viernes, 4 de noviembre de 2016

¿Y LUEGO DE 1968, QUÉ PASÓ? (TESTIMONIO DE UN ACTIVISTA DEL IPN, 1969-1971)


Una otra historia que se escriba abajo y a la izquierda
La Voz del Anáhuac
Noviembre de 2016

Con la idea de que la historia debe conocerse desde el testimonio de quienes la vivieron y no sólo desde la perspectiva académica o intelectual, publicamos aquí el relato que nos comparte un compañero que entre 1968 y 1971 era un activista en el IPN. Este relato reitera la idea de que pese a la masacre del 2 de octubre, la resistencia se mantuvo viva años después y germinó en la convicción de la necesidad de una revolución popular. Esto dio lugar a procesos que desembocaron en la insurrección de movimientos armados, por una parte, y en la insurgencia obrera, campesina y popular que produjo la integración al pueblo decidida por una generación de activistas. Esta es una historia aún no escrita, poco conocida. Testimonios como este pueden servir para que la historia se vaya escribiendo desde abajo y a la izquierda.
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1968 (octubre-diciembre)
Estábamos seguros de que el regreso a clases no tendría el efecto de "reagruparse y reactivar el movimiento" que argumentaban quienes desde septiembre, junto con el rector de la UNAM, empujaban por el levantamiento de la huelga. Lo veíamos como una forma de disfrazar la claudicación. El cacareado "repliegue táctico" lo veíamos como traición. Esas posiciones se manifestaron desde septiembre, cuando el ejército tomó CU sin resistencia,
Por eso en el IPN estábamos dispuestos a resistir, hasta donde nos fuera posible, la toma de las escuelas. Esta resistencia se materializó el 21 de septiembre en Tlatelolco y el 23 en el Casco de Santo Tomás.
La resistencia después del 2 de octubre se tornó semiclandestina, por el patrullaje militar y con las escuelas de Tlatelolco y el Casco tomadas por el ejército.
Tuvimos que migrar a los barrios y accionar desde cuartos de azotea o casas de compañeros cuyas familias seguían apoyando.
La posición del "repliegue táctico" después del 2 de octubre cobró más fuerza. Sus voceros principales, aunque los no únicos, eran los militantes del PCM-JCM-CNED. Así que la resistencia nuestra, además de ante al estado criminal, en el frente interno era contra quienes veíamos como claudicantes y traidores. Y logramos sostener esa resistencia hasta diciembre. Yo no sé si era puro espontaneísmo nuestro, "inmadurez política", bajo nivel teórico, ausencia de un análisis objetivo o qué. Pero sí sé que se trataba de no rendirse, de mantener una actitud digna, de no dar por terminada la huelga sin que se cumplieran ya no los 6 puntos del pliego inicial, sino al menos las tres condiciones planteadas para el diálogo: desocupación de la Voca 7, libertad a los presos políticos y cese de la represión. Lo del diálogo nos parecía ya imposible: ¿qué diálogo podía haber ya con quienes ordenaron la masacre? Las pláticas con Caso y de la Vega eran, según nosotros, una mera simulación que serviría si acaso para el chantaje y la amenaza (que si no levantábamos la huelga cerrarían la UNAM y el IPN, que si levantábamos la huelga saldrían los presos, etc.)
Al PCM se le ofrecía el registro electoral (mismo que ya negociaban desde antes del movimiento) y la libertad de sus presos.
Esa era nuestra visión de las cosas. ¿Qué tan equivocados estábamos? ¿Qué pasaba por nuestras cabezas? Que no queríamos levantar la huelga ni regresar a clases derrotados, humillados. Teníamos que sacar fuerzas de nuestro dolor, de nuestra digna rabia. Y honrar a nuestros muertos y desaparecidos luchando. Por eso aquello de "por nuestros compañeros caídos no un minuto de silencio, sino toda una vida de lucha" no era, para nosotros, sólo una frase, sino un compromiso ético, un imperativo moral.
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1969
En 1969 algunas brigadas seguimos saliendo a la calle, a volantear en los camiones. Ya éramos menos. Los más encabronados por todo lo que pasó y por lo que no pasó. Se creía que después de la masacre mucha gente iba a luchar, que habría una rebelión. Pero no fue así. Lo que había era mucho miedo. Nadie quería caer en la cárcel ni morir.
         Cuando brigadeábamos en los camiones había gente que nos decía que ya no le siguiéramos, que con el gobierno no se puede, que mejor nos dedicáramos a estudiar. Ya no había el mismo entusiasmo que durante el movimiento. Algunos entendían nuestro enojo, incluso nos decían que era bueno no rendirse, pero que era mejor pensar bien qué haríamos ahora, que nos preparáramos bien. Los menos incluso se apuntaban para entrarle a lo que viniera.
         Un compa me decía que ya era hora de pasar a otras formas de lucha, que ya no se podía continuar de la misma forma. Recuerdo que me hablaba del Hermano Pedro, que él y otros compas estaban ya organizándose para levantarse en armas. Que debíamos entrarle a eso. Que pacíficamente sólo íbamos a una muerte segura.
         En marzo de 1969 nos cayó encima el decreto por el que Díaz Ordaz eliminó las prevocacionales del IPN, las convirtió en secundarias técnicas. Entonces en la Prevo 4 hicimos asambleas, llamamos a los padres de familia y a los profesores para que juntos resistiéramos, para echar abajo ese decreto. Hubo interés, pero poca disposición para hacer algo. Se propuso juntar firmas para exigir que se respetaran las prevos, presionar al director del IPN para que las defendiera, hacer mítines, etc. Pero los efectos de terror causados por la masacre no permitieron articular ninguna acción, por más que insistíamos en que un decreto presidencial no es palabra divina.
Tampoco hubo respuesta de las vocacionales ni de las escuelas superiores. Aprovechando la apatía de muchos y el trauma causado por la masacre, las autoridades del IPN reactivaron el porrismo, utilizándolo para desbaratar lo que seguía activo de los comités de lucha y de las brigadas. No sólo solaparon los desmanes de los porros, sino que les dieran manga ancha para que, organizando tocadas de rock, introdujeran las drogas, utilizadas como arma contrainsurgente, con la que neutralizaron y controlaron a muchos estudiantes.
Donde seguían los comités de lucha había más interés por los presos políticos que por ninguna otra cosa. Nadie apoyó la posible lucha por defender las prevos.
Para entonces ya en los que seguíamos decididos a dar la lucha germinó la idea de que era necesario ir con el pueblo, que para que las cosas cambien es necesario hacer una revolución y que esta no la podríamos hacer los estudiantes, que la tenía que hacer el pueblo trabajador. Pero no hallábamos cómo hacer para que esta idea creciera en el pueblo.
Vimos que en algunas fábricas los trabajadores estaban luchando por salarios dignos y por sindicatos independientes. Entonces pensamos que con esos trabajadores podríamos organizarnos. Nos acercamos. Nos recibían bien porque veían que nuestro apoyo podía servirles, pero su idea se centraba en sus necesidades, en su lucha por mejorar sus salarios, pero no iban más allá.
Pero entendiendo que por algo se empieza, decidimos apoyar esas luchas. Íbamos a las fábricas y ayudábamos a repartir volantes. Si estaban en huelga acompañábamos las guardias. Así hicimos durante 1969. Así apoyamos la huelga de la fábrica de máquinas tortilladoras Celorio, la de los choferes de la línea Peralvillo-Cozumel y otras.
Nos distanciamos de los estudiantes de nuestras escuelas. Si no quieren luchar, que no luchen, nosotros sí estábamos dispuestos, pero cada vez éramos menos.
En 1970 entré a la Vocacional 6. Ahí había un “comité de lucha” charro. Había también un ateneo que simpatizaba con nuestra intención de seguir la lucha y nos cedieron su local porque ya todos los que ahí participaban egresaban de la vocacional.
Así que en ese año nuestra actividad en la vocacional fue organizar actos culturales con los Mascarones, con Judith Reyes, con Leopoldo Ayala y José de Molina. Publicábamos un periódico mural, distribuíamos volantes con información reciente del movimiento estudiantil y de otras luchas.
El 23 de septiembre de 1969, a un año de la defensa del Casco de Santo Tomás, los comités de lucha organizamos un mitin de repudio a la farsa electoral. Nuestra consigna fue de repudio y boicot a las elecciones. El candidato oficial era Luis Echeverría, principal responsable, junto con Díaz Ordaz, de la masacre de Tlatelolco. Además de la quema masiva de propaganda electoral se anunció que en ese mitin “destaparíamos a nuestro candidato”. Cuando estaba por concluir el mitin, un grupo de compañeros entró a la plaza del Carrillón cargando una gran jaula cubierta por una lona. Había llegado el momento del “destape”: el candidato era un cerdo, LEAndro”, Luis Echeverría-Asesino”. Desde autos en marcha el mitin fue disuelto por ráfagas de metralla.
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1970
Al comenzar 1970 la brigada-ateneo se convirtió en comité de lucha. Sin dejar de ir a apoyar luchas obreras, vimos que era un error dejar de lado la lucha estudiantil. Hubo muchos rechazados entre los aspirantes a inscribirse en la vocacional. Comenzamos una lucha para que pudieran ingresar. Hicimos asambleas con ellos para que se organizaran. También luchamos en contra de las cuotas de inscripción. Así que toda la nueva generación se puso el movimiento. Con los rechazados logramos que se formaran nuevos grupos que ocuparon las aulas entre las 2 y las 5 de la tarde, creando un turno intermedio. Luego estos serían distribuidos gradualmente en los diferentes grupos de los turnos matutino y vespertino. Respecto a las cuotas logramos que la dirección asumiera hacer público que estas son voluntarias, que los que no pudieran pagarla no estaban obligados, aunque la dirección insistió en que se le pidiera cooperar  voluntariamente a quienes pudieran hacerlo, pues había problemas de presupuesto. Les exigimos que eso lo resolviera la dirección solicitando aumento de presupuesto. Como sea esta lucha resultó y logramos fortalecer al nuevo comité de lucha.
También seguimos invitando a Judith Reyes y a José de Molina. Esto lo hacíamos conjuntamente con el comité de lucha de la Voca 3.
Por medio del comité de lucha de voca 3 conocimos un folleto que empezaba a circular llamado Unifiquémonos. Era una línea política para el movimiento estudiantil formulada por los comités de lucha de Física y Matemáticas, Ciencias Biológicas, ESIME, ESIA y Vocacional 3. Hicimos círculo de estudios para analizarla. Los compas de voca 3 nos proveían además libros de Mao Tsé-tung. En el círculo de estudio vimos que de alguna manera lo que hicimos en la lucha por los rechazados y contra las cuotas coincidía con lo que planteaba la línea Unifiquémonos. En síntesis: “organizar a los estudiantes a partir de sus demandas concretas, de manera independiente del control estatal-priísta, para estar en condiciones de apoyar de manera real y efectiva las luchas populares…”
Una compañera de la Vocacional, nieta de Valentín Campa, recién liberado, nos propuso invitarlo para que diera una plática en la vocacional. Organizamos ese encuentro y salió muy bien.
Ya cerca del segundo aniversario de la masacre del 2 de octubre programamos la proyección de la película “Aquí México”. Pero a la mera hora la dirección de la escuela nos negó el auditorio. Había entre los estudiantes de la vocacional mucho interés por ver esta película, la mayoría venía de secundarias y sólo de oídas se habían medio enterado. Entonces, a la hora que nos debían abrir el auditorio, ya toda la escuela estaba esperando. Informamos lo que estaba pasando. Fuimos todos a la dirección a exigir que se nos diera acceso al auditorio. Pero el director se negó a hablar con todos. Pidió que nombráramos una comisión. Se formó la comisión. El director dijo que eran “órdenes superiores”, que ya nos olvidáramos de eso, que ya no funcionaba seguir con lo mismo, etc. Informamos esto a los compañeros. Todos se indignaron. Decidimos tomar el auditorio. Seguía cerrado. Entonces con todos ahí se armó un mitin. Quienes hablaron decían que los estudiantes tenemos derecho a utilizar los espacios de la escuela, que estas existen porque nuestros padres pagan impuestos, como también lo hacen los estudiantes que trabajan para sostener sus estudios… y cuando se preguntó: “¿de quién es el auditorio…?”, alguien tomó impulso y al grito de “¡nuestro!”, de una patada voladora rompió los vidrios de la puerta del auditorio. Entramos. Pero de todos modos no podríamos ver la película porque cortaron la energía eléctrica. Entonces eso se transformó en una asamblea. Entraron los del comité charro a tratar de intimidar. Dijeron que haber entrado así al auditorio fue un acto vandálico, que la dirección presentaría una denuncia de hechos, etc. Tuvieron que salir del auditorio en medio de chiflidos y mentadas de madre.
De ahí en adelante no hizo falta más que avisar que necesitábamos ocupar el auditorio para que sin ningún problema nos lo abrieran y proporcionaran equipo de audio, proyector y lo que fuera necesario.
Se pudo hacer una manifestación en solidaridad con Vietnam en mayo de 1970, convocada por el PCM. Eso nos hizo pensar que podríamos hacer una manifestación en la calle luego del triunfo electoral de Salvador Allende en Chile. El 4 de noviembre de 1970 saldríamos del Casco de Santo Tomás hacia el Zócalo. Pero nos atacaron los Halcones cuando apenas iniciaba. Aunque no se pudo realizar la manifestación, enfrentamos a los Halcones y los derrotamos.
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1971
El comité de lucha, aunque con algunas reticencias, reivindicó como propia la línea Unifiquémonos. Pero seguíamos apoyando las luchas obreras, campesinas y urbanas. Ayotla Textil, Chiclet’s Adams, el Movimiento Sindical Ferrocarrilero, la Tendencia Democrática del SUTERM, el Campamento 2 de Octubre de Apatlaco, la Colonia Rubén Jaramillo de Temixco y otras.
En Monterrey se impuso una “reforma educativa” a la UANL, que consistía en privatizarla. Allá se declararon en huelga contra la nueva ley orgánica que les impusieron. Acá decidimos solidarizarnos y se propuso una movilización grande con la que se quería “ganar la calle”, pues desde 1968, después de la masacre del 2 de octubre, ya no se podía hacer manifestaciones. Pero la fecha de la manifestación se aplazaba, dependiendo de que los expresos políticos regresaran del exilio al que se les condicionó su excarcelación. Regresaron, se fijó entonces la fecha: 10 de junio, pero para entonces ya había sido derogada la ley orgánica impuesta a la UANL y se había levantado la huelga. Entonces se desató la discusión de si era posible realizar la manifestación. Se consideró la posibilidad de que fuera reprimida. Pero por otra parte, aunque se había resuelto el conflicto de la UANL, se consideró por parte de los comités de lucha que estaban por su realización que no había que olvidar el compromiso de solidaridad con las luchas obreras y urbanas de esta ciudad.
Una de las posturas críticas ante la realización de esta manifestación fue expresada por los comités de lucha del IPN que impulsaban la línea Unifiquémonos. Consideraban que había que romper ya la dependencia respecto a los ahora expresos políticos, pues esa dependencia había sido utilizada por el Estado como forma de chantaje para desmovilizarnos. Por otra parte, se consideraba que era prioritario organizar a los estudiantes a partir de sus demandas concretas y no arriesgar a una posible represión, que ganar la calle no debía ser a cualquier precio, que esa posibilidad había que verla en función del fortalecimiento del movimiento estudiantil en su conjunto y no de nuestro deseo de volver a ganar la calle. Se llegó el 10 de junio, asistimos aún sin estar muy de acuerdo y ya sabemos qué pasó: otra brutal masacre, perpetrada ahora por los paramilitares del grupo los Halcones, con armas largas en esta ocasión y con la complicidad de la policía y el ejército.
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Contacto con compañer@s que optaron por la guerrilla
La masacre del 2 de octubre había hecho germinar la idea de que las vías civiles y pacíficas de lucha estaban cerradas. Cada vez más activistas veían que sólo mediante una revolución se podría transformar la situación de despotismo y represión que hizo posible la masacre.
         Había diferentes formas de entender esto. Entre estas había una que consideraba que una lucha de esa envergadura sería posible sólo con la participación del pueblo trabajador, que había que integrarse a las fábricas, ejidos, colonias proletarias y desde ahí organizar ese proceso.
         Pero otra visión insistía en que había que levantarse ya y comenzar acciones, que estas acciones acelerarían la generación de un clima insurreccional que haría que el pueblo se sumara, harto de explotación, represión, humillaciones y despojo de derechos. Que además no partíamos de cero, pues ya estaban alzados en armas Genaro Vázquez y Lucio Cabañas en Guerrero y que en otros estados había también ya brotes rebeldes.
         Esto se manifestaba en el medio estudiantil, sobre todo como resultado de las masacres del 2 de octubre de 1968 y del 10 de junio de 1971.
           En 1969 y 1970 visitaba en la crujía M de Lecumberri a algunos presos políticos: Fausto Trejo, Pablo Alvarado, Carlos Martín del Campo, entre otros. Ahí conocí a Gladys, compañera de Pablo, estaban formando los Comandos Armados del Pueblo, pero de ésto me enteré hasta 1971, cuando Gladys cayó presa y Pablo Alvarado fue asesinado en la cárcel. 
     Ahí también conocí a Julieta Glockner, compañera de Carlos Martín del Campo, en ese tiempo ella se incorporó a las Fuerzas de Liberación Nacional, pero de ello me enteré hasta 1975, cuando cayó en un enfrentamiento con el ejército en Tabasco, tras la ofensiva para acabar con en naciente Núcleo Guerrillero Emiliano Zapata de las FLN en Chiapas
         En la Vocacional 6 había contacto con un compañero de la Escuela Superior de Economía del IPN, Jesús Ávila González, que participaba en un comité por la libertad de los presos políticos de manera abierta, pero que tenía relación clandestina con el Partido de los Pobres. Sabía de nuestra posición política de aplicar la línea de masas, la respetaba, pero nos llamaba a difundir información de lo que estaba sucediendo en Guerrero. Estuvimos de acuerdo. Informábamos de esto en nuestros periódicos murales. Esta información tenía mucho interés de los estudiantes. Estaban ávidos de enterarse de esa forma de lucha.
         Años después, ya desligado de las escuelas, supe Jesús fue detenido-desaparecido en abril de 1974.
         En 1971, meses después del 10 de junio, proliferaron más grupos político-militares, el Comando Lacandones entre ellos. Cuando asestó la Brigada Blanca un golpe demoledor a este grupo, me enteré que aquel compa que desde que estaba en la Prevo me invitaba a ir a otras formas de lucha, era parte de este grupo. “Adán” le llamábamos en la Prevo. Jesús Calderón Esquivel es su nombre real.
No me extrañó saber que estaba ahí, pues sabía de su postura política. Tampoco me pareció extraño que Jorge Po Hurtado formara parte de ese grupo, pues desde 1968 había mostrado su beligerancia. Antes del movimiento era parte de un grupo de fútbol americano. Era de la ESIA. Junto con su grupo se incorporó al movimiento en tareas de seguridad. En las asambleas en las que fue desconocida la FNET enfrentó a los porros. Participó en la recuperación de los camiones del IPN, que tanto nos fueron útiles en las manifestaciones y en las brigadas masivas a las zonas industriales. El 2 de octubre lo impulsó a organizar con otros compañeros del IPN un grupo político-militar.
Otro compañero conocido de este grupo es José León Zempoalteca. Estudiaba en la ESIME, participó en el comité de lucha. Era novio de una compañera de Enfermería que participaba con nosotros, por lo que hubo trato cercano, pero nunca nos enteramos de que se había integrado a la lucha armada. Cuando cayó preso, su hermana Trinidad, estudiante en Medicina del IPN, me buscó para que le ayudara a hacer contacto con los abogados.  Así lo hice. Luego perdimos contacto. En 1976 también fue detenida en Tlalnepantla, ella trabajaba entonces en donde se imprimía el periódico Madera de la LC23S. Pero de esto me enteré hasta que cayó presa.
         En mi grupo escolar había dos compañeras que se apuntaron como oyentes. Provenientes de Normales Rurales. Una venía de La Laguna. La otra era Carmen Vargas Pérez, originaria de Guerrero, egresada de la Normal Rural de Atequiza, Jal. Entonces era militante de la Juventud Comunista. Se formó políticamente en la FECSM. Se hizo compañera de Roberto Gallangos, quien entonces estudiaba en la ESE del IPN. Por eso se apuntó de oyente en la Vocacional, para estar segura en un lugar cercano a donde estudiaba su compañero.
         Roberto Gallangos, originario de Oaxaca, en 1968 era estudiante de la Vocacional 5, cayó preso el 26 de julio y salió libre en diciembre de ese año, es decir vivió el movimiento estudiantil desde la cárcel.
            Por ser compañera en mi grupo tuvimos oportunidad de platicar bastante. Le expresé mi desconfianza hacia el PCM y la JCM por la forma en que actuaron en 68. Para mi sorpresa ella me confió que aunque era militante de la JCM, tampoco estaba de acuerdo con su política. Que ese sentimiento se había extendido entre muchos jóvenes comunistas y me confió que se estaban organizando para pasar a otro nivel de lucha. Me invitó a participar con ellos. Pero Roberto, que también me conocía, opinó que no era conveniente para ellos ni para mí. Dijo que yo era muy conocido por mi participación abierta desde 68, que involucrarme con ellos me pondría en serio riesgo y a ellos también. Que necesitaban sumar a compañeros de “bajo perfil”, por las características clandestinas de la organización que se estaba formando. No obstante, consideró que podía apoyarles en algunas tareas logísticas, como ayudar a familiares de los presos a contactarse con abogados como Enrique Ortega Arenas y Rojo Coronado, que se estaban abocando a la defensa. Otra tarea que me encargaron fue la de llevar escritos de la organización a la redacción de la revista Por qué? En la revista me conocían bien porque durante 1969 y 1970 hacía lo mismo: llevaba escritos de Isaías Rojas, de Adán Nieto Castillo, de Federico Emery, de Pablo Alvarado, de Fausto Trejo y de otros presos políticos a la redacción.
         Fue hasta julio de 1975 que supe que la organización en la que estaban era la Liga Comunista 23 de Septiembre. A Carmen la detuvieron en el cine Cuitláhuac cuando repartía el periódico Madera, como parte de una brigada. Roberto y más compañeros fueron detenidos en una casa de seguridad que tenían en la colonia Euskadi, Azcapotzalco. Para entonces ya no tenía contacto con ellos. Este se había suspendido desde que me integré de obrero, pues dejé la escuela y todo vínculo con el movimiento estudiantil.
         Algo que me parece importante destacar de esta parte es que todos los compañeros que conocí vinculados a la opción guerrillera sabían de mi posición política, digamos que maoísta. Diferente a la que ellos tenían. Había discusión, sí, pero también respeto. Había confianza, la que permite la clandestinidad. Y voluntad de colaborar, independientemente de estar conscientes que cada quién seguiría su propio camino.
         Para 1976, quienes optamos por el camino de la integración al pueblo no teníamos ninguna relación con ninguna organización político-militar. Pero ello no nos exentó de ser atacados por la Brigada Blanca. El 3 de noviembre de ese año, volanteábamos en la zona fabril de Naucalpan. Nos baleó la Brigada Blanca. Creyeron que éramos de la Liga. Detuvieron a una compañera que cayó herida. Se dieron cuenta del error tras ver el tipo de volantes que repartíamos. "Pero también son subversivos", dijeron, "andan de sindicaleros, pero no tardan en pasar a filas guerrilleras". Así nos veían: como aliados y reservas de la guerrilla. En esos momentos su objetivo principal era derrotar al movimiento armado, pero "siguen ustedes", advirtieron tras dejar libre a la compañera que habían detenido.
Carmen Vargas y Roberto Gallangos, militantes de la LC23S, detenidos-desaparecidos desde julio de 1975