jueves, 18 de agosto de 2016

Donde hay mujeres no mueren mujeres. Una mirada feminista a la Nicaragua ‘cristiana, socialista y solidaria’

Valentina Valleon
[Entrevista realizada en el mayo de 2016 en Managua, Nicaragua].
Agencia SubVersiones
16 agosto, 2016
Doña Alma se quedó sola en el comedor porque su ayudante no vino. Me mira mientras intento mover una mesa pesada, para ayudarla como puedo. «Donde hay mujeres no mueren mujeres» murmura, y sonríe. En la Nicaragua de Daniel Ortega, donde el poder de la primera dama Rosario Murillo es prácticamente absoluto, la figura de la mujer no es ausente, al contrario, ha tenido y tiene un papel relevante en la creación de esta «segunda etapa del socialismo». Sin embargo, a pesar de que haya mujeres en los cargos decisivos; el machismo, la discriminación y la violencia de género no han desaparecido. Y, contrariamente al refrán de doña Alma, mujeres sí hay, pero las mujeres siguen muriendo.
María Teresa Blandón, originaria de una zona rural en el norte de Nicaragua y ex guerrillera en la revolución sandinista, es hoy una de las voces más críticas del feminismo nicaragüense. La encontramos en las instalaciones del Programa feminista la corriente, una red feminista que desde 1994 es una referencia en Centroamérica para los estudios de la teoría feminista, investigación, formación de líderes y alianzas en defensa y promoción de los derechos de las mujeres y la igualdad de género. Blandón nos concede una larga entrevista que acá reportamos casi integralmente.
Empezamos hablando de la que se podría denominar «la nueva estética del Frente», una especie de renovación ideológica y visiva que distingue la segunda etapa del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), digamos, a partir de la derrota electoral del 2001, y que Blandón interpreta como «el resultado de un análisis detallado de la sociedad, muy oportunamente utilizado para específicas finalidades políticas».
Los nuevos símbolos son expresión de un sincretismo largamente larvado en el Frente. Los anteriores correspondían a otra época, a otro discurso y a otro propósito, a un momento de la historia en lo que había que exacerbar el relato del guerrillero heroico, del hombre —deliberadamente digo hombre— bueno, noble, comprometido, dispuesto a dar todo por la patria. Es decir, los símbolos anteriores correspondían al relato de un guerrillero heroico que debía de ser admirado porque estaba dispuesto a morir por la patria y por los ideales de justicia.
Blandón recuerda una época «asociada a la guerra, a la muerte, al sufrimiento, al individuo que abandonaba su familia para construir una familia revolucionaria trascendente». Una época que ya no existe, suplantada por una supuesta democracia pacificada y pacificadora, por una época de consumismo que disfraza de político lo que es meramente económico.
Esta nueva propuesta política del Frente se fue gestando desde la derrota electoral de 1990. En tiempos de neoliberalismo, de consumo, cuando la gente quiere olvidar la guerra, los muertos, las heridas que causó la guerra, cuando quiere de alguna manera dejar en paz el duelo, este Frente, que ha perdido 3 elecciones consecutivas, la del 1990, del 1997 y del 2001, necesita construir nuevos símbolos. ¿Para quién? Para el grueso del electorado, que son jóvenes con una historia fragmentada, porque probablemente ni sus propios padres han querido hablar con sus hijos e hijas. Hay algunos que tienen una idea de purismo revolucionario, otros que heredaron un gran resentimiento por lo que significó el fin de esta revolución. Hay muchas historias y relatos, dependiendo de donde estuvieron sus padres, pero son relatos fragmentados, porque en este país no hemos logrado invertir en la recuperación de la memoria histórica. Hay muchas historias pero que no dialogan, son inconexas. Lo que tienen los jóvenes son pedacitos de historia, y este metarrelato está colocado en un lugar donde ya no encaja, donde los mismos padres los han alentado a una búsqueda más individual, para satisfacer las necesidades crecientes en una sociedad de consumo.
Los discursos y los nuevos símbolos del frente apuntan a esto, a aparecer como una alternativa viable para la juventud pero sin este peso de la mística revolucionaria propia de la década de los 70 y 80 y más como una propuesta alegre, lúdica, con algo que apunta a la solidaridad pero desde tareas muy básicas que empalman con una idea religiosa. Ser cristianos, solidarios con los pobres pero sin abandonar sus propios intereses de desarrollo. Lo que antes se podía ver como individualismo, ahora tenemos que hacerlo compatible con el socialismo y los símbolo tienen que ser alegres.
El rojo y negro vienen del sandinismo maduro, eran símbolos muy sólidos pero también muy tremendos, asociados a la lucha guerrillera de América Latina, y se inscriben en una línea que se asocia al dolor, a la muerte, al sufrimiento, al peligro, a la exposición de la vida misma.
Ahora tenemos símbolos alegres, multicolores, con mensajes muy simples y apelaciones muy ambiguas, para hablar con los jóvenes sin cuestionar las creencias conservadoras de los adultos, porque uno de los temas que más afectó al Frente en los 80 es un cuestionamiento permanente a ciertas ideas conservadoras religiosas. De hecho, el primer lema que adopta el «nuevo» Frente es somos ‘cristianos, socialistas y solidarios’. Así, con ‘cristianos’ en primer lugar, y esto marca una diferencia importantísima en los nuevos símbolos y la estética del partido.
Las calles de Managua hablan de estos nuevos símbolos e íconos mejor que cualquier experto. Los referentes ya no son Fidel Castro y el Che Guevara, sino más bien un Hugo Chávez versión esotérica que, como escribe la periodista nicaragüense Sofía Montenegro, «con serpiente emplumada y unos loquísimos y baratos árboles navideños, confirma un mal gusto a prueba de bombas».
A las orillas del lago, el FSLN ha creado el Puerto Salvador Allende, una especie de parque de diversión con restaurantes, bares y discotecas. El ingreso vale 5 córdobas, «para el mantenimiento del parque» explica el policía a la entrada. El complejo es (re)presentado como un enclave de bienestar y despreocupación que parece la materialización de las palabras de Blandón: atractivo para los jóvenes y tranquilizante para los adultos. El muelle Allende, es un lugar donde los managüenses pueden divertirse conforme a los valores de la cristiandad solidaria, un espacio vaciado de cualquier espontaneidad y por ende también de cualquier exceso. En línea con la nueva retórica de paz y seguridad social, este parque busca transmitir protección y cuidado. Al visitarlo, sin embargo, la impresión es de encontrarse frente a un inquietante cerramiento del espacio público, un recinto artificial cercado por rejas metálicas que separan este supuesto oasis de feliz apología sandinista de la yerma explanada circunstante.
Los símbolos son sincréticos porque esta sociedad es sincrética y esto se tiene por alguna creencia religiosa bien conservadora, bastante antigua y que convive con una cierta imaginería donde el tema de los colores, de las piedras, de los tarots también forma parte de una manera de tratar de explicarse el mundo y lo que pasa. Es una mezcla de esto, lo interesante es que no es producto de un debate sino que es auténtico, porque la ideóloga del Frente, por excelencia, es doña Rosario Murillo y ella cree realmente en todos estos elementos (…) Ella es una mujer muy expresiva del sincretismo cultural de la cultura nicaragüense y tradujo esta experiencia personal en una experiencia ideológica y discursiva que ha obtenido finalmente que se replicara en toda la estructura no sólo del partido sino del gobierno.
Al introducir la figura de Rosario Murillo, esposa de Daniel Ortega y coordinadora del Consejo de comunicación y ciudadanía, como autora intelectual de los principales cambios experimentados por el Frente en los últimos años, nos surge espontáneamente preguntar por qué «la Chayo» no ha buscado un acercamiento con las feministas, por qué no ha intentado cooptar el movimiento en su estética y lógica. «Porque no es posible», nos responde Blandón, «porque es muy inteligente y su estrategia es crear un contramovimiento de mujeres que pueda replicar esta lógica del amor, en su idea más tradicional de la unidad de la familia, de la mujer capaz de contener a los hijos, a los hombres, a los compañeros».
Lo intentó. Pero no fue posible y no sólo por mérito de las feministas sino porque el machismo es muy burdo, muy evidente, provoca mucho sufrimiento a las mujeres y este discurso sobre el papel de las mujeres como protectoras y cuidadoras del espacio privado, aunque venga del enfoque religioso, se confronta con experiencias muy terribles, que son las del abuso sexual, de la violencia, del abandono paterno, de la explotación del trabajo de la mujer, del acoso callejero, del acoso laboral y sexual. Es mucho y ya no cae en el vacío, porque en este país circulan ideas feministas, y no han dejado de circular en los últimos 40 años y las feministas no han dejado de denunciar y hay colectivos de mujeres en casi todo lado. Entonces el discurso de reconciliación, de amor y de perdón, choca de un lado con una experiencia cotidiana de discriminación y se confronta del otro con un discurso feminista que denuncia y denuncia los abusos machistas.
Creo que Rosario pensó que iba a ser fácil desplazar a los colectivos feministas pero no lo lograron, ni discursivamente ni realmente. Y recurrieron a todo. Primero recurrieron a amenazarnos con echar presas a las líderes. Recuerdo cuando en el 2006/2007 amenazaron a 9 líderes del movimiento con echarlas presas por haber ayudado a una niña violada a abortar. Esta fue la primera campaña que lanzó el gobierno en contra de las feministas. Luego vino una campaña de desprestigio y persecución abierta en el 2008/2009 y dirigida hacia ciertas organizaciones, a las compañeras del Movimiento Autónomo de Mujeres, a las compañeras de la Red de Mujeres de Matagalpa y del Grupo Venancia. Tuvimos una enorme capacidad de denuncia y movilización, y entonces empezaron con una campaña de bajo perfil de orientar a todas las organizaciones del Frente y las instituciones del Estado a cerrar todas las puertas y posibilidades de cooperación e información a los grupos feministas. Y luego vino la estrategia actual, todavía más silenciosa pero más dirigida, directamente orientada a evitar que las ONG’s y la cooperación al desarrollo apoyen financieramente a las organizaciones de mujeres.
Han probado de todo, y nos han hecho la vida difícil, impedirnos realizar marchas como la del 8 de marzo que en los últimos tres años se ha convertido en una constante, y es una disputa permanente. Rosario sabe que en el movimiento feminista hay un liderazgo muy duro y fuerte, muy desencantado del Frente y sabe que hay una herida imposible de resolver, que es la denuncia de Zoilamérica contra Daniel Ortega[1] y sabe que las feministas, después de esta denuncia, nunca más íbamos a negociar con la dirigencia del Frente. Es una herida vieja y profunda y que no tiene resolución. Las feministas denunciamos públicamente a Daniel Ortega por abuso sexual y a ella por ser cómplice. Hay como una especie de guerra abierta que hace que seamos hostilizadas, más que perseguidas, yo utilizaría esta palabra. No hay ninguna feminista presa, amenazada de muerte, asesinada por ser tal, pero hay una enorme hostilidad de la estructura de gobierno y de la estructura partidaria hacia las feministas.
[1] Zoilamérica Narváez Murillo es hija de Jorge Narváez y Rosario Murillo, actual esposa de Daniel Ortega. En marzo de 1998 la hijastra del actual presidente, entonces diputado ante la Asamblea Nacional de Nicaragua, denunció en la prensa nicaragüense que éste le había infligido abusos sexuales y diversas agresiones físicas y psicológicas desde los 11 años de edad hasta la fecha de la denuncia. Ortega solicitó ante el Juzgado I de Distrito del Crimen el rechazo de la querella, alegando que gozaba del privilegio de inmunidad por el artículo 139 de la Constitución Política de Nicaragua y que los delitos imputados supuestamente habían ocurrido entre 1978 y 1982, por lo cual a la fecha de la denuncia quedarían prescritos. En este proceso, que efectivamente se acabó con la prescripción pedida por Ortega, el movimiento feminista acompañó y apoyó la denuncia de Zoilamérica, condenando no sólo a Ortega sino también su esposa por omisión y encubrimiento del delito, originando la insanable ruptura de la cual habla Blandón.
Así llegamos al tema de la denuncia del machismo y de los feminicidios, que constituyen una plaga en todo Centroamérica y a los cuales todavía no se da la debida atención. « ¿Se habla de feminicidios en Nicaragua?», preguntamos.
Sí, de femicidios, el término que se utiliza aquí es femicidio (…) Cada año, entre 70 y 90 mujeres son asesinadas en un país de 6 mil de habitantes, es una barbaridad. Y la tendencia va en creciendo. Ahora tenemos 30 en lo que va del año, la mayor parte ocurre en el marco de relación de pareja o de noviazgo. Hace poco, en un barrio de Managua, un muchacho de 14 años asesinó a una niña de 12 por celos. Eran noviecitos, le dijeron que ella andaba con otro y la mató. Son hechos que están en directa conexión con la natura machista en sus excesos. En este país, el acoso callejero, la violencia física y psicológica, intrafamiliar, el abuso sexual, son muy fuertes. Y lo resienten todas las mujeres, nacionales y no nacionales, todas las mujeres sienten que tan difícil es caminar por las calles de este país.
El escenario que Blandón presenta confirma que, como en todo el mundo, también en la Nicaragua ‘cristiana, socialista y solidaria’ el binomio amor romántico-opresión patriarcal sigue apestando toda relación de pareja —y de género.
La verdad es que en esto del amor estamos jodidos, hombres y mujeres. Nosotras trabajamos con hombres y mujeres con temas que tienen que ver con derechos sexuales y reproductivos y uno de estos temas es el amor. De un amor ideal-irreal-opresivo, construido en clave sexista, para la falacia de la eternidad, de la fidelidad, de la entrega total y por supuesto que las mujeres somos las que salimos perdiendo porque somos las más empalagosas en la reproducción de este relato que se nos hace del amor como sinónimo de plenitud. De ahí porque las mujeres estamos más comprometidas que los hombres, por eso esta relación entre amor romántico y violencia; y nos cuesta a las mujeres desaprender este relato empalagoso del amor romántico, esta necesidad de amar a un hombre y ser amada. Así como decía Kate Millet, «el amor es como el opio de las mujeres». Esto está pasando con el amor romántico. Y extrañamente una pensaría que ahora que hay esta supuesta libertad sexual esta ideología conservadora del amor romántico estaría cambiando, pero no. Estamos, por un lado, con una ideológica antigua-opresiva-malintencionada del amor como principal fuente de realización de la mujer y como el estado más maravilloso del mundo y, por el otro lado, con la exigencia en el orden de la sexualidad del deseo, del hedonismo. Pero esa otra demanda no está generalizada y tiene un tufo de clase: no es a las mujeres pobres, ni a las mujeres negras ni a las mujeres indias que se les está proponiendo esto. Se les está proponiendo sexo sin amor, libertades eróticas, a las mujeres de clase media y con cierta capacidad de consumo.
Así Blandón, junto a la destrucción del amor romántico, plantea la reconstrucción de un amor libre de vínculos patriarcales para todas las mujeres y no exclusivo para algunas.
La solidaridad entre las mujeres desaparece por otras razones, por el consumo, por la ideología neoliberal, por fomentar la rivalidad entre nosotras, y no en relación a un hombre porque este hombre no es de nadie, y la fidelidad es un mandado completamente conservador, nadie le quita nada a nadie, ¿por qué se tiene que hacer tanto drama? Más bien, enseñémosle a esta mujer que si su hombre ya no la quiere porque ya no le atrae o sea cual sea la razón, que a lo largo de su vida puede disfrutar de muchísimos amores, y que una decepción no le va quitar su capacidad de disfrute. Se sentirá molesta, abandonada, como todas nos hemos sentido cuando nos han rechazado, pero no vamos a morir de desamor, ni de amor. Hay que ser realistas, yo no le puedo decir a una mujer que sea solidaria conmigo porque no sufra, yo tengo que ser capaz de enfrentar que puedo dejar de desear a un hombre —si hablamos de una relación heterosexual— y que puedo dejar de ser deseada, tenemos que enseñar a las chavalas que el deseo es efímero, y que el amor tiene muchos peripuestos. Esto nos ayuda a ser más libres, a desmontar la falacia del amor romántico. Demasiado tiempo perdemos las mujeres, tiempo valiosísimo que tendríamos que estar ocupando para crear, para luchar, para pelear, para pensar. Demasiado tiempo le invertimos las mujeres a los vínculos amorosos con los hombres, particularmente. Yo por lo menos en esto trabajo: Ok, le dolió esta ruptura, pero aprenda a recuperarse y no se sienta amargada, aprenda a reconocer su cuerpo y ayude su cuerpo a que potencie su capacidad amatoria y orgásmica, y si las dos cosas van juntas pues genial, pero si no van, no van.
« ¿Y qué tan difícil es que este discurso sea aceptado y se replique en este país?» preguntamos, ya casi cerrando la plática.
¿Difícil?, ¡horrible! Necesitamos preparar a las mujeres jóvenes para que ensayen cuantas veces sea necesario, sin que se sientan malas, indignas, para que se sientan cómodas en su capacidad de ensayar y de levantarse después de una decepción. En el programa de radio decimos esto a cada rato, desde hace tres años. Es la radio de la Universidad Centroamericana de los jesuitas, nosotras pagamos el espacio y jamás nos han molestado, y hemos hablado absolutamente de todo, de homosexualidad, de transgénero, de orgasmo, de aborto, de los amores y desamores. Somos conscientes de que duele, de que nos ilusionamos, de que el amor romántico tiene una parte empalagosa maravillosa pero decimos que hay que tener un ojito crítico y no dejar que esto nos coma vivas, y dedicarles menos tiempos a los hombres. Que no nos veamos forzadas a tener sexo cuando no queremos, que las chicas no se sientan presionadas, no se dejen por moda si no se sienten cómodas. Que no se dejen arrastrar por las presiones de su grupo porque ahí, en general, los que tienen la pauta son los hombres. Ni por la moralina del amor romántico ni por la modas de arreglo sin compromisos. Y por eso hacemos ciclos de formación con jóvenes en derechos sexuales, reproductivos y violencia. Es un encuentro al mes por seis meses, y cada encuentro es de 2 días, y procuramos que sean grupos diversos, afro, mestizos, de la costa pacífica, del caribe, hetero y homosexuales, lesbianas… en fin, quien quiera sumarse. Y también hacemos campañas, sacamos una guía ‘de los buenos amores’ que ha tenido un éxito rotundo, con mensajes por radio, rótulos de carretera y traseras de buses. Hemos tenido alrededor de 40 presentaciones con jóvenes a nivel nacional, les ha encantado. Y aunque no podamos estar siempre en campaña, porque es un desgaste, sobre todo económico, nunca paramos de trabajar, es un esfuerzo de todas y todos, un trabajo continuo, un esfuerzo constante. Esto es lo que hacemos.
Ya, esto es lo que hacen. Es mucho, pero todavía no es suficiente. Por mucho que avance, el movimiento feminista, al igual que el movimiento campesino en la zona canalera —de lo cual hablaremos en otro texto—, no constituyen suficiente fuerza para cambiar la realidad de Nicaragua. El que se asoma a las elecciones presidenciales del próximo noviembre bajo el lema de ‘República cristiana socialista y solidaria’ es un país aún marcado por diferencias estructurales tajantes, por un desmedido poder de los líderes Daniel Ortega y Rosario Murillo y por un machismo burdo y peligroso. Sin embargo, si el camino para el cambio es largo, no hace falta quien se comprometa a recorrerlo y no es casual que las figuras más activas de esta lucha sean mujeres. En los últimos eventos del sureste mexicano los y las zapatistas lo estuvieron recordando continuamente: «si no hay mujeres no hay revolución».

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