mayoría de su población vive por debajo de la línea de pobreza, no tiene un empleo ni educación más allá de la básica; las reservaciones indígenas, regadas por todo el medio oeste de los Estados Unidos, se convirtieron durante el siglo XIX y XX, en campos de concentración, donde diversas etnias se veían forzadas a convivir en regiones apartadas y sin acceso a bienes y servicios básicos, si querían que ciertos “acuerdos” firmados con el gobierno federal pudieran ser aplicados (la autonomía legislativa y el respeto a tierras sagradas, por ejemplo).
Ese mismo círculo que provocó las condiciones de vida que dispararon la ocupación de Wounded Knee; ese mismo sistema de opresión y olvido constante que, cuarenta años después, generó el proyecto de construcción del oleoducto Dakota Access. El ducto, que transportaría 400 mil barriles diarios de crudo de la región Bakken, de Dakota del Norte hacia las refinerías del sur de Illinois, cruzaría por una sección considerada sagrada por la tribu Lakota, además que atravesaría por debajo del río Missouri, que da agua de consumo y riego a millones en la región. Si bien para concluir un megaproyecto en tierras comunales indígenas se requiere un complicado proceso, iniciar su construcción no (uno de tantos vacíos en la ley contra los que han protestado quienes estaban en protesta en el sitio, en línea y en los juzgados). (Vía: Los Angeles Times)
Después de que cientos de tribus se dieran cita en la zona de construcción; de que grupos de veteranos del Ejército de los Estados Unidos los apoyaran con logística y seguridad; de que la protesta se convirtió en el centro de atención mundial por el riesgo que implicaría un derrame de petróleo en el río Missouri después de crisis de agua como la de Flint y Detroit, Il., la administración Obama y el Cuerpo de Ingenieros Militares, junto con la Agencia para la Protección Ambiental y otras agencias gubernamentales, cancelaron la construcción a finales de 2016, en medio de uno de los inviernos más crueles en la zona. (Vía: The Guardian)

Sin embargo, sabían que era un paz frágil una vez que Donald Trump ganó la presidencia. No sólo por sus políticas “ambientales”, sino por su apoyo constante a las empresas petroleras y el interés económico del mismo consorcio Trump en la construcción del oleoducto (es dueño de un pequeño -pero importante- porcentaje de acciones de Energy Tranasfer Partners, la compañía texana que lo está construyendo). Conforme fueron pasando los días y las órdenes ejecutivas, las restricciones, límites y balances impuestos por la administración Obama (y por una larga tradición presidencial iniciada por Richard Nixon de proteger el ambiente, al menos dentro de los Estados Unidos), han dado rienda suelta a un segundo aire para el oleoducto.
La semana pasada, se incrementó la presencia policial y el mismo Trump advirtió de la posibilidad de usar a la Guardia Nacional contra los manifestantes. Pocos días después, se detuvo a casi doscientos manifestantes y los campamentos que rodeaban la zona de construcción fueron incinerados.
El mismo Cuerpo de Ingenieros Militares que había frenado la construcción ya la aprobó de nuevo y la resistencia ha tratado de encontrar la forma de articularse desde la derrota, como una y otra vez lo han tenido que hacer desde el siglo XVII. (Vía: New York Times)

Wounded Knee está a poco más de 400 kilómetros de Standing Rock, ND, donde por casi un año cientos de manifestantes, de decenas de tribus y etnias indígenas de los Estados Unidos articularon una resistencia que, en la práctica, tuvo que encontrar un camino para defender los pocos espacios que les quedan; en esa articulación, coordinaron la más grande reunión de tribus y etnias que los Estados Unidos había visto en su historia, y es desde esa resistencia, desde esa comunidad que tejieron que, ahora, pueden luchar con aliados, porque, por fin, están siendo vistos, aunque derrotados, aunque cansados, pero vistos.