miércoles, 30 de diciembre de 2015

Comunalidad, entre la necesidad occidental de entenderla y las luchas indígenas por defenderla

Por José Luis Santillán y Nadia Jiménez
12 noviembre, 2015
Agencia SubVersiones
Si el nuevo paradigma es el mercado y la imagen idílica de la modernidad es el mall o el centro comercial, imaginemos entonces una sucesión de estantes llenos de ideas, o mejor aún, una tienda departamental con teorías para cada ocasión. No costará trabajo entonces imaginar al gran capitalista o al gobernante en turno recorriendo los pasillos, sopesando precios y calidades de los distintos pensamientos, y adquiriendo aquellos que se adapten mejor a sus necesidades.
Allá arriba, toda teoría que se respete debe cumplir una doble función: por un lado, desplazar la responsabilidad de un hecho con una argumentación, que no por elaborada es menos ridícula; y, por el otro, ocultar la realidad (es decir, garantizar la impunidad).
Subcomandante Insurgente Marcos
La realización del Congreso Internacional de Comunalidad 2015 «Luchas y estrategias comunitarias: horizontes más allá del capital», celebrado del 26 al 29 de octubre 2015 en las instalaciones de la Benemérita Universidad Autónoma de Puebla, representa un parteaguas en la larga trayectoria del concepto de comunalidad. Sin duda, la puesta en diálogo de unos 200 asistentes que se han dedicado a definir y a veces construir lo «comunitario», cobra relevancia en el contexto neoliberal actual de destrucción sistemática de lo colectivo. La posibilidad de abrir espacios de reflexión, gracias al esfuerzo de quienes se entregaron para la organización, logística y realización del evento, representa un oasis en el desierto capitalista.
Ahora bien, los pueblos originarios (los sujetos de estudio) llevan un largo caminar organizativo donde con palabras sencillas han sido ejemplo de constancia y de acuerdos relevantes en ámbitos locales, regionales, estatales, nacionales e incluso continentales. Desde los primeros foros nacionales indígenas realizados en Matías Romero (Oaxaca) y en Xochimilco (Distrito Federal) a inicios de los noventa, hasta la campaña continental 500 años de Resistencia Indígena, Negra y Popular impulsada en 1992, estos pueblos han ido definiendo su propia visión sobre lo que los constituye como comunidades. Cabe reconsiderar las palabras plasmadas en los Acuerdos de San Andrés Sakamch’en, firmados el 16 de febrero de 1996 entre el gobierno federal mexicano y el Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), así como las declaraciones que fue dejando el Congreso Nacional Indígena (CNI) en sus reuniones sucesivas.
Primera declaración del CNI tras sesionar del 8 al 11 de octubre de 1996
Honramos hoy, como siempre, a quienes nos hicieron pueblos y nos han permitido mantener contra todo y contra todos, nuestra Libre Determinación. Honramos a quienes nos enseñaron a seguir siendo lo que somos y a mantener la esperanza de la libertad. En su nombre hablamos hoy para decir a todos nuestros hermanos y hermanas del país que se construyó en nuestros territorios y se nutrió de nuestras culturas, que venimos a hacer, junto con ellos, una Patria Nueva. Esa patria que nunca ha podido serlo verdaderamente porque quiso existir sin nosotros.
Estamos levantados. Andamos en pie de lucha. Venimos decididos a todo, hasta la muerte. Pero no traemos tambores de guerra sino banderas de paz. Queremos hermanarnos con todos los hombres y mujeres que al reconocernos, reconocen su propia raíz.
No cederemos nuestra autonomía. Al defenderla defenderemos la de todos los barrios, todos los pueblos, todos los grupos y comunidades que quieren también, como nosotros, la libertad de decidir su propio destino, y con ellos haremos el país que no ha podido alcanzar su grandeza. El país que un pequeño grupo voraz sigue hundiendo en la ignominia, la miseria y la violencia.
Honramos hoy, como siempre, a quienes nos hicieron pueblos y nos han permitido mantener contra todo y contra todos, nuestra Libre Determinación. Honramos a quienes nos enseñaron a seguir siendo lo que somos y a mantener la esperanza de la libertad. En su nombre hablamos hoy para decir a todos nuestros hermanos y hermanas del país que se construyó en nuestros territorios y se nutrió de nuestras culturas, que venimos a hacer, junto con ellos, una Patria Nueva. Esa patria que nunca ha podido serlo verdaderamente porque quiso existir sin nosotros.
Estamos levantados. Andamos en pie de lucha. Venimos decididos a todo, hasta la muerte. Pero no traemos tambores de guerra sino banderas de paz. Queremos hermanarnos con todos los hombres y mujeres que al reconocernos, reconocen su propia raíz.
No cederemos nuestra autonomía. Al defenderla defenderemos la de todos los barrios, todos los pueblos, todos los grupos y comunidades que quieren también, como nosotros, la libertad de decidir su propio destino, y con ellos haremos el país que no ha podido alcanzar su grandeza. El país que un pequeño grupo voraz sigue hundiendo en la ignominia, la miseria y la violencia.
Fragmento de la Sexta Declaración de la Selva Lacandona
Entonces, como zapatistas que somos, pensamos que no bastaba con dejar de dialogar con el gobierno, sino que era necesario seguir adelante en la lucha a pesar de esos parásitos haraganes de los políticos. El EZLN decidió entonces el cumplimiento, solo y por su lado (o sea que se dice «unilateral» porque sólo un lado), de los Acuerdos de San Andrés en lo de los derechos y la cultura indígenas. Durante 4 años, desde mediando el 2001 hasta mediando el 2005, nos hemos dedicado a esto, y a otras cosas que ya les vamos a decir.
Según nuestro pensamiento y lo que vemos en nuestro corazón, hemos llegado a un punto en que no podemos ir más allá y, además, es posible que perdamos todo lo que tenemos, si nos quedamos como estamos y no hacemos nada más para avanzar. O sea que llegó la hora de arriesgarse otra vez y dar un paso peligroso pero que vale la pena. Porque tal vez unidos con otros sectores sociales que tienen las mismas carencias que nosotros, será posible conseguir lo que necesitamos y merecemos. Un nuevo paso adelante en la lucha indígena sólo es posible si el indígena se junta con obreros, campesinos, estudiantes, maestros, empleados… o sea los trabajadores de la ciudad y el campo.
A escala continental, destaca el Encuentro de Pueblos Indígenas de América celebrado en octubre de 2007 en Vicam, territorio de la Tribu Yaqui, al cual acudieron autoridades y delegaciones de los pueblos, naciones y tribus: Achumani, Anishnawbe, Lakota Omaha, Dine, Cherokee, Apache, Dakota, Onondaga, Tohono O’Odham, Chiricahua, Gitxsan, Ojibway, Salísh de La Costa, Secwepemc, Cree, Cree Salteaux, Cree Carrier, Tsimshian, Kwakwaka Wakw, Ktnuxa, Anishnawbe, Mik Maq, Stollo, Dene, Kahnawake (de la Nación Mohawk), Akwesasne (de la Nación Mohawk), Tus T’Ina Nak’Azdli Carrier, Nthlagmex, Cayuga, Mame, Wayuu, Kekchi, Mam, Maya Quiché, Lenka, Kichwa, Miskito, Wixarika, Raramuri, Yaqui, Nahua, Purhépecha, Ezar (Chichimeca), Triqui, Hñahñu O Ñuhu, Mepha (Tlapaneco), Chol, Binnizá (Zapoteco), Ñu Saavi (Mixteco), Tepehuano, Maya, Chontal, Tzeltal, Tzotzil, Zoque, Mayo, Coca, Kicapu, Amuzgo, Pima, Mazahua, Guarijio, Quilihua, Cucapa, Cuicateco, Caxcan y Mazcovo.
Fragmento de la Declaración de Vicam
Los pueblos, naciones y tribus indígenas de estas tierras que los invasores llamaron América hemos resistido, hasta el día de hoy, una constante guerra de conquista y exterminio capitalista que dura ya más de 515 años. El dolor sufrido por el ataque de los invasores, apoyados en falsos argumentos de exclusividad cultural y arrogante presunción civilizatoria, con el fin de de despojar nuestros territorios, destruir nuestras culturas y desaparecer a nuestros pueblos, no ha terminado, por el contrario, crece día con día.
Manifestamos nuestro derecho histórico a la libre determinación como pueblos, naciones y tribus originarios de este continente, respetando las diferentes formas que para el ejercicio de esta decidan nuestros pueblos, según su origen, historia y aspiraciones.
Manifestamos que buscaremos la reconstitución integral de nuestros pueblos y que seguiremos fortaleciendo nuestras culturas, lenguas, tradiciones, organización y gobierno propios.
Llamamos a la unidad de todos los pueblos indígenas de América para enfrentar la guerra de conquista y exterminio capitalista, consolidar nuestra libre determinación y reconstituirnos integralmente.
Vimos en el primer encuentro sobre comunalidad la necesidad del pensamiento occidental por tratar de entender y reflexionar sobre estas formas de vida alternativas al capitalismo. No se trata de comparar y decir qué está bien o mal, no se trata de desprestigiar la academia ni de idealizar las luchas de los pueblos indígenas. Se trata de entendernos, respetarnos, acompañarnos, con categorías epistémicas tan sencillas como la humildad, el respeto, la dignidad, el mandar obedeciendo. Se trata de no menospreciarnos acusándonos unos de estar sentados en su escritorio y otros de no entender la complejidad universal del sistema o las mejores tácticas y estrategias.
Puede ser o no, que en algún momento lo mejor de ambos mundos-pensamientos podamos aprender de nuestros caminos, de nuestros errores, de nuestros aciertos, de nuestras debilidades, para lograr integrar una lucha común frente a un enemigo común.
 Apuntes y reflexiones del primer encuentro sobre comunalidad
La crisis actual es civilizatoria, en el sentido de que rebaza cuestiones meramente políticas, económicas o ambientales. Esta crisis no es la suma de las diversas problemáticas identificadas en cada una de estas esferas, es el reflejo de la caducidad estructural e irreversible del modelo reproducido ideológica y materialmente por la sociedad moderna. Uno de los grandes retos plateados durante el encuentro radica en el reconocimiento consciente de lo que está en juego, de tal forma que, como dice Raquel Gutiérrez, «tengamos la capacidad de involucrarnos en la lucha, de poner a disposición lo mejor que sepamos hacer, y de aprender de lo que se está haciendo para entenderlo, para tejerlo y para tratar de llevarlo hasta su límite». Parte de esta comprensión implica reflexionar sobre las herramientas, modos y espacios, desde los cuales se está realizando este ejercicio, donde el andar mismo del proceso está empapado de contradicciones entre formas y fondos, ambos, aspectos de vital importancia en la configuración de otros modos de hacer y vivir en sociedad.
Confluimos entonces, en un espacio y tiempo determinados, cientos de personas, con historias, inquietudes y preguntas diversas, convocadas sin embargo por un interés compartido. Pasados, y reflexionando sobre estos cuatro días, dicho interés parece adquirir la forma de una búsqueda de estrategias para la construcción del poder popular, el cual parte de reconocer lo diverso como lo común. Y entonces salen muchas cuestiones de fondo sobre el quién, el cómo y el dónde, y antes aún, sobre que entendemos por poder popular, por lo común, por construcción. Surgieron así debates, propuestas, resignificaciones y confrontaciones que definitivamente trascendió ese tiempo y espacio en el cual se estaba llevando a cabo la compartición, y que resulta ser lo realmente enriquecedor de este encuentro. Gustavo Esteva decía, «ver lo común como conjunto de relaciones que no necesariamente tienen que ver con algo físico». Se tejieron pues relaciones, expresadas en un espacio concreto pero cuya materialización en definitiva busca trascender entre geografías tan distantes y distintas como la región p’urhépecha de Michoacán, la costa y montaña de Guerrero, o las villas populares de la ciudad de Buenos Aires en Argentina.
El congreso ha sido un momento y una oportunidad. Un momento para compartir y practicar ese poner en común respetando lo diverso, lo cual implica, como Jaime Martínez Luna señaló, un respeto que parte de comprender que «no somos lo que creemos ser, que somos los otros, que somos lo otro, y que por lo tanto, no existe el individuo, existe la integración». Ha sido una oportunidad enorme para construir relaciones, propuestas e ideas. Un espacio de «recomposición de la capacidad de comprensión», como menciona Raquel Gutiérrez, dentro de este contexto de producción deliberada de opacidad de los saberes y del pensamiento. Pero ha sido también una oportunidad para cuestionarnos, para deconstruirnos a nosotros mismos y confrontar nuestros imaginarios colonizados aún, en mayor o menor medida, por la lógica y sobre todo la práctica individualista y patriarcal de la cual están enfermas nuestras sociedades.
Exaltaciones del ego, prácticas de organización y formas de participación quizá no tan solidarias o tan pensadas desde lo común estuvieron presentes, pero, estamos en un proceso ¿cierto?, en construcción de este poder colectivo que, como dice Hernán Ouviña, «es un ejercicio diario que se hace con la participación popular, a partir de una construcción cotidiana e integral». Volvemos entonces a la importancia de la reconstrucción de las relaciones sociales. Esto implica reconocer y aprender de aquellos sectores de la población que han y están luchando constantemente por la construcción de otro proyecto de vida. En nuestro México presente, quienes están jugando este papel son los pueblos y comunidades indígenas, que desde hace décadas resultan un núcleo de avanzada fundamental en la lucha insurgente, construida desde abajo, con el pueblo y por el pueblo. En este sentido, llama la atención que en un espacio cuyo objetivo era compartir y reflexionar sobre las formas de construir desde lo común, no hayan sido los pueblos en resistencia, sujetos concretos de lucha, quienes tomaran la palabra y expresaran de viva voz su sentipensar, sus modos y formas de resistir, de percibir y de construir.
Julieta Paredes, refiriéndose al uso del concepto de comunalidad desde los espacios académicos, expresaba la sensación de una especie de «querer fosilizar la comunidad, para diseccionarla académica e institucionalmente y entenderla y estudiarla». Resulta esta una consideración que para algunos puede parecer excesiva, como se expresó en el espacio de comentarios al finalizar la mesa, sin embargo, vale la pena tenerla presente, a manera de reflexión y autocrítica. Sobre todo para hacer de estos espacios momentos reales de vitalización de la capacidad de cuestionamiento y no de victimización, y de construcción de estrategias y no solo de argumentos morales, como bien se expresó durante el simposio de Finanzas y nuevas conflictividades en América Latina, moderado por Verónica Gago y Diego Sztulwark.
Buscando la congruencia entre discursos y prácticas, un escenario interesante, esperemos que no lejano, será aquel en el que un próximo Congreso Internacional de Comunalidad, organizado desde los espacios académicos, tenga como voces principales a los sujetos sociales concretos en lucha, que se extienden por todo el territorio y que urgen de visibilización. Y donde quienes participamos desde la trinchera académica, en busca de «estrategias teóricas para entender los modos de comprender lo que está en juego, y de amplificar», como señaló Raquel Gutiérrez, estemos atentos a su palabra, aprovechando esa experiencia que su ya adelantado camino, plagado de aciertos y errores muchos, les ha brindado, y de los cuales hay tanto que aprender.
Mientras tanto, acompañar y participar de este proceso de reapropiación y disputa de espacios clave para la deconstrucción del individuo antropocéntrico y utilitarista, protagonista de esta carrera por sobrevivir, impuesta por la negación total de la condición comunitaria de nuestra condición humana, resulta a todas luces, una bocanada de aire fresco. Un respiro que permite reafirmar y recordar porque estamos aquí. Expresado de mil formas distintas a lo largo del evento, Horacio Machado lo compartió con palabras profundas y sencillas:
«la vida no es una cosa, no es objeto ni es sujeto. La vida no está en las partes sino en las relaciones. No es una propiedad de los individuos, sino una condición, un estado y un proceso de la naturaleza, madre tierra así dicha en el más estricto sentido científico y en el más profundo sentido filosófico. La relación entre individuo y comunidad implica pensar que antes que individuo somos comunidad de vida, la vida está en lo común, la preservación de la vida requiere del continuo trabajo social de sostenimiento y recreación de la comunalidad. En este sentido, no supone negar al individuo sino situarlo dentro de la comunidad de la cual es. El ethoscomunitarista no es totalitarismo de la comunidad, sino ética de la cooperación, la reciprocidad, la diversidad, la justicia y la complementariedad, y por tanto, reafirmación del individuo. Pero no del individuo abstracto, sino del individuo concreto, corporal, orgánico, de carne y hueso, por tanto, concebido inseparablemente dentro de la trama de relaciones que lo constituyen como tal y que hacen posible su existencia como ser viviente».