jueves, 30 de junio de 2016

ARGENTINA: LOS DOS ROSTROS DE BARILOCHE, DOS MUNDOS CONTRAPUESTOS.

Por Claudia Rafael  
Fuente: (APe).- Pelota de trapo
Red latina sin fronteras
Cuatro chapas sostenidas por palos y amarradas por trozos de madera con dudosos clavos oxidados constituyen la casita. Un nylon negro juega a frenar el ngen-kürëf, el espíritu del viento, en una faena imposible. Alrededor, la nieve se alza como paisaje de privilegio para los ojos que buscan la Suiza argentina. La que, décadas atrás, instalaron como mito turístico y por la que ajetrean sus ritmos los grupos inmobiliarios a escasos veinte días del inicio de la temporada. Chicos y grandes con livianas camperas hipercalóricas se zambullirán en las pistas de sky y congelarán el momento en imágenes de felicidad. Son las dos caras de Bariloche. Las antípodas de dos mundos contrapuestos.
La historia misma de Bariloche está forjada al pulso de las ocupaciones. Las de los pobres y las de los grandes terratenientes. Tienen distinto precio. Y los ojos sobre unas y otras son oteadas con cristales diferentes.
Los terrenos en el fondo de la calle Soldado Olavarría, del barrio Malvinas, tienen duros yuyos y arbustos mechados con piedras ásperas de rigidez hosca. “Padece frío y goteras, pero cada vez que lleva un palo para arreglar algo, llega la Policía y se lo saca”, dijo la abogada Marina Schifrin a ANBariloche. Habla de una joven embarazada que fue sobreseída en una causa judicial por “ocupación ilegal” pero en la que los jueces dictaminaron una “orden de no innovar”. Schifrin advirtió que “en muchos lugares de la ciudad hay tomas, pero cuando son en el Alto se les dice ocupaciones, sino, no”. Hay vida urgente en ese arrabal azul que llegará con las marcas de la desigualdad en la frente a un mundo que no lo espera con cohetes y serpentinas.
“Las ocupaciones son la única posibilidad de acceder a la tierra en esto que llaman la Suiza argentina pero que de Suiza, tiene muy poco”, contó Cristian Sartori, desde la Asociación Civil Encuentro, a APe. “Cuando yo ocupé un terreno, en 2007, el 60 por ciento estaba ocupado. A partir del 2010 hubo un nuevo golpe de ocupaciones y en los últimos meses volvieron a ser más visibles. Cuando aparece algún dueño que reclama, la policía aprovecha y va al choque. Pero entre medio se van dando movidas inmobiliarias que se dividen formalmente entre las de la legalidad y las paralelas”.
La ciudad de los dos rostros
Ciento catorce años atrás el Ejecutivo de la Nación daba por fundada oficialmente la ciudad. Más de dos décadas antes, al mando del General Conrado Villegas, las campañas de extermino de Julio Argentino Roca barrían del mundo a los pueblos antiguos. Limpiaban a sangre y espanto las huellas de la sabiduría mapuche para forjar un nuevo sujeto: blanco, ideal, europeo. Para edificar la meca de las postales. La de la imagen de rostros pálidos anclados en una escenografía suiza por imposición. Parían lo que tercamente se instauraría como la ciudad de los dos rostros.
“En estos días, a veinte del inicio de la temporada, se palpa claramente el contraste: una parte piensa únicamente en la temporada. La otra, es la realidad tangible de los que trabajan por poca plata, en condiciones insalubres, para todo el armado. Los turistas llegan a conocer la Suiza argentina. A ver el ‘centro cívico’ y ‘los kilómetros’, que son las zonas privilegiadas. Pero cada vez hay menos distancia entre el centro y El Alto, allí donde el frío es intenso y hostil, donde viven las familias sin calefacción, sin comida”, relató Cristian.
Sobre la ruta 258, camino a El Bolsón, día tras día, se ve a las familias que revuelven entre la basura que descarta la Bariloche pudiente para poder comer. “Antes era un predio abierto el del basural. Ahora está cercado pero hay gente que está desesperada y pasa igual”.
Año tras año se instalan más y más familias llegadas desde los pequeños pueblos de la ruta de la Línea Sur, que une Bariloche y Las Grutas. Familias que buscan un sueño. Que –relató Cristian Sartori- “vienen a Bariloche para progresar. Y que después se encuentran con que no hay casa. No hay trabajo. No hay techo. No hay sueño”.
Las cuatro chapas sobre la calle Soldado Olavarría son la apuesta a la vida que suelen derribar sin miramientos los policías de la provincia. A veces con orden judicial. Otras, a puro prepo. Víctimas del desprecio y la expropiación identitaria.
El rostro de la miseria
Llegan los turistas cada temporada. Llegan los ocupas de tierras en El Alto todo el tiempo. Buscando un techo propio en una tierra desde la que pelearle a la vida.
El techo, como se llamaba aquel viejo film de Vittorio De Sica de los años cincuenta que pincelaba el padecimiento de Luisa y Natale. El, peón de albañil napolitano que había migrado como tantos de la Italia pobre del sur a las colinas de Roma. Ella, doméstica que había heredado el trabajo de una parienta levemente menos pobre. La meta era ocupar un terreno y alzar en una noche una casucha de dos por tres que, a la mañana, indefectiblemente debía tener el techo colocado para que –por ley de la Italia de la época- la policía no la volteara. Luisa y Natale, después de innumerables intentos, con ella con una vida por nacer, lo lograron con el trabajo colectivo y solidario de otros diez albañiles.
Desde El Alto asoman los rostros oscuros, despojados. Los cuerpos gastados. Las vidas etéreas. Aquellas que los brazos que demarcan los límites, deciden que quedarán al otro lado del mundo, arrinconadas en la invisibilidad más oscura y lejana. Como el bebé que nacerá un día de estos. En el barrio Malvinas. En las tierras tomadas. Sin las luces multicolores ni orquestas con música de Vivaldi festejando la bienvenida. Como los pibes que desde las alturas irrumpen cada tanto. A veces sobreviven. Otras, como Diego Bonefoi o Sergio Cárdenas, que caen bajo las balas que pugnan por frenar su llegada al centro cívico de la meca del ensueño nevado.
El rostro de la represión

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