viernes, 25 de noviembre de 2016

"LA PATRIA DE LA JUVENTUD, LOS ESTUDIANTES DEL POLITÉCNICO EN EL 68" (Jesús Vargas)

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Círculo CB
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Publicado el 20 de octubre de 2014
Fragmentos de la charla de Jesús Vargas en la presentación de su libro: "La patria de la juventud, los estudiantes del Politécnico en el 68".
Jesús Vargas Valdés, estudiante de la Escuela Nacional de Ciencias Biológicas del IPN en 1968, participante del movimiento estudiantil, activista del Comité de Lucha de la ENCB, fue uno de los delegados de esa escuela ante el CNH.
Ahora, como profesor e investigador de la historia de los movimientos sociales en Chihuahua y en México, ha escrito sobre la revolución mexicana, sobre Madera y otros temas, entre los que aborda también el movimiento estudiantil de 1968, desde la perspectiva de los estudiantes del IPN.
Vargas diferencia entre lo que fue la huelga (julio-diciembre de 1968) y lo que fue el movimiento. Rechaza la idea generalizada de que el movimiento terminó con la masacre del 2 de octubre. Recuerda que la huelga se mantuvo hasta diciembre. Pero rechaza que el fin de la huelga y la disolución del CNH hayan sido el final del movimiento. Afirma que el movimiento estudiantil, luego de levantarse la huelga continuó en el Politécnico contra la reactivación del porrismo, contra el cierre de las Prevocacionales del IPN y de las Normales Rurales, giró en buena medida en torno a la lucha por la libertad de los presos políticos (aspecto que fue utilizado por el gobierno para chantajear al movimiento), en solidaridad con las luchas obreras, campesinas y populares que emergían, se movilizó en repudio a la farsa electoral de 1970; fue la reorganización de los estudiantes en torno a sus demandas concretas, de manera independiente del control estatal, para apoyar de manera real y efectiva las luchas populares. Hasta el 10 de junio de 1971, cuando el Estado perpetra la masacre ejecutada por sus paramilitares “los halcones”.
Desde 1968 en amplios sectores activistas del movimiento venía germinando la idea de la necesidad de una revolución que acabara por fin con el despotismo, la represión, la antidemocracia. Maduró la idea de que esta revolución no podría ser obra del movimiento estudiantil sino del pueblo organizado. Que el papel de los activistas estudiantiles en este proceso era el de integrarse al pueblo, acompañar sus luchas por la tierra, por salarios dignos, contra la explotación capitalista y hacerlas evolucionar hacia un movimiento popular que luchara por la emancipación. Se tenía claridad de que esta no podría ser una transición pacífica, que para liberarse de la opresión, la explotación y la represión inevitablemente se tendría que llegar a la insurrección armada.
Aquí había diferencias importantes: había quienes consideraban que ya era el momento de levantarse, que era necesario armarse ya y comenzar a realizar acciones de hostigamiento contra la clase en el poder, que estas acciones harían madurar las condiciones de conciencia y organización en el pueblo y que el resultado sería la insurrección generalizada. Pero había también quienes pensábamos que la revolución no podía ser obra de un puñado de valientes, sino de la lucha de todo el pueblo y que por ello debíamos integrarnos con los obreros y los campesinos, luchar junto a ellos, acompañar sus luchas, crecer el nivel de conciencia para que el pueblo viera que sólo con la lucha decidida de los trabajadores del campo y la ciudad podríamos desencadenar una lucha revolucionaria. Que no era suficiente luchar por salarios justos y tierra para quienes la trabajan, sino arrebatar a los poderosos la propiedad privada de los medios de producción, socializarlos, acabar con el sistema de explotación y ser verdaderamente libres.
Con esta idea, una oleada de activistas abandonó las escuelas, se integró a los ejidos, a las fábricas, a las colonias proletarias y comenzó un trabajo hormiga de concientización y organización.
Al mismo tiempo, quienes optaron por el camino de las armas enfrentaron una guerra de exterminio gubernamental, esa etapa histórica que se denominó de “guerra sucia”, que encarceló, torturó, desapareció, asesinó a centenares de compañeros, en armas o no. Esa guerra la generalizó el Estado contra todo lo que iba surgiendo como lucha independiente.

Otro aspecto de esta guerra contrainsurgente fue la “reforma política” que institucionalizó a parte de la llamada izquierda, cooptó a algunos intelectuales y se puso la careta de “apertura democrática”, para aislar y aniquilar a quienes armados o no, buscaban caminos verdaderamente emancipatorios.
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