martes, 13 de septiembre de 2016

La triste e inútil travesía de la izquierda combatiente al colaboracionismo y a la traición

¿Por qué algunos se convierten en lo que combatieron cuando jóvenes?
Por La Voz del Anáhuac
Septiembre de 2016
¿Sabías que el actual gobernador represivo de Morelos, Graco Ramírez en 1968 estudiaba en la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM? ¿Que fue parte del CNH y fue uno de los presos políticos del movimiento de 1968? ¿Que entonces era militante de izquierda? Te preguntarás entonces ¿por qué ahora es un represor de las luchas del pueblo? ¿Por qué se convirtió en aquello contra lo que luchaba en 68? ¿La cárcel lo castró? ¿"Maduró" y superó los delirios juveniles? ¿Traicionó sus principios? O simplemente se despojó, como muchos otros, de la máscara libertaria. ¿Cuántos exlíderes estudiantiles son ahora parte del Estado?
         No es el único caso. Desde entonces se sabía que Ayax Segura y Sócrates Campos Lemus trabajaban para el gobierno. La misma noche del 2 de octubre señalaban desde la mirilla de las celdas del campo militar Nº 1 a los detenidos sospechosos de ser parte del CNH, indicando a Miguel Nazar Haro quiénes eran del CNH, de qué escuela, de qué militancia de izquierda.
         Otros se transformaron paulatinamente, a medida que las organizaciones de izquierda se institucionalizaron y comenzaron a saborear los beneficios de ocupar alguna curul, algún cargo en el gobierno o desde los órganos de dirección de la izquierda institucionalizada. Ahí vemos casos como el de Jesús Zambrano, que de militante de la izquierda radical, pasó a ser parte de la cúpula perredista firmante del llamado “Pacto por México”. A Zambrano se le conocía en la Liga Comunista 23 de Septiembre como el “tragabalas”, pues una bala le cruzó el rostro en un enfrentamiento con la “Brigada Blanca”. Sí, en los 70’s Zambrano fue parte de la Liga Comunista 23 de Septiembre, la organización guerrillera más combativa y radical de entonces. Como muchos otros padeció cárcel y tortura. Pero también un proceso de descomposición ideológica. De prisión pasó a la política partidista oficializada. Hasta convertirse en parte de la cúpula perredista que luego se conoció como “los chuchos”. Ahora van de la mano del gobierno aprobando, justificando, convalidando las llamadas “reformas estructurales” que profundizan el neoliberalismo, acatando las órdenes de los centros financieros internacionales, despojando al pueblo de derechos fundamentales como el trabajo, la educación y la salud, privatizándolo todo y entregando los recursos nacionales a los capitales transnacionales.
         ¿Cuántos han traicionado la sangre y la memoria de quienes cayeron en combate, de quienes fueron torturados, desaparecidos, asesinados por el Estado? ¿Cuántos excombatientes son ahora funcionarios del Estado y desde ahí reprimen al pueblo?
Pero no todos, los que no fueron líderes, pero que combatieron en las barricadas al ejército y a la policía entonces, siguen luchando, ahora están con el pueblo pues nunca buscaron estar en puestos gubernamentales. De las barricadas del 68 unos se fueron a la guerrilla, otros al pueblo, a las fábricas, los ejidos, los barrios y ahí siguen, luchando, ya viejos, pues el tiempo no pasa en balde, pero su corazón sigue donde debe estar: abajo y a la izquierda.
Quizá son pocos. Ni los conocemos tal vez. Pero ahí están. Cuando pueden comparten su experiencia de lucha con quienes les prestan oído. No hay otro afán que el de, en plano de igualdad, compartir lo vivido, pues la lucha de ayer y la de hoy es la misma: los mismos enemigos, las mismas dificultades, iguales engaños, pero también los mismos objetivos, la misma lucha por la libertad, la verdad, la justicia, la dignidad. Es otra etapa, es la del neoliberalismo, pero el sistema sigue siendo capitalista. El eje sigue siendo la lucha de clases, la lucha contra la explotación, contra el despojo, contra la represión, contra el desprecio.
Dicho sea de paso: se cumplen este año 48 desde el movimiento de 1968. Hay mucho que reivindicar de esa histórica lucha. No es sólo el dolor por la masacre del 2 de octubre en Tlatelolco. Es también el poder de decisión de las bases desde las asambleas, el no permitir la intromisión de los partidos políticos, las brigadas como células de información popular y de combate ante la represión. Experiencia de lucha antiautoritaria, de unidad desde abajo, de resistencia ante los peores escenarios represivos, de no dar un paso atrás, sino llegado el momento, dar un brinco hacia adelante, a otras formas de lucha, a la confrontación ya no sólo contra un gobierno despótico, sino contra el sistema de explotación capitalista, oponiendo la convicción de luchar por un sistema sin explotación, sin opresión.
Poniendo todo el corazón y la voluntad en aquella consigna levantada desde el 23 de septiembre de 1968, en la resistencia contra la ocupación militar de las escuelas del Casco de Santo Tomás: ¡Por nuestros compañeros caídos: no un minuto de silencio, sino toda una vida de lucha!
El 2 de octubre no nos detuvo. El 10 de junio de 1971 nos lo reconfirmó: ¡El pueblo es la fuerza motriz de la revolución!
Entonces muchos entendimos que para avanzar en ese proceso no sería desde las escuelas desde donde debíamos hacer conciencia, desde donde habríamos de construir organización, sino con el pueblo, en las fábricas, en los ejidos, en los barrios proletarios, con el pueblo trabajador.
Ahí nos vacunamos del arribismo de los partidos políticos, de la corrupción del poder político, del oportunismo, la simulación y la traición. Ahí comprendimos qué es ser pueblo, hacer pueblo, estar con el pueblo.