viernes, 11 de noviembre de 2016

LA CANDIDATA “CALDERONA”: MÉXICO UN PAÍS SIN MEMORIA

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Pietro Ameglio
Desinformémonos
11 noviembre 2016
México es un país, en ciertos sectores, sin “memoria activa”, con una gran “memoria fosilizada”, permanentemente impulsada por la clase política y todos los aparatos institucionales a través de continuos homenajes, medallas, monumentos, premios, dedicatorias. El aparato del poder –en toda su variedad institucional- es una permanente máquina de erradicación de la memoria como un problema nacional de verdad y justicia, para trasladarla al ámbito del “recuerdo”, de la simulación o del olvido: Iguala, Tlatlaya, Tanhuato, Apatzingán son los casos más recientes. Eso explica, en parte, mucha de la impunidad e injusticia que nos atraviesa.
Profundizando, señalaba muy bien el Dr. Juan Carlos Marín, en la inauguración del Centro de estudios de la memoria y los DDHH en Chile, que “la memoria activa nos exige no sólo reclamar justicia sino también saber más de todo esto (genocidio de la dictadura militar) para no desarmarnos ante lo que no ha dejado de producir injusticias ni nos ha dejado de amenazar”. De lo contrario, estamos colaborando en “ampliar nuestra indefensión ante la amenaza de una reiteración del horror”.
De qué otra forma podría explicarse que alguien como Margarita Zavala – la “candidata”- aspire, con mucha fuerza real, a ser presidenta de la república. Para nuestra sociedad resulta ofensiva ya sólo la posibilidad de que pueda siquiera imaginarse que lo sea, pensemos lo que sería si llegara a serlo. Es la esposa de un genocida. Ante ello, surge enseguida, desde el poder, la instalación del “infantilismo social” alegando que ella no es Calderón, que una cosa es lo que hizo su marido y otra lo que hará ella. ¡Qué ingenuidad histórica y sociológica!
El genocidio es la acción de muchos sobre pocos, aunque estos sean 65 mil muertos, 20 mil desaparecidos y decenas de miles de desplazados [1], que son las cifras con las que su esposo dejó envuelto en un indescriptible dolor al país cuando se fue, en la impunidad total. Por una ingenua y, a propósito, mal construida lectura de la historia creemos que la violencia, de la cual el genocidio es su máxima expresión de inhumanidad, son realizados por unos pocos “desequilibrados” –casi por naturaleza- sobre otras víctimas, pero, en cambio, una lectura más precisa de la operación del orden social nos muestra que para que se realicen acciones violentas, genocidas, es necesaria la participación y articulación de muchos cuerpos sobre pocos. Se trata de una enorme empresa intelectual, judicial, tecnológica, mediática, de redes de complicidades implícitas y explícitas, directas e indirectas, en la que grandes sectores de la sociedad civil participan en múltiples formas y niveles.
¿Quién puede afirmar que Margarita Zavala no sabía lo que sucedía con las víctimas de la tan mal llamada “guerra al narco” –declarada por su esposo apenas subió al poder-, así como de la complicidad e impunidad estatal? Y ¿qué hizo –con fuerza y proporcionalidad- al respecto en aras de la verdad, la justicia, la reparación…la paz?
Fuí testigo de múltiples testimonios de los familiares de desaparecidos ante ella, y todo el aparato gubernamental y partidista político, y de la total inoperancia y simulación de éstos. Ella, como una enorme cantidad de actores políticos, y de otras múltiples institucionalidades nacionales, operó a favor de la política de “paz armada” que ha llevado al país actualmente a continuar siendo atravesado –cada vez con mayor intensidad- por una guerra de “exterminio masivo” (más de 105 mil muertos; 32 mil desaparecidos; cientos de miles de desplazados) y “exterminio selectivo” (cientos de activistas sociales, periodistas, defensores de ddhh… de todos los rangos y niveles asesinados o desaparecidos, empezando por los 43 estudiantes de Ayotzinapa).
Para colmo de evidencias de esta “continuidad bélica”, en la que la clase política y sus múltiples aliados delictivos han instalado al país y a toda la sociedad, el presidente Peña Nieto acaba de entregar un reconocimiento ¡en mano! a Calderón en los 70 años del ITAM, en un viceversa de cuando Calderón le entregó el reconocimiento al fraude electoral del 2102.
Por tanto, ¿con base a qué se puede afirmar que ella va a detener esta guerra de exterminio contra la población y los pueblos-comunidades mexicanos, si fue parte de estas decisiones en el sexenio de su marido que potenció esta nueva etapa de la guerra en México, si ha estado totalmente callada en la intensificación de esta guerra en el actual sexenio? Pura ilusión, sin ninguna esperanza real. Reitero, resulta inverosímil para la memoria y dignidad de toda la sociedad mexicana, y especialmente para los familiares de víctimas de la actual guerra, que se pueda siquiera llegar a plantear la posibilidad que ella sea presidenciable.
Duele, entonces, observar el nivel de “normalización de la guerra”, de la impunidad y violencia que tiene la clase política –que lucra en todo sentido con ella-, pero sorprende más todavía esa “normalización” en la sociedad civil pues no se han levantado voces claras y fuertes públicas contra esta candidatura vergonzosa, en el sentido de su papel central en la guerra que nos atraviesa y hacia las cientos de miles de víctimas.
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Pero sí, en cambio, es tema de gran “polémica nacional” el que el CNI (y el EZLN como parte de él) se hayan atrevido a lanzar una consulta a sus bases, acerca de la posibilidad de presentar en las elecciones presidenciales de 2018 a una candidata mujer e indígena. Como si no fuera legal y legítimo que una organización social tuviera ese derecho. Pero lo que más queda al desnudo es la “doble moral” social que, por un lado, esgrime todo tipo de argumentos acerca de la “falta de memoria del EZLN” respecto a sus declaraciones y acciones pasadas, y, por otro lado, tienen una desmemoria total con la política genocida que el esposo de Margarita Zavala –y ella directa e indirectamente- instalaron en el país hace 10 años y que han llevado a un nivel de descomposición social, delito organizado y muerte como nunca antes se había vivido en el México.
Como señala el Equipo Bourbaki (2016), lo que ofrece la candidatura del CNI “es una salida real a quienes ya no creen en este sistema político y que tampoco buscan ya su representación ciudadana, en concreto para estas elecciones federales, pero expresarían de esta manera su anuencia a la candidata propuesta por los pueblos originarios, en donde han construido el ‘mandar obedeciendo’ como forma y ejercicio de gobierno…la sola presencia de un Consejo indígena de gobierno y una mujer que lo represente, altera los ‘usos y costumbres’ del sistema electoral, lo evidencia en su crisis y en el apego a esos procedimientos de la simulación permanente de lo legítimo”.
Nos parece, como decíamos al inicio, que no es posible en México seguir postergando una lucha clara y decidida por la verdad, la justicia y la reparación en esta guerra que nos han impuesto y cuyo costo es brutal y de grados de inhumanidad similares a los peores territorios de violencia mundiales, especialmente para la sociedad civil en todas sus clases sociales. Por ello, perder la capacidad de una “memoria activa”, es perder el respecto a la dignidad de la lucha de cientos de miles de víctimas en todo el país, es renunciar a la posibilidad de “¡Parar la guerra!”.
Como sociedad civil:
¿Vamos a cooperar en prolongar otros 6 años la guerra en que nos han metido, sin la mínima consulta ni legitimidad, funcional sólo a sus inmorales negocios?
¿Para cuándo un “¡Ya basta!”, un “Hasta la madre” o “¡Que se vayan todos (los políticos)” más decidido?
¿Estamos para aguantar 18 años ininterrumpidos de guerra cada vez más violenta y creciente?
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[1]  Cifras del sexenio de Calderón tomadas de Aristegui Noticias, Animal Político y el Semanario Zeta.

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