domingo, 12 de junio de 2016

MARIO BENEDETTI Y DANIEL VIGLIETTI: CONCIERTO RECITAL A DOS VOCES (octubre de 2002)

UAFG TALLER DE IMAGEN
Publicado el 23 de noviembre de 2012
Concierto-recital ofrecido en octubre de 2002 por Mario Benedetti y Daniel Viglietti en el cine La Esperanza de San Vicente del Raspeig (Alicante). Organizado por el Vicerrectorado de Extensión Universitaria de la Universidad de Alicante, el Centro de Estudios Iberoamericanos Mario Benedetti y el patrocinio del Club Información.
CANCIÓN NUEVA
(Daniel Viglietti)
Cómo me cuesta afinar la guitarra,
organizar las seis cuerdas unidas
y de la lucha de sones contrarios
abrir camino cantando a la vida.

Y tanto y tanto que hemos cantado,
y sin embargo poco, poco,
si se piensa el silencio que nos acecha.

Bajo las cuerdas mi cuerpo desnudo,
vestido apenas de amor y preguntas.
No es el sonoro cantor de protestas,
es cuerpo en partes que nunca se juntan.

Y tanto y tanto que hemos llorado,
y sin embargo poco, poco,
si se piensa en los muertos que nos dan vida.

Contra el dolor, el olvido y el miedo
nuestra certeza porfiando en el alma;
quienes compartan la loca esperanza,
brújula o flecha de nuevo hacen falta.

Y tanto y tanto que hemos luchado,
y sin embargo poco, poco,
si se miran los cuerpos que trae el río.

Cuánto me cuesta esta nueva canción,
de la derrota crear primavera
en estas noches de ojos sin sueño,
en estos sueños de noches sin ojos
en que los buitres enormes abusan
de las parciales heridas del pueblo.

Vamos haciendo la nueva canción,
de la derrota crear primavera.

Y tanto y tanto que hemos perdido,
y sin embargo poco, poco,
y sin embargo mucho, mucho,
si se miran los ojos de un hombre digno.

Vamos haciendo la nueva canción,
de la derrota crear primavera.
Vamos haciendo la nueva canción,
crear primavera.

ANACLARA
(Daniel Viglietti)
Con un grafo
ella escribe en las paredes “resistir”,
bufanda rojinegra por la espalda,
minifalda,
Anaclara.

Borra infancia
aprendiendo en bellas artes a crecer,
con pechos de rosales sin espinas,
agua marina,
Anaclara.

Es de agua
cuando el hijo se enamora de la sed
y si el niño le regala una amapola
llora sola,
Anaclara.

Nunca encuentra
porque busca siempre el modo de no hallar,
aunque sabe que lo nuevo se conquista,
anarquista,
Anaclara.

Si la hieren
de tan tierna tiene miedo de morir
y entonces pone espinas en las rosas,
temerosa,
Anaclara.

De mañana
va tejiendo los telares de la duda,
aún desnuda preguntándole al espejo
un consejo,
Anaclara.

Hospitales
que conocen la dulzura de sus manos,
los dolores con mirarla ya se olvidan,
fisiatría,
Anaclara.

Si el camino
Anaoscura siempre claro quieres ver,
nunca dejes,
Anaclara, tu locura compañera,
tu locura de palomas casi halcones,
tus pasiones,
Anaclara.
No tan gotán
(Daniel Viglietti)
En un gotán voy a exprimir
un otro gajo de guitarra.
La naranja sigue ajena y el guardián,
y el guardián nos madrugó.

Con el pulgar quiero marcar
donde está el bien, donde está el mal.
La mordaza bien mordida por el tango,
por el tango que arrancó.

No arrancó la piel del hambre
que es muy dura de pelar.
Después buscó la justicia;
le cortaron el pulgar.

Tango muñón para golpear
la dura puerta nacional,
la de bisagras extranjeras, la de mentiras,
de mentiras bien de veras.

De contragol, de cantegril,
de jubilados de esperar.
La patria dio parte de enferma y marchó presa,
marchó presa al hospital.

Hospital de las mentiras
que quedan sin contestar.
Esta gripe del silencio
viene tirando a matar.

Muertos de sed o de estudiar
allá en la Plaza Libertad.
La lección nueva del liceo,
ésa, ésa que dice ¡nunca más!

Nunca más oiremos tangos
como los del tiempo aquel,
pero hay que seguir cantando
aunque ya no esté Gardel.

Pero hay que seguir cantando...

En un gotán quise exprimir
un otro gajo de guitarra.
La naranja sigue ajena pero el tango,
pero el tango corte y hacha no acabó.

Declaración de amor a Nicaragua
 (Daniel Viglietti)
Aquella mancha libre sobre el cielo,
aquellas nebulosas como hielos
son la pura apariencia del desvelo,
del sueño que despierta en nueva mano,
altura que se sube hacia lo humano
donde la estrella sabe que ese signo
es el sombrero en alto de Sandino.

Debajo del sombrero están dos alas
por un pueblo de pájaros guardadas.
Si hay riesgo da el zanate campanadas
llamando amaneceres que nos tienten.
No sabe el corazón que de repente
no es él, todo cambió, nada es lo mismo.
Es el sombrero en alto de Sandino.

El Amador se me Rugama de ternura,
Masaya como un león y se apresura,
se Guatemala todo y se me Hondura
y sube a una escalera tan laviana
que el sol todo asombrado lo reclama,
le dice “corazón, vení, vení, vení conmigo”.
Es el sombrero en alto de Sandino.

Todo parece casi seco en el planeta, en esta fragua,
y sin embargo mana agua, Mana Agua,
Managua en Nicaragua.
La vergüenza se quita las enaguas
y se desnuda toda, toda, toda, toda revelada.
Diriamba que anda enamorada
de ese volcán humano, tierno como un niño.
Es el sombrero en alto de Sandino.

Es nuestroamericano el compañero,
es nuestra la cabeza y la idea y el sombrero,
son nuestras las fronteras, los aceros
con que hemos de cortar tantos entuertos,
decirle más verdades a lo cierto,
decirle más y más y más verdades a lo cierto,
que el Amador se nos Rugama de tan vivo.
Es el sombrero en alto de Sandino. 
Soledad Barret
 (Daniel Viglietti)
La duda lleva mi mano hasta la guitarra,
mi vida entera no alcanza para creer
que puedan cerrar lo limpio de tu mirada;
no existe tormenta ni nube de sangre
que puedan borrar
tu clara señal.

La soledad de mi mano se da con otras
buscando dejar lo suyo por los demás,
que a mano herida que suelta sus armamentos
hay que enamorarla con la mía o todas
que los van a alzar,
que los van a alzar.

Una cosa aprendí junto a Soledad:
que el llanto hay que empuñarlo, darlo a cantar.

Caliente enero, Recife, silencio ciego,
las cuerdas hasta olvidaron el guaraní,
el que siempre pronunciabas en tus caminos
de muchacha andante, sembrando justicia
donde no la hay,
donde no la hay.

Otra cosa aprendí con Soledad:
que la patria no es un solo lugar.

Cual el libertario abuelo del Paraguay
creciendo buscó su senda, y el Uruguay
no olvida la marca dulce de su pisada
cuando busca el norte, el norte Brasil,
para combatir,
para combatir.

Una tercera cosa nos enseñó:
lo que no logre uno ya lo harán dos.

En algún sitio del viento o de la verdad
está con su sueño entero la Soledad.
No quiere palabras largas ni aniversarios;
su día es el día en que todos digan,
armas en la mano: “patria, rojaijú” (*).

(*) rojaijú: te quiero (guaraní)

Identidad
(Daniel Viglietti)
¿Quién dijo artista?
Yo soy un hombre apenas
que ataca el miedo
en su garganta.

Un malherido
país caminante,
madera y aire,
uno ni héroe ni cobarde.

No el cantor como bandera,
ni más ni menos que un humano,
con el día y la noche aquí en el cuerpo,
contradicción que canta afirmaciones,
que duda siempre si anuncian
la derrota de lo nuevo.

¿Quién dijo grito?
Yo soy palabra tierna,
sobreviviente señal,
un pensamiento.

Otro que sigue
lo que tantos iniciaron,
uno que encontró
la sobrevida.

Y no quiere cantar siempre la muerte,
quiere cantar renacimientos
con los seres humanos en los poros,
contradicción cantarle a la alegría
con sangre en la memoria,
que duda siempre
si anuncian la derrota de lo nuevo.)

Daltónica
 (Daniel Viglietti)
Pulgarcito de poeta
que se escapa y me cosquilla,
tan alegre, tan sin silla,
tan de amores torrenciales,
tan sin fin.

Alegría de una tierra
que se quita las fronteras,
se desnuda las caderas,
las volcánicas centrales
de una luz.

Yo lo vi,
yo lo vi, yo lo vi, yo lo vi.
El año treinta y dos
él no vivía y yo lo vi
contando sus historias
de futuro, iba entre mil.
Yo lo vi, yo lo vi, yo lo vi.

Pobrecitos los poetas,
bendiciones son daltones,
donde hay huesos ven marrones
territorios prometidos
como un sol.

Tan bracito su poesía,
se levanta en los sensuales
laberintos marsupiales
y reparte polen rojo,
se abre en flor.

Yo lo vi,
yo lo vi, yo lo vi, yo lo vi.
Era el año dos mil,
ya él no vivía y yo lo vi.
La muerte equivocada lo llevó
y él anda aquí;
y yo lo vi, yo lo vi, yo lo vi.

Pulgarcito de poeta
que se escapa y me cosquilla,
tan alegre, tan sin silla,
tan de amores torrenciales,
tan sin fin.

Crece armado de esperanza,
desentierra lo perdido,
le hace un hijo de sonido
al silencio de ese pueblo
que es maestro de sus sueños.

Que se escapa y nos cosquilla,
tan sin miedo, tan sin silla,
tan amado, tan armado,
tan de todos, Salvador.