martes, 30 de agosto de 2016

EL MARXISMO QUE NO NOS CONTARON (Crónica: de la Internacional Comunista a fines del Siglo XX)

En la foto, la proclamación en Estrasburgo de la República de los consejos o soviets de Alsacia (9-22 de noviembre de 1918).
Fuente: Regeneración Libertaria
Red Latina sin fronteras
El marxismo que no nos contaron
ADVERTENCIA PREVIA: La idea que tenemos del llamado «marxismo», entendido como el legado teórico y activista de Karl Marx y Friedrich Engels, está marcada por todas aquellas personas que se han llamado a sí mismas «marxistas», pero, sobre todo, por las más fuertes de ellas. Aquellas personas que han dirigido grandes organizaciones e incluso estados mientras se reclamaban marxistas han condicionado mucho más la manera en que entendemos este concepto que quienes, también reclamándose herederas de Marx y Engels, no han sabido, querido o podido poner a su servicio policías, ministerios y demás. Entre estas últimas destacan, a nuestro entender, una serie de figuras y grupos que no sólo no conquistaron el Poder (con mayúsculas) en ninguna parte, sino que defendieron un marxismo más o menos humanista que les supuso el rechazo del marxismo autoritario de Lenin y demás.
De estas últimas nos vamos a ocupar en esta serie de artículos en cuanto terminemos con una aclaración necesaria. ¿Qué es marxismo, preguntas, mientras clavas tu mirada en mi pupila…? No pretendemos entrar en farragosos debates sobre esto. En primer lugar, porque el propio Marx dijo aquello de «Yo no soy marxista» y hay pocas cosas más ridículas que ser más papista que el Papa. En segundo lugar, porque si existen debates de ese tipo es porque algo aportaron aquellos alemanes barbudos (tendemos a olvidarnos de Engels, como una especie de mero soporte para su socio), de modo que incluso las interpretaciones más diferentes tienen en común algunos puntos: la consciencia de que existen clases distintas en casi todas las sociedades, la de que existen intereses opuestos, concretamente, entre quienes tienen su capacidad o fuerza de trabajo y quienes tienen los medios con que aquellos pueden generar riqueza o la de que los explotadores tienen un interés en que las cosas continúen así, mientras los trabajadores (se paren a pensarlo o no), si utilizaran su fuerza numérica para parar el sistema de clases y establecer otro sin ellas, saldrían beneficiados –como mínimo, en términos de estabilidad económica y racionalización económico-política– y la de que la historia no necesita de ningún destino, providencia o Dios: mientras no se demuestre lo contrario, ocurre aquello que hacemos o permitimos que ocurra.
Advertencia ortográfica: en esta serie de artículos hablaremos también de personas (sobre todo, rusas, aunque no únicamente) cuyos nombres se escriben en otros alfabetos. Hay diferentes convenciones a la hora de pasarlos al nuestro, nosotros hemos decidido evitar anglicismos o galicismos y no poner kh pudiendo poner j ni recortar el diptongo [i + i breve] (muy común en ruso) a i ni a y, sino iy, así que leeréis «Trotskiy», «Kerenskiy», etc.
Estábamos avisados.
La discusión, ya planteada desde fuera del marxismo antes de la revolución rusa (y por la sección belga de la AIT, que nunca fue netamente marxista ni proudhonista o bakuninista, ni libertaria ni autoritaria) se reproduce entre las filas marxistas inmediatamente después del triunfo de  la revolución de 1917.
Rosa Luxemburg y sus compañeros del grupo Spartacus (Karl Liebknecht, Clara Zetkin y Otto Rühle son los más conocidos) toman nota del creciente poder del liderazgo bolchevique y, desde el respeto por la lucha que este dirige contra las potencias extranjeras y las contrarrevolucionarias del interior, señalan –estamos en 1918– cómo la gestión de la revolución no está fortaleciendo a la clase trabajadora, sino a esa vanguardia dirigente. Puede parecer una cuestión de detalles, pero la propia Rosa aclara, desde la cárcel, que la ocasión que brinda la revolución es la de ofrecer a la clase un Poder cada vez más transparente y del que puedan responsabilizarse cada vez más. La práctica bolchevique irá en sentido contrario a esta necesidad de empoderamiento proletario, pese a lo que daba a entender su discurso anterior. Por «discurso anterior» nos referimos a los siete meses previos a la revolución llamada de octubre (noviembre, en nuestro calendario), en que tanto la publicación por Lenin de sus Tesis de abril como la consigna principal de la fracción bolchevique del POSDR («¡Todo el poder a los soviets!») apelaban al poder proletario y popular, en la línea más cercana al anarquismo jamás vista en el POSDR.
Existía una clara contradicción entre la práctica leninista y su anterior crítica del blanquismo –recordemos que Louis-Auguste Blanqui, como otros luchadores de su época, había sido un adalid de las revoluciones lanzadas por una vanguardia minoritaria, pero con decisión e ideas claras–. Se había criticado el blanquismo como un aventurerismo que, en lugar de hacer de los trabajadores un sujeto histórico vencedor, les convertía en carne de cañón de una minoría bienintencionada para con ellos. En la práctica, la política de Lenin parecía ser exactamente esa línea blanquista o algo parecido, con palabras más amables, fue lo escrito por Anton Pannekoek –prestigioso astrónomo holandés y probablemente el mayor exponente del marxismo de izquierda, sobre todo del germano-holandés– en su artículo de 1920 «El nuevo blanquismo». Aquí el concepto marxista de «dictadura del proletariado» ya está claramente en el centro de la polémica: las dirigentes bolcheviques (el texto se dirige específicamente a Karl Radek, pero vale para todas, empezando por Lenin), por haber sido capaz de movilizar a más personas trabajadoras que nadie y de neutralizar casi sin resistencia al régimen burgués de Kerenskiy, creen ser –con cierta lógica– la vanguardia del proletariado ruso y creen, por extensión –con una lógica ya mucho más retorcida– ser el proletariado a secas y poder tomar sus decisiones. Lo que en el contexto de la guerra mundial y guerra civil podría ser un imperativo de tomar rápidamente decisiones enormes se convierte en una práctica política central en la política soviética y que durará tantos años como la URSS (más de setenta). El retorno a la apatía de un número creciente de trabajadores, su desmovilización y desencanto con las organizaciones surgidas de la revolución o en torno a ella, viene a decir Pannekoek, muestra, al contrario, que el liderazgo de esa vanguardia es cada vez menos el liderazgo de las bases y, por lo tanto, del conjunto de la clase trabajadora.
Los dirigentes soviéticos no eran ajenos a este debate y la mejor prueba es la réplica de Lenin en La enfermedad infantil del izquierdismo en el comunismo, de 1920. El debate, claro, continúa, mientras en torno al núcleo germano-holandés surgen el KAPD (Partido Comunista Obrero de Alemania) y el KAPN, cuyo eco en Bulgaria sería el Partido de los Trabajadores Comunistas de Bulgaria y del núcleo británico del periódico Workers’ Dreadnought, el CWP (Partido de los Trabajadores Comunistas). No está de más decir que la líder prominente de este grupo británico es Sylvia Pankhurst, conocida por su implicación en el movimiento sufragista que no siguió los pasos conservadores de su madre Emmeline o su hermana Christabel. Su hermana Adela, una de las fundadoras del Partido Comunista de Australia, también sería rápidamente expulsada del partido por sostener posiciones izquierdistas, pero ella no persistiría en ellas (al contrario, volvería a la socialdemocracia y, en sus últimos años, giraría hacia un nacionalismo australiano fascista). De hecho, el Workers’ Dreadnought era la versión rebautizada del periódico antes llamado Women’s Dreadnought. Hermann Gorter, otro destacado miembro del consejismo germano-holandés, miembro del KAPD y amigo personal de Pannekoek, escribiría una Carta abierta al camarada Lenin en respuesta a su diagnóstico que publicaría precisamente el Workers’ Dreadnought ya en 1921.
Las críticas de estos grupos, por duras que sean, se hacen siempre desde el respeto e incluso la simpatía hacia las organizaciones soviéticas, pero es cada vez mayor la dificultad de posicionarse en un tema sin traicionar ni a estas ni a quienes, al contrario, quieren hacer una revolución mejor. Acabarán por coordinarse en una Internacional Comunista de los Trabajadores que durará pocos años, atrapada entre la dificultad de crecer, el desgaste de sus grupos (también relacionado con polémicas internas) y, en casos como el búlgaro, la represión.
Este intento de Cuarta Internacional tendrá un eco sorprendentemente, escaso en un país como Italia, que parecería propicio. Aquella tierra en cuyas ciudades industriales florecieron las asambleas de fábrica e incluso incipientes soviets (1919-1920) dará un PCI que se convertirá en un referente en el ámbito prosoviético, pero cuyos consejistas estarán particularmente desorganizados. Amadeo Bordiga, fundador del PCI, tardará años en decantarse en ese creciente dilema entre el espíritu de la revolución rusa y las gestoras de ese espíritu, hasta excluirse de su dirección (1924) y ser oficialmente excluido del partido, siendo entretanto sobrepasado por el leninista Gramsci, que sigue siendo considerado por muchos un leninista heterodoxo o incluso la figura de un equivalente italiano de Lenin, más que la de un seguidor o discípulo. Otro fundador del PCI convertido en heterodoxo y crítico del leninismo –quizá a su propio pesar– será Bruno Rizzi, de quien nos ocuparemos más adelante.
Bolchevismo antileninista (denominación de origen: la URSS).
La revolución llamada de octubre, ciertamente, fue una iniciativa de la facción bolchevique del POSDR, pero dentro y fuera de las filas bolcheviques y del partido se entendía que habían actuado como vanguardia y que la revolución entendía estar al servicio de toda la clase trabajadora del imperio ruso y aun del conjunto de la población en general. De la vanguardia al conjunto hay mucha distancia, bien lo sabemos, y pronto se vio que, aunque el levantamiento apenas había suscitado oposición violenta en el momento, existían sectores contrarrevolucionarios y un grandísimo sector sin participación política. Este sector, capaz de ver la revolución con actitudes muy distintas (simpatía, indiferencia, rechazo), todas ellas básicamente pasivas, es un gran ejemplo de cómo las mayorías silenciosas escriben la historia cediendo su responsabilidad a minorías. La vanguardia bolchevique tendría que gestionar la primera URSS condicionada por esa población ambigua, la oposición interior de sectores contrarrevolucionarios –puramente zaristas, simples conservadores o bien nacionalistas antirrusos de distinas partes del imperio–, la oposición exterior (de la triple alianza germano-otomano-austrohúngara hasta el tratado de Brest-Litovsk y luego, de la entente franco-británica apoyada por Polonia, EEUU, etc.) y los cambios tácticos de sectores revolucionarios no bolcheviques, como los mencheviques, los social-revolucionarios (también llamados eseristas) o los anarquistas.
Esto, dentro de la propia facción bolchevique llevaría a un sector a posicionarse contra Lenin y sus apoyos, no sólo por sus políticas, sino por la forma dirigista de llevarlas a cabo. Fue el caso, por un lado, de los llamados «centralistas democráticos», o «decistas» («leninistas contra Lenin», dirán algunas más tarde, como V. Smirnov, T. Sapronov o V. Obolenskiy-Osinskiy), por poner el énfasis en este principio, frente al liderazgo de personas como Lenin o a la liquidación de la iniciativa local en nombre del seguidismo con las propuestas del gobierno de Moscú. Por el otro, fue también el caso de la Oposición Obrera, de la que formarían parte en 1920-1922 activistas destacadas como Alexandra Kollontai, Sergei Medvedev y, sobre todo, Alexandr Shliapnikov. Este, obrero, veterano del POSDR y bolchevique de la primera hora, se encontró defendiendo en minoría, desde finales de 1919, un mayor poder para los sindicatos («Tesis de la Oposición Obrera», texto firmado por una treintena de cuadros medios) y una mayor presencia de trabajadores en la dirección del partido, frente a la hegemonía de los intelectuales; igual que se encontraría en minoría en los IX y X congresos del partido (marzo de 1920 y de 1921, respectivamente). No obstante, sus tesis fueron publicadas en el diario oficialista Pravda de cara a este último y agitaron el debate interno en el partido.
Si estas corrientes se vieron sometidas a una hostilidad que se convertiría luego en persecución, aún peor fue en el caso del Grupo Obrero. Aglutinado a comienzos de 1923 en torno a N. V. Kuznetsov, P. B. Moiseiev y, sobre todo, Gavril Miasnikov, su historia tiene mucho que ver con la trayectoria de este. Veterano y exaltado revolucionario, menos prominente que los líderes decistas o los de la Oposición Obrera, tanto por falta de un cargo similar a los de sus líderes como por su base provinciana (en los montes Urales), Miasnikov no quiso criticar a Lenin y cía. en el IX congreso, en el que participó, pero acabó haciéndolo al volver a su tierra.
No quiso alinearse con la Oposición Obrera, considerando que los sindicatos no habían superado sus tendencias negativas (economicismo, reformismo) y que lo necesario no era un mayor poder de los sindicatos, sino una reapropiación de los soviets por las bases, incluido el campesinado, respecto del cual la Oposición desconfiaba mucho. Quizá como castigo había sido destinado a Petrogrado –actual San Petersburgo–, donde acabaría hartándose del arribismo que percibía en el partido y la apatía entre la población (estamos hablando de 1920), como hizo saber al líder local (Zinoviev). Amenazado con la expulsión del partido, esto no hizo más que acentuar su defensa de la libertad de expresión, tema que daría de qué hablar en la polémica que mantendría con el propio Lenin (verano de 1921).
Entretanto, en marzo de 1921 había estallado la rebelión de Kronstadt y el joven régimen, incluida su oposición, se vieron sometidos al dilema de cómo posicionarse. El orgullo de las revoluciones de 1905 y 1917, los marinos de la base naval de Kronstadt (véase la foto), no eran pese a todo muy representativos de aquella revolución vanguardista: generalmente de origen campesino, estaban muy politizados y en muchos casos eran estonios, letones o finlandeses, además de que una parte estaban allí en calidad de forzados por haber desbordado al Estado por la izquierda (majnovistas ucranianos, eseristas de izquierda, etc.). Su programa de protesta, no lo olvidemos, reclamaba la uniformidad de las raciones de comida de toda la población (recientemente reducida, cosa que no perjudicaba tanto a los marinos de Kronstadt como a otros sectores), la libre producción de aquellos campesinos y artesanos que no tenían trabajadores asalariados y otras medidas de carácter más político: libre expresión para trabajadores y revolucionarios, fin de la fiscalización política del partido sobre la tropa, el fin de la propaganda política del Estado, etc.
La vecina Petrogrado estaba viviendo la agitación de sucesivas huelgas y aquel levantamiento, condicionado precisamente por el rumor de que la represión de aquellas huelgas había sido más grave de lo que fue, no ayudaba. El paso de los marinos de presionar al partido a hacer prisioneros a aquellos que eran más fieles al partido que a sus compañeros convertiría el pulso en una insurrección; los líderes irían más allá de lo votado por la aplastante mayoría y esta no intentaría evitarlo, los anarquistas soviéticos intentaron mediar entre ambas partes, sin conseguir siquiera que los insurrectos confiaran en ellos.
Como a menudo ocurre en política, la apuesta fue a doble o nada: la rebelión de Kronstadt, sin casi apoyo de la población obrera, aislada por su posición geográfica y aislada políticamente por la falta de movilización organizada fuera del partido y por el rechazo de todo este, incluidas las decistas y la Oposición Obrera, recuperada para colmo por la propaganda contrarrevolucionaria, no facilitó una rebelión en Petrogrado que ampliara la revolución, así que la falta de reacción en esta ciudad facilitó la represión de Kronstadt, aislada del resto de la Unión, cosa que a su vez contribuyó a apagar las movilizaciones en Petrogrado.
Aplastada Kronstadt, pacificada Petrogrado, la oposición organizada se iría apagando y la espontánea nunca llegaría a ninguna parte. A principios de 1922, Miasnikov sería apoyado en su derecho a la libre expresión por la Oposición Obrera en la «Carta de los veintidós» a la Komintern, pero dicha carta sería desautorizada, por recomendación de Clara Zetkin, Marcel Cachin y Vasil Koralov, como un «arma en contra del partido y de la dictadura del proletariado». Obviamente, no se trataba de otra cosa más que de la vieja concepción castrense, jacobina, anterior a Blanqui, de la revolución como obra de una vanguardia, minoritaria pero más ilustrada que el resto de la sociedad. Faltos de base social, los distintos grupos irían desapareciendo según la presión política en el partido y la presión represiva por lo demás neutralizaban a sus líderes, igual que la propia URSS desaparecería décadas después, demolida desde dentro. Así, a partir de 1922-1923, las decistas se unirían al polo trotskista (primero Oposición de Izquierda, luego Oposición Unida, etc.), políticamente confuso, la Oposición Obrera se desactivaría y el Grupo Obrero, que precisamente en esta época se configuraba como tal, sería exitosamente aniquilado en la cuna con la persecución de Miasnikov: exilio, cárcel, confinamiento…
Con la gran purga stalinista, no sólo sería asesinado Trotski en su exilio mexicano (1940), sino que los pelotones de fusilamiento darían buena cuenta ya antes, sobre todo en 1936-37, de los demás verdugos de Kronstadt (Zinoviev, Kamenev, Tujachevskiy), de la majnovshina y demás, igual que darían cuenta de las opositoras que persistían (todas, salvo Kollontai, que se había reciclado exitosamente como diplomática): Smirnov, Sapronov, Obolenskiy-Osinskiy, Shliapnikov, Medvedev…
La posibilidad de un marxismo soviético fuera del «ordeno y mando» quedaba liquidada y la URSS seguiría cavando su propia tumba mientras sus dirigentes seguían maquinando unas contra otras (el mejor ejemplo sería la ejecución de Lavrentiy Beriia, tecnócrata represivo y mano derecha de Stalin, poco después de la muerte de este en 1953 y del llamado «juicio de Praga» o «caso Slánský»).
Si el triunfo de la revolución rusa había atraído y canalizado a distintos grupos y organizaciones, incluso a algunos que no simpatizaban con el marxismo por tener tendencias más libertarias, el malestar con la deriva soviética no será tan capaz de organizarse en un movimiento. Pese a ello, se irá conformando un sector marxista crítico a veces más distinguible de los sectores trotskistas (sobre todo al principio) y a veces menos.
En Francia, el ruso-francés Boris Souvarine o Suvarin (Boris Lifschitz, en realidad), dirigente de la Sección Francesa de la Internacional Comunista, luego PCF, se irá enfrentando al lobby del Kremlin en los años 1923-1925, hasta ser expulsado del partido. Lenin sigue siendo prácticamente incuestionable, casi sagrado, y desde el Círculo Comunista Marx y Lenin, Suvarin escribe contra lo que él llama «el leninismo de 1924», que considera una «caricatura [del comunismo]» y llega a hablar de la burocracia como clase explotadora en 1925 (lo comentaría Trotskiy, sin estar de acuerdo, claro, en defensa del marxismo). Entre quienes siguen en el PCF, 1925 sería quizá el año clave en este conflicto, llegándose a publicar el «Llamamiento de los 250», donde más de doscientos cincuenta militantes y cuadros del partido criticaban la línea impuesta por la dirección: reuniones largas, ineficaces y mal dinamizadas (¿no nos suena?), falta de formación a las militantes, estructuración territorial ineficaz, torpeza estratégica y triunfalismo, y censura para acallar el fracaso de esas torpezas estratégicas; en el origen de todo esto, el hiperliderazgo de la dirección y la falta de implicación de las bases. Media decena de ellas confluirán en torno a la revista, aún existente, La Révolution prolétarienne (1925-1939 y desde 1947 en adelante) con Suvarin y todo tipo de antistalinistas que se consideran comunistas de una u otra manera: Albert Camus, Jean Maitron, Victor Serge, Daniel Guérin, Simone Weil y, por supuesto, Pierre Monatte, militante sindical y alma de la publicación.
Suvarin acabará alejándose más políticamente, pero durante años militará con figuras como Lucien Laurat (Otto Maschl, en realidad), Georges Bataille o, de nuevo, Simone Weil en torno a la publicación La critique sociale (1931-34).
Este tipo de posiciones, no obstante, estarán más patentes en el mundo de las ideas que en el activismo, de modo que, en la práctica, este marxismo humanista será totalmente eclipsado por el de la Komintern, además de convivir mal que bien con el leninismo trotskista. Existe toda una corriente informal en este sentido, pero quedará como algo más bien testimonial. Hablaríamos, además de los citados, de los investigadores y profesores de la Escuela de Frankfurt (Theodor W. Adorno, Max Horkheimer, Herbert Marcuse, Erich Fromm), del grupo surrealista de París (principalmente, André Breton y, sobre todo, Benjamin Péret) y de uno de los principales nexos entre ambos, Walter Benjamin, personaje atípico que, por ejemplo, en 1929 defendía en una carta a las surrealistas que «el componente anarquista» de la acción revolucionaria era necesario sin por ello sacrificar la «preparación metódica y disciplinada de la revolución a una praxis que oscila entre el ejercicio y la fiesta».
En este contexto prebélico, la Francia de 1939 ve la publicación de dos libros de lo más interesante, ambos publicados por exiliados: Au pays du mensonge déconcertant («En el país de la mentira desconcertante») y La bureaucratisation du monde («La burocratización del mundo»). El autor del primero es Ante (a veces llamado Anton) Ciliga, croata, uno de los fundadores del Partido Comunista de Yugoslavia y antiguo secretario para los Balcanes de la Komintern, que, después de enfrentarse al liderazgo del PCUS, se vio perseguido, encerrado en el «aislador» (prisión para disidentes, de régimen laxo, en medio de la estepa rusa) de Verjné-Uralsk y enviado luego al gulag. El del otro es Bruno Rizzi, uno de los miembros del Partido Socialista de Italia que se apartó para crear el PCI, también enfrentado a la dirección stalinista de la Komintern y de su antiguo partido. Se trata de trayectorias paralelas también porque ambos se acercaron al trotkismo asqueados por los excesos del stalinismo, para acabar descubriendo la semilla de esos excesos en el propio leninismo.
Ciliga lo cuenta desde la experiencia personal (capítulo IX de su libro), como una terrible decepción que le sobrevino en Verjné-Uralsk al intentar distinguir el legado político de Stalin del de Lenin. Al mismo tiempo, fue sujeto y testigo de intensos debates en el seno de la Komintern y luego en Verjné-Ouralsk, donde, más que anarquistas, la mayoría de las personas internas eran decistas o trotskistas (también estaba Serguei Tiyunov, simpatizante o miembro del Grupo Obrero). Cuenta cómo las decistas defendían el leninismo de El estado y la revolución contra las decisiones tomadas bajo el liderazgo del propio Lenin y cómo tanto ellas como las trotskistas, más enfrentadas al liderazgo soviético por cuestiones de formas, confianza y credibilidad que por una línea política clara –la del PCUS daba giros–, acababan desorientadas intentando encajar cada movimiento y cambio de coyuntura en las mismas categorías de análisis, encontrándose con debates o rendiciones por parte de trostkistas de centro, derecha o izquierdas, decistas,… Cómo, cuanto más se interesaba por los conflictos que hemos contado en el texto anterior y los posicionamientos de Lenin –ante el ascenso de la burocracia, Ulianov no recomendó, en uno de sus últimos artículos, buscar la participación popular, sino crear un departamento de especialistas en desburocratización (¡!)–, más veía en él al máximo responsable de la burocratización y su carácter de emergencia de una nueva sociedad de clases.
Rizzi, en una línea más cientificista y desapasionada, intenta hacer un retrato de la sociedad soviética y no puede menos que constatar que existe una clase dirigente, a cuyo servicio están el Estado como aparato represivo y la ideología dominante, y una clase dirigida y mayoritaria que, salvo excepciones, no aspira a socializar nada. El italiano lo engloba en un fenómeno histórico e internacional de ascensión de la burocracia como nueva clase hegemónica y, en ese sentido, lo relaciona con el nazismo, el fascismo o el New Deal estadounidense. Curiosamente, Ciliga cita a un preso decista, Volodia Smirnov, diciendo prácticamente lo mismo, cosa que le valdría ser expulsado del núcleo de presos decistas.
Bruno Rizzi estaba aislado de su propio partido, pero se puso en contacto con el movimiento trotskista y captó la atención del propio Trotskiy, que lo rechazó como «ultraizquierdista», pero no quedó indiferente. De hecho, el trotskista estadounidense James Burnham, probablemente al corriente del debate entre Trotskiy y Rizzi, abandona en 1940 su organización (el WP o Partido de los Trabajadores) abjurando del marxismo y publica en 1941 La revolución de los técnicos, también traducida como La revolución gerencial, La revolución de los gerentes o La revolución de los directores, que retoma las ideas fundamentales de La burocratización del mundo, sin citarlo en ningún momento. Se sabe que George Orwell leyó a Burnham y rebatió varias de sus posiciones y no se sabe que hiciera lo propio con Rizzi o Ciliga, pese a lo cual es difícil leer sus respectivas obras sin pensar en 1984 y en Rebelión en la granja.
En 1940, Trotskiy es asesinado, el stalinismo ya ha hecho sus peores estragos en España y en la URSS y la segunda guerra mundial se encargará de reorganizar el mundo en dos polos: liberalismo estadounidense o leninismo soviético.
La tercera vía en el nuevo orden mundial
La visibilización de un imperialismo soviético en su área de influencia, la emergencia de nuevos regímenes leninistas a consecuencia de él y de la lucha de los partidos de la Komintern en 1941-45, el progreso de la industrialización internacional, pese a todo, las tensiones coloniales y postcoloniales (raciales)… casi todo animaba a nuevos análisis. El trotskismo se va quedando progresivamente pequeño y, así, se separan de él autores como el sinólogo húngaro-francés István (o Étienne) Balázs, que publica en 1947 Qui succédera au capitalisme? o figuras como Cornelius Castoriadis o Claude Lefort, en torno a los cuales surge en Francia la revista Socialismo o barbarie, que aglutinará este nuevo marxismo humanista.
Entre medias (1946), Pannekoek publica Los consejos obreros, posiblemente la obra más contundente, pese a su brevedad, en cuanto a marxismo no dirigista. El astrónomo defiende las asambleas de trabajadores coordinadas en consejos o soviets como poder proletario emergente opuesto al Estado burgués y su capacidad para generalizarse hasta abarcar toda la sociedad (un poder que se vuelve absoluto, una dictadura, pero dictadura que, al completarse, hace desaparecer al estado), de modo que la dictadura del proletariado no es una dictadura transitoria de una camarilla que aspira al comunismo, sino una condición que aboliría la sociedad de clases al organizar a toda la clase trabajadora y obligar a la burguesía a integrarse como personas y desaparecer como clase o intentar una guerra en vano.
A la vez, la Internacional Trotskista o IV Internacional, ya sin su principal líder y con cada vez menos que perder, se permite, ya bajo el liderazgo de personas como Natalia Sedova-Trotskiy, girar a la izquierda y acercarse a este tipo de posiciones. La invasión de Hungría (1956), como después la de Checoslovaquia (1968), no harán más que reafirmar, cada vez más a la desesperada, esta necesidad de un comunismo humanista y, en última instancia, libertario: el profesor francés Henri Lefebvre (coautor en 1958 de El romanticismo revolucionario) influye a, y confluye con, la constelación de grupos (COBRA, Internacional Letrista) de donde saldrá la Internacional Situacionista; exiliados españoles vinculados al POUM como Pelai Pagès (Víctor Alba), Albert Masó (Vega) o el mexicano-español Manuel Fernández-Grandizo Martínez (Grandizo Munis) consiguen mantener el debate en esta difusa corriente internacional y la agitación intelectual llegará a concretarse en proyectos como el fugaz Fomento Obrero Revolucionario (Munis y Péret, entre otras) y su boletín Alarma o la llamada Tendencia Johnson-Forest en EEUU. Esta última, en torno a C. L. R. James (J. R. Johnson) y Raya Dunayevskaya (Freddie Forest), antes vinculadas a la corriente de James Burnham y Max Schachtman, publica Correspondence y News and Letters («Noticias y cartas»).
También entre estadounidenses, británicos, sudafricanos –a menudo, exiliados– y alemanes del oeste se configura una corriente donde conviven promiscuamente consejistas, socialdemócratas de izquierda, trotskistas (Murray Bookchin, en aquel entonces) y otros buscadores de esa tercera vía en el llamado MDC Movement for a Democracy of Content (Movimiento para una Democracia de/con Contenido), que tiene sus publicaciones en inglés y en alemán, Contemporary Issues y Dinge der Zeit, respectivamente. Esta corriente, de todos modos, tendrá puntos débiles como tender a evitar elementos de análisis típicamente marxistas como la lucha de clases, pero también aspectos notables en su época como haber logrado participar en, y alimentar, campañas como el boicot a los autobuses de Alexandra (Sudáfrica) en 1957 o preparar debates como el del consumismo y la escasez por venir.

Una nueva generación y nuevas latitudes
Hemos mencionado las luchas coloniales y postcoloniales y encontramos algún ejemplo en la guerra de Argelia (1954-62). Daniel Guérin, a quien ya hemos mencionado, y que ya había sido un valedor del papel que podía jugar la minoría afrodescendiente en EEUU, está entre quienes apoyan la causa independentista argelina. Esta, pese a estar dominada por una formación profundamente jacobina como era el Frente de Liberación Nacional, quizá por plantearse como una estructura más independentista que leninista, se muestra más abierta a la autogestión obrera en las fábricas y da varias figuras heterodoxas: el ala izquierda estrictamente argelina y el tunecino Al-‘Afif Al-Ajdar. Es en esta época cuando Guérin se va convenciendo del poder de la autogestión y el poder colectivo que le llevará a hablar abiertamente de marxismo libertario (Pour un marxisme libertaire, 1969) y a reivindicar a los referentes clásicos del anarquismo (Ni dios, ni amo, traducido en 1977).  Y es también cuando se configura un ala izquierda del nuevo estado argelino y sus organizaciones de masas en torno, sobre todo, a Hocine Zahouane, sindicalista muy partidario de la autogestión frente a la burocracia estatal, Mohammed Harbi y Bashir Hadj Ali. Este núcleo, en la etapa 1962-65, tenía voz, presencia y hasta algún cargo públicos en el nuevo régimen y contacto directo con el jefe de estado Ahmed Ben Bella –cosa que les valdría alguna burla de la Internacional Situacionista, al compararlo con su capacidad de extender la autogestión y no sólo «cantar» sobre ella–, pero todo eso se acabaría con el golpe de Boumédiène en 1965. A partir de ahí, el pequeñísimo sector autogestionado de la economía sería estatalizado junto con gran parte del privado y la izquierda argelina pasaría de librar un pulso con el ejército a ser abiertamente perseguida, detenciones y torturas incluidas. Pese a intentar luchar mediante una Organización de Resistencia Popular, serán barridos por la represión y el exilio consecuente.
El internacionalista Al-Ajdar es aún más interesante puesto que, después de participar en el FLN argelino y en el aparato de formación del Frente Democrático para la Liberación de Palestina (a principios de la década de 1970), reaparece en el convulso Beirut de 1975-1990 en la organización de asambleas y consejos populares y como autor del libro Sultat al-majalis («El poder de los consejos»). Autor de una nueva traducción del Manifiesto Comunista, Al-Ajdar fue, que sepamos, el principal exponente del consejismo en el mundo árabe antes de pasarse, en la vejez, a un vago laicismo que le llevaría a hacer frente común con el régimen de Ben Alí y las potencias occidentales.
Sin ir a coordenadas tan lejanas, en el País Vasco se da un fenómeno peculiar. Un grupo de jóvenes universitarios cercanos al Partido Nacionalista Vasco y, sobre todo a EGI, su organización juvenil, más familiarizados, por lo tanto, con el liberalismo ilustrado y el socialcristianismo que con el marxismo, defienden, contra la dictadura militar, la democracia política, contra los asimilacionismos español y francés, la democracia cultural y, contra la explotación capitalista y leninista, la democracia económica como tercera vía. Se trata del grupo que primero edita la revista Ekin («Acción») y en 1959 funda el movimiento Euskadi Ta Askatasuna o ETA. No está de más decir que, si bien la fascinación por Cuba, Argelia y Vietnam y sus respectivas evoluciones hace que algunos de sus líderes impriman a las primeras ETAs una clara influencia leninista (especialmente los hermanos Etxebarrieta), existe cierto contrapeso a causa de esos orígenes liberales y de la influencia de personajes como el anarcosindicalista Félix Likiniano (sin cargo formal, no obstante) y, sobre todo, con el asesoramiento formal del ideólogo Federico Krutwig, influyente en el decenio 1965-1975 y partidario de un marxismo heterodoxo.
Algunas de sus personas cercanas (Marc Légasse) o miembros (Mikel Orrantia, alias Tar, o el ex-dirigente Emilio López Adán, Beltza) acabarán reivindicando parcial o totalmente el anarquismo; en el caso de Orrantia, participará en la creación de la revista Askatasuna («Libertad», 1971-1980), que, en un difícil equilibrio anarcoindependentista, participará en la reconstrucción de la CNT (1976), de la que será expulsada tras apoyar la «alternativa táctica KAS» (1978).
En Yugoslavia, dentro del oficialista KPJ, será la generación que se unió para hacer la guerra contra el ocupante nazi o en la postguerra la que dará un grupo de intelectuales (Mihailo Marković, Rudi Supek, Milan Kangrga o Gajo Petrović) que, en contacto con los debates occidentales, cuestionará el leninismo desde dentro. Si bien se mantienen en la línea de su partido en la época inmediatamente posterior a la ruptura del titismo con la Komintern (1948), con la apertura posterior vendrán los problemas.
Ya antes de ese grupo, un personaje de mucho mayor peso institucional, Milovan Djilas, había afirmado que Yugoslavia era un estado totalitario con una burocracia minoritaria gobernante y una clase mayoritaria gobernada en su libro La nueva clase (1957). De forma menos conflictiva, el mencionado grupo de intelectuales empieza en 1964 una búsqueda de un marxismo sin hipotecas políticas, capaz de analizar sin necesidad de justificar o invalidar a nadie y en contacto con autores de otros países –especialmente digno de señalar es el ya mencionado Erich Fromm–. Pese a las tensiones que eso suscitaría con la dirigencia del partido, sacarán la revista Praxis, con prohibiciones puntuales, y la universidad de verano de Korčula hasta 1975 en que la publicación sería clausurada y se pondría fin a la actividad del grupo en el país. Praxis, como grupo, seguiría hablando a través de sus contactos en el extranjero y, de hecho, publicaría una nueva revista, Praxis International, de 1981 a 1991.
El mítico 1968 y, en general, la agitación de los países industrializados en esos años parece confirmar los análisis –por lo demás, poco conocidos– de tantos marxistas rebeldes: ni el estado del bienestar en occidente ni la eliminación de la burguesía en el oriente leninista bastan para acabar con la lucha de clases. Una nueva generación con pocos hábitos activistas y atomizada por una sociedad donde escasean las organizaciones de clase protagoniza un proceso muy capaz de crear situaciones (movilizaciones concretas, algaradas, atentados) con visibilidad mediática y de teorizarlas, pero muy poco capaz de transformar todo esto en estructuras estables, ya sean formales o informales.
Esta nueva generación escucha a las anteriores, pero no será en absoluto capaz de ir más allá de ellas, más bien al contrario. Con todo, dejará al menos toda una serie de grupos autónomos donde, bajo principios libertarios (acción directa, autogestión, asamblearismo) conviven activistas de formación anarquista con otros de formación marxista, unidas en torno a prácticas comunes, en lugar de enfrentarse por los debates de la AIT o por anticipar debates de un futuro que quizá no vivan para ver.
Los más conocidos de ellos son los grupos armados, por lo osado y mediático de sus acciones y el pulso (anti)represivo consecuente, si bien no son en absoluto los únicos ni son separables de las acciones no armadas. En Francia –cuya mezcolanza de activistas autóctonos con refugiados españoles ya hemos mencionado–, este espectro político dará tanto el grupo en torno a la librería La vieille taupe («El viejo topo») de Pierre Guillaume, Jacques Baynac y Gilles Dauvé (alias Jean Barrot) como el 1000 o MIL donde se unen, en torno a Oriol Solé Sugranyes –que viene del maoísmo– un grupo de Toulouse con formación anarquista y sed de acción (Vive la Commune!) y parte del incipiente movimiento autónomo barcelonés (¿Qué hacer?, Nuestra clase, Grupos Obreros Autónomos), de formación marxista por aplastante mayoría y, evidentemente, clandestino. En aquel momento en que las Comisiones Obreras son una propuesta y no una organización, mucho menos una organización vertical, estas personas aspiran a convertirlos en el equivalente de los soviets de la Rusia revolucionaria y es por ello que intentan una teorización desde la práctica que les lleva a traducir o retraducir a Pannekoek, Ciliga, Balázs y otras. Pese a ser más conocido por sus atracos, el MIL no se entiende sin esta corriente más orientada a la formación y la autoorganización (que recibe parte del botín de dichas expropiaciones, claro), como ocurrirá con aquel sector que intenta seguir con la agitación armada después de 1973: los GAC y la llamada OLlA (nombre de origen policial) en la región española, los GAI-GARI en la francesa.
Surgirán también en distintos países grupos que cambiarían rápidamente de nombre y otros más informales, sin nombre, generalmente en las décadas de 1970 y 1980. En el caso de Francia, de nuevo, nos encontramos con que el más conocido (Action Directe) lo fue por sus acciones armadas en 1979-1981 y 1982-1987, pero no es menos cierto que entre la amnistía de 1981 y su nuevo enfrentamiento abierto en 1982, la llamada rama parisina (Rouillan, Ménigon, Aubron, etc.) participó públicamente en el movimiento okupa, las luchas de los refugiados turcos, libaneses, etc.
No está clara la continuidad entre estos grupos de la diáspora hispano-francesa y los que actuaron a partir de 1977 en Barcelona, Madrid, Valencia o Valladolid, al calor de las luchas obreras, vecinales y estudiantiles, pero sí se ve la continuidad entre el independentismo revolucionario vasco y el movimiento autónomo que surge a su izquierda (sus expresiones más conocidas, que no únicas, serían LAIA-ez, el sector del partido LAIA que se negó a integrarse en la Koordinadora Abertzale Sozialista y los Comandos Autónomos Anticapitalistas), a veces respetado, a menudo despreciado o difamado desde aquel.
También surgieron grupos autónomos en Italia (en todo el llamado «movimentismo» convivían leninistas, consejistas, anarquistas, etc., a veces en los mismos grupos, a veces en grupos separados) y en la Europa germanohablante, donde el más conocido sería el alemán Movimiento 2 de Junio. No obstante, en ese difuso tronco movimentista también existieron al menos el grupo antifascista Spartakus en Austria y el colectivo Hydra en la suiza germanohablante, ansiosas de buscar alternativas a la integración en el sistema, la evasión mediante la intoxicación o el enfrentamiento bélico de la RAF y demás. Si bien no podemos hablar de un grupo con una orientación política clara, lo seguro es que algunos de los integrantes de estos grupos, también inspirados por la Comuna Libre de Contadour del escritor Jean Giono, emigrarían a la Provenza francesa, donde fundarían la comuna Longo Maï, que subsiste después de más de cuarenta años y ha dado lugar a una red cooperativa que llega a otros países.

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