lunes, 23 de mayo de 2016

ARGENTINA: HOMENAJE A LOS 110 TRABAJADORES DE SALUD MENTAL DESAPARECIDOS

 por Juan Carlos Volnovich
Fuente: https://www.topia.com.ar/articulos/homenaje-110-trabajadores-salud-mental-desaparecidos
Red Latina sin fronteras
22 mayo, 2016
El 24 de marzo de 2016 la revista Topía y el PEF (Psicólogos en Frente de los Graduados de psicología de la UBA) realizaron un homenaje en el Parque de la Memoria a los 30.000 desaparecidos por la dictadura cívico-militar recordando a los 110 trabajadores de la Salud Mental desaparecidos. Hablaron Enrique Carpintero, Juan Carlos Volnovich, Nancy Caro Hollander y Héctor Freire.
Transcribimos el texto leído por Juan Carlos Volnovich:
Estamos aquí reunidos para rendir homenaje a los trabajadores de salud mental desaparecidos durante la última dictadura militar. Estamos aquí reunidos para recordar; para recordar lo que no tiene nombre.
El recuerdo: “Una civilización que olvida su pasado está condenada a revivirlo”. Sobre esta afirmación de George Santayana (principios del Siglo XX) se construyó todo un universo de memorias destinadas a innovar allí donde el olvido -o, mejor dicho, el ocultamiento- garantizaba la repetición. Fue así que la Shoa se erigió en el edificio insoslayable, destinataria privilegiada de todas las polémicas acerca de los usos del recuerdo; y la memoria de la dictadura militar argentina, que puso en acción el terrorismo de estado, se entronizó como referente ineludible de nuestro pasado.
La denuncia no se hizo esperar; era evidente: el objetivo de la desaparición forzada como recurso político no quedó reducido a las personas, ni siquiera al conjunto de la sociedad, sino que consistió en aniquilar y hacer desaparecer la representación misma. De modo tal que se imponía salir al cruce del silencio y contribuir a poner en palabras algo de ese horror; vociferar el espanto para poder olvidarlo después; se imponía defender la posibilidad de imaginar lo inimaginable aún a sabiendas que toda representación de esa atrocidad iba a ser inadecuada e incompleta. Se imponía “salvar” los testimonios y las representaciones en su dimensión política porque en esa acción se jugaba la resistencia última a quedar definitivamente arrasados cumpliendo de manera sumisa y cómplice el objetivo último de la dictadura militar: matar la muerte…; el objetivo último de la dictadura militar como antes fue el objetivo último de los campos, el fin de “la solución final” que consistió en cometer un crimen sin resto y sin memoria o, como diría Nancy, “en el espectáculo del aniquilamiento de la representación misma”.
Decía que el objetivo de la desaparición forzada como recurso político no quedó reducido a las personas, ni siquiera al conjunto de la sociedad, sino que consistió en aniquilar y hacer desaparecer la representación misma. Consistió en inocular el terror en el seno de lo propio para que ese terror se trasladara de generación en generación de modo tal que, aunque las causas desparecieran, sus efectos continuaran para garantizar el sometimiento.
El terror, ese mismo terror al que aludió León Rozitchner cuando intervino El Malestar en la Cultura; el terror que le permitió a León acercar respuestas al interrogante mayor que enfrenta al psicoanálisis: ¿cómo se explica que los obreros y los sectores más postergados de la sociedad no se rebelen contra quienes los someten; cómo se explica que los oprimidos voten a sus verdugos?
¿Cuáles son las trampas tendidas en el seno de la propia subjetividad que nos llevan a convalidar aun sin querer un sistema opresor injusto y desigual?
¿Cuál es y cómo funciona esa dialéctica siniestra instalada dentro de nosotros que nos impide rebelarnos contra aquello que nos despoja de los bienes materiales, de los bienes simbólicos y de la vida misma?
¿Por qué los que menos tienen son los que tienen menos posibilidades de oponerse a un sistema que los excluye o los explota pero que no los reconoce?
¿Por qué aquellos que no tienen nada que perder, más que sus cadenas, son los más sumisos y obedientes al proyecto de exterminio?
¿Cómo rescatar el impulso positivo del instinto de muerte volcándolo a los fines de la vida, coaligarlo con ella, para destruir el obstáculo que se opone a su despliegue?
La desaparición forzada de personas instaló el terror, y la indiscriminación de esa práctica estuvo al servicio de generalizarlo. Nadie podía estar seguro: la represión podía recaer sobre el líder de una organización “subversiva” tanto como sobre el “inocente” cuyo nombre aparecía en una agenda. Y los desaparecidos de entonces, los desparecidos por un estado terrorista se continuaron hoy en día con los despedidos por un estado democrático a sabiendas que la exclusión del mercado laboral equivale a la desaparición social. En la actualidad, con los despidos masivos en el Estado y con más de 30.000 despedidos por las empresas, nadie está seguro de poder conservar su trabajo.
Decía que sobre esa afirmación de Santayana –“Una civilización que olvida su pasado está condenada a revivirlo”– se construyó todo un universo de memorias destinadas a innovar allí donde el olvido garantizaba la repetición. Pero el aforismo que hizo virtud del recuerdo, trajo más el recuerdo del horror que el recuerdo del amor. Y así el mal, el mal supremo, (Videla, para el caso) se ubicó como aspirante privilegiado para ocupar el trono de la memoria. Y el olvido que nos amenazaba le cedió lugar a una memoria sesgada y deformada que pasó, así, de ser memoria acusadora a ser memoria acusada.
¡Tanto Videla! ¡Tanto golpe militar! La interminable escritura de la desaparición forzada elevó los sitios de detención y tortura al lugar de honor de eso que ha dado en llamarse la victimología de modo tal que los malos de la historia pasaron a ser los que quedaron mejor posicionados a la hora de aspirar a la inmortalidad. Y los torturados y los masacrados, los exiliados y los veteranos de las guerras, debieron resignarse a ocupar lugares subalternos en la escala jerárquica de la historia.
Universos de memorias acríticas; pasados indiferenciados que coagulan a los “dos demonios” –militares-Montoneros–; memoria hollywoodense de una “historia oficial” buena para un Oscar; memoria que borra la memoria… ese exceso de memoria que hoy nos invade bien podría hacerle lugar –un merecido lugar– a las marcas de su imposibilidad para evitar el destino que pudiera llevarla a no ser otra cosa que una figura del olvido.
Memoria de las víctimas que coinciden con la memoria de los victimarios. Cuando el 9 de Octubre de 1997 Adolfo Scilingo confesó haber participado de los “vuelos de la muerte”, dio una serie de informaciones que ya eran patrimonio de los Organismos de Derechos Humanos. Martín Balza, por entonces Jefe del Ejército, y Scilingo no dijeron nada nuevo; nada que no se supiera ya y con más detalles. No obstante fue la primera vez que los represores confirmaban la versión de las víctimas. El impacto en la opinión pública de las confesiones de Scilingo y el informe de Balza, el efecto de “verdad” de esas confesiones, inspiró en Fernando Ulloa un comentario antológico: “Así que lo que era cierto…era cierto”.
No obstante, los psicoanalistas sabemos muy bien que nada es cierto, que no hay verdades absolutas y que una cosa es el horror y otra muy distinta el relato del horror. Hay algo de inefable en el horror, algo de inaudito que supone el fracaso de cualquier iniciativa destinada a decir la verdad sobre lo sucedido. De modo tal que en el reino de las mentiras debemos situarnos; dominio de mentiras pretenciosas que son pretenciosas por que intentan borrar el horror; porque se construyen con la clara intención de ayudarnos a tolerar la insoportable ausencia de palabras; la intolerable presencia de una verdad sin lenguaje. De modo tal que son mentiras psicoanalíticas: mal que les pese algo de verdad transmiten; igual que en los delirios donde un núcleo de verdad asoma en medio de un montón de disparates.
Si la verdad nunca se entrega del todo, nunca se obtiene plenamente; si la mentira siempre es una mentira a medias y algo de la verdad del inconsciente revela, el par antitético de la verdad no es la mentira. Para el psicoanálisis el par antitético de la verdad y la mentira es el olvido. Y, por olvido, aludo a aquello que cae y queda preso de la represión para hacerse visible solo como síntoma individual y social.
Hay algo de mentira cuando se intenta culpabilizar de la catástrofe actual a la “herencia recibida”, pero hay algo de verdad cuando se culpabiliza a la “herencia recibida”, porque la “herencia recibida” es también la herencia que, como terror vigente, nos dejó la dictadura militar y la dictadura económica que impuso el neoliberalismo.
Dije antes que sobre esa afirmación de Santayana –“Una civilización que olvida su pasado está condenada a revivirlo”– se construyó todo un universo de memorias destinadas a innovar allí donde el olvido garantizaba la repetición. Pero el aforismo que hizo virtud del recuerdo, trajo más el recuerdo del horror que el recuerdo del amor. De modo tal que voy a dedicar los minutos que me quedan para hablar sobre el recuerdo del amor.
Tengo muy presente la lista de los 110 desparecidos. Algunos fueron mis amigos, otros apenas compañeros o conocidos. Pancho Bellagamba, Rosita Mitnik, Juan Carlos Risau, Alberto Pargeament, Beatriz Perosio, Marta Brea, fueron mis amigos. Con muchos de ellos fundamos, antes del Golpe, la Coordinadora de Trabajadores de Salud Mental; éramos jóvenes, estábamos llenos de buenas intenciones; éramos un montón de muchachos y muchachas que soñábamos con un mundo mejor: nos disponíamos a usar nuestra inteligencia, nuestro saber para ayudar a la salud mental de los sectores más desprotegidos de la sociedad y pretendíamos, también, acompañar a los movimientos revolucionarios y demostrar que podíamos ser útiles en el camino para la liberación.
De modo tal que no solo fueron 110 vidas truncadas sino que fue un proyecto que quedó arrasado.
La masa crítica del psicoanálisis argentino que se forjó con los pioneros que enfrentaron a la psiquiatría manicomial hegemónica en la década del 40; que se forjó en el Servicio de Psicopatología del Policlínico de Lanús; con la psicoterapia de grupo y el psicodrama cuando el psicoanálisis individual se postulaba como el único legítimo; con el grupo Plataforma que partió en dos al psicoanálisis mundial; a esa masa crítica, en ese linaje están inscriptos los 110 trabajadores de salud mental desaparecidos. Pero su desaparición no impidió que otros trabajadores de salud mental, desafiando el terror de adentro y el terror de afuera, continuaran esa luminosa resistencia que en plena dictadura militar se plasmó en los equipos asistenciales de los ocho primeros Organismos de Derechos Humanos: Madres de Plaza de Mayo, Familiares de Detenidos Desaparecidos por Razones Políticas, Abuelas de Plaza de Mayo, Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH), Liga Argentina por los Derechos del Hombre (LADH), Servicio de Paz y Justicia (SERPAJ), Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos (MEDH). Todos esos Organismos contaron con equipos asistenciales de salud mental.
El primero fue el Equipo de Asistencia Psicológica de las Madres que comenzó allí por el 79. Y en el 82 se fundó el Movimiento Solidario de Salud Mental ligado a Familiares de Detenidos-desaparecidos por Razones Políticas. De ahí en más, ese campo asistencial y esa producción teórica no han cesado de crecer próximos a los Organismos de Derechos Humanos y también en asociaciones y grupos que, de alguna manera, se convirtieron en el mejor homenaje a los trabajadores de salud mental desaparecidos.
Muchos de nosotros acompañamos o protagonizamos esa historia, lo que quiere decir que hemos aprendido a leer síntomas sociales y a aportar significados a silencios y gritos. A pesar que nuestra historia abunda más en derrotas que en victorias, la razón, la fuerza de justicia y la riqueza de sentido sobrevive en nuestra lastimada conciencia de vencidos y no figura en la historia que los vencedores de este capitalismo tardío escriben cada día para convertir el horror en hazaña y la infamia en gloria.
Hemos sobrevivido al terrorismo de Estado y al terrorismo económico y ahora, más que nunca, estamos dispuestos a enfrentar al Poder y al saber totalitario, haremos lo imposible por respetar las diferencias con el derecho asumido a ser intolerantes con los intolerantes, y con la inclaudicable decisión de no renunciar a la unidad, a la fuerza que da el conjunto.
No hemos llegado al “fin de la historia”. El imperialismo no ha llegado al “fin de la historia” y, por lo tanto, no hay victoria final. Tampoco derrotas pasadas porque, para muchos de nosotros, vencer es solo eso: intentar una y otra vez lo que deseamos. Y todo hace pensar que la catástrofe actual es ahora la huella por donde arrancarán nuestros pasos para intentar, para desear, una vez más.
Seguramente los 110 trabajadores de salud mental desaparecidos no fueron mejores que quienes continuaron manteniendo viva la llama de la esperanza. Seguramente quienes nos reunimos hoy aquí no somos mejores psicoanalistas ni mejores psicólogos que los demás. Tampoco nadie es, sospecho, demasiado diferente a la sociedad que lo parió. El autoritarismo, la tendencia al individualismo, la ineficiencia, la irresponsabilidad frente al sufrimiento de los demás, esos males que caracterizan a los sectores dominantes interesados en justificar y perpetuar la desigualdad y la injusticia, se reflejan también en nosotros. Los trabajadores de salud mental que queremos el cambio –o que al menos nos negamos a ser cómplices de este régimen de oprobio- no estamos vacunados contra la ideología de la opresión. Quizás nuestra salud consista en saber que estamos enfermos, no mucho menos enfermos que el Sistema que nos hizo y que quisiéramos ayudar a deshacer. Quizás nuestra salud consista en confiar sin límite en el poder instituyente que se dispara con indignación frente a este mundo desgraciado; nuestra salud descansa en la convicción de que la Historia no perdonará nuestra cobardía si, compartiendo el mismo interrogante sobre un mismo abismo, no logramos hermanarnos.
Dice un proverbio español: “lo que por sabido se calla, por callado se olvida”.
Si hoy estamos aquí, entonces, es para no callar, para no olvidar.
110 trabajadores de salud mental desaparecidos. ¡Presentes! Ahora y siempre