viernes, 30 de octubre de 2015

El complejo tejido de la comunalidad («Luchas y estrategias comunitarias: horizontes más allá del capital»)

Agencia SubVersiones
29 octubre, 2015
Por Valentina Valle, Ana del Conde y Heriberto Paredes

El hecho de que el 1er Congreso Internacional de Comunalidad 2015 «Luchas y estrategias comunitarias: horizontes más allá del capital» tenga lugar en una ciudad como Puebla es ya polémico –en el buen sentido de la palabra. Cada detalle abona al planteamiento central del congreso, por eso resaltar que Puebla es la capital de un estado gobernado por el panista Rafael Moreno Valle, uno de los más funestos gobernantes en muchas décadas (y hay muchos ejemplos). Puebla es un estado que tiene episodios contrastantes, por un lado experiencias fundamentales de resistencia comunitaria a las concesiones mineras extranjeras, particularmente en la Sierra Norte, por otro lado, los casos de represión han sido atroces, como el caso de José Luis Tlehuatlie Tamayo, de 13 años, niño originario de San Bernardino Chalchihuapan que murió a causa de una bala de goma disparada por la policía antimotines en una penosa actuación; o el caso del joven Ricardo Cadena, asesinado por pintar un grafitti en un muro; o el caso de las agresiones y amenazas a la radio comunitaria La Chilenita en el municipio de Chilac. No acabaríamos con los agravios a comunidades, con la serie de luchas por lo común y de expresiones de comunalidad que permean esta ciudad y este estado, sede de este basto congreso.

Decenas de asistentes de diferentes partes del mundo asistieron a la convocatoria y llenaron los espacios destinados para las mesas de trabajo, las conferencias magistrales y las presentaciones de libros; los cafés del centro histórico poblano rebosaban de personas provenientes de Oaxaca, Ciudad de México, Guerrero, Chiapas, Colombia, Bolivia, Perú, Guatemala, Brasil, Chile, Argentina, Uruguay, Estados Unidos, Sonora, Guadalajara, Francia, Alemania, Italia y muchos otros lugares del planeta Tierra. Entre cemitas, mole poblano, dulces de leche y tacos árabes, los debates comenzaron a dar como resultado no uno sino varios enfoques respecto al tema central del congreso: la comunalidad.

Desde el comienzo las expectativas eran muchas, las posibilidades infinitas. Porque si de comunidad se trata, tal vez sea erróneo encuadrarla en una definición clásica y tratar de categorizar las múltiples enseñanzas que se pueden aprehender del vivir comunitario, algo que hasta ahora ha demostrado ser un camino certero de construcción de alternativas frente al orden capitalista imperante. No el único pero sí uno ampliamente recorrido por millones de mujeres y hombres de pueblos originarios en las más inesperadas geografías.
Entre los pasillos y el cigarro acompañado de café o mate, tras un saludo siempre fraterno, los comentarios no esperaban: que si el libro que se presentará al día siguiente, que si el trabajo de tal o cual persona, que si no se trata de encerrar los conceptos sino de abrirlos a su reconstrucción constante, que si los encuentros en congresos anteriores o futuros, las comparticiones espontáneas y las bromas; algunos momentos de tensión, sobre todo porque la organización de este gran evento requiere mucho cuidado y paciencia. Es decir que como en toda comunidad, si no hay diversidad y conflicto no se avanza y no se construye, y no nos dejaran mentir: quienes han estado construyendo parte de su vida y pensamiento desde la comunalidad sabrán que las contradicciones y las diferencias son el pan de cada día, no para pensarlas en forma negativa sino para resaltar su riqueza.
Además de los planteamientos más propositivos también existen preocupaciones que no dejan de motivar la reflexión: ¿cómo hacerle frente a la ofensiva del capitalismo salvaje? ¿cuál será la trinchera de la academia para abonar a la construcción de proyectos de vida y evitar el anquilosamiento voraz que ha sufrido? ¿cuál es el pensamiento crítico que permitirá crear conciencia y abonar a la construcción de alternativas a tanta violencia y muerte? Es imposible no cuestionarse a cada paso, este congreso tiene como objetivo no ser un congreso más y motivar seriamente los cuestionamientos, los aportes a los planteamientos de preguntas para que éstas permitan construir conocimiento. De algo tienen que servir los mezcales y los tlacoyos, para cosas concretas debe de servir tanto esfuerzo.
Antes de continuar con algunas reflexiones surgidas de esta cobertura colectiva, tal vez sería bueno plantear preguntas sueltas, interrogantes que podrían parecer inconexas pero que en su sentido más profundo tienen una vinculación inherente:
¿Cómo neutralizamos al Estado?
¿Es posible articular las luchas más allá de los momentos álgidos y la coyuntura?

¿Se puede hablar de una sustitución de la política si lo comunitario –aquello que ha permitido la reproducción de la vida material– transita del orden privado a lo público?
¿El progresismo es colonialista?
«Hay que juntarse y hacer mierda a esos gremios, no queda otra. Ojalá logremos sacarlos del camino». A pesar de que el título de la mesa a la que nos referimos es indicativo:
«Horizontes y resistencias comunitarias en América Latina, más allá de los gobiernos ‘progresistas’, frente al Estado y contra el capital»; fue de todas maneras una tremenda decepción enterarnos de que esta cita no llevaba la firma de Ulises Ruiz, el gobernador priísta que a finales de 2006 logró derrotar la «Comuna Oaxaqueña» con un uso desproporcionado de la fuerza, sino la del presidente más pobre del mundo, el uruguayo Pepe Mujíca. El blanco, sin embargo, era lo mismo, tratándose, como explicó Diego Castro Villaboa, de maestros y estudiantes, una de las fuerzas más contundentes de oposición al Frente Amplio. Este era de hecho el tema de esta discusión, que vio la participación Huáscar Salazar Lohman, Eric Larson, Pavel López Flores, Silvia Rivera Cusicanqui y Raquel Gutiérrez Aguilar: un análisis y crítica constructiva no del discurso, sino de la realidad de los gobiernos así llamados «progresistas».
En el caso de Uruguay, para una definición del Frente Amplio, Castro Villaboa evoca el sociólogo Alfredo Falero cuando habla de «acto de masas más grande de la historia del país y al mismo tiempo fin de la lucha contra el neoliberalismo». En su análisis, la base en que el modelo progresista conforma su hegemonía, o sea la posibilidad de que el capital y la condición de los trabajadores crezcan al mismo tiempo, resulta haber fracasado rotundamente. Los ajustes salariales, las condiciones laborales impuestas a los trabajadores y los recortes a los presupuestos públicos en sectores fundamentales como la salud y las viviendas demuestran esta pérdida hegemónica del progresismo. Además, el discurso que «lo posible era lo garantizado por el gobierno y las demandas que iban a más eran irreales, les hacían el juego a la derecha o no fortalecían el proceso de cambio», confirmaron el Estado como sujeto de transformación, institucionalizando los conflictos sociales y produciendo una forma política muy liberal.
La esperanza viene, sin embargo, de la propia base social del gobierno, porque «donde el frente amplio cierra, el movimiento social abre, y se da un nuevo ciclo de lucha», sobretodo manejado por los jóvenes, o sea el sector de la sociedad que no tiene un vínculo afectivo con el Frente y que por esta razón se atreve a moverle una crítica contundente y a trabajar en las grietas que paulatinamente va encontrando en el sistema.
Ni en la plática ni en el debate que siguió se hizo referencia a Gramsci, aunque al escuchar este análisis no pudimos evitar recordarnos de su «revolución pasiva», este proceso político que tiene como objetivo la reforma del sistema desde arriba y surge para disputar la dirección del cambio a las organizaciones populares. En la visión gramsciana, de hecho, a un primer momento en que el bloque dominante intenta frenar el cambio a través de la restauración, sigue el transformismo. Y en este segundo momento, el gobierno –que en este caso sería el gobierno progresista– recoge algunas de las demandas populares y las hace suyas, adaptándolas previamente a sus propias necesidades.
Además, fundamental porque se puede dar una revolución pasiva, es que el bloque dominante acepte que las viejas instituciones, o medidas de solución de los problemas sociales, ya no son suficientes ni adecuadas para mantenerlo en el poder. Precisamente esta condición de conciencia de las clases dominantes de que se necesita un cambio nos hizo pensar en Gramsci, porque como destaca Pablo Dávila en el libro «Palabras para tejernos, resistir y transformar», los ajustes macrofiscales y la privatización del Estado que se impusieron en América Latina llevaron a una movilización continental que originó los autodenominados gobiernos progresistas de la primera década del 2000, junto con la presencia de fuertes movimientos sociales. Las sociedades, según Dávalos, ya no estaban dispuestas a confrontar sin resistencia el discurso de la crisis, sobretodo viendo cómo se protegieron los responsables directos y la singularidad de esos momentos sería que determinados proyectos antagónicos se disputan entre sí la victoria, pero todos coincidiendo en el descrédito de las instituciones previas o en la necesidad de superarlas.
La lectura de Dávalos de este momento histórico que él llama «posneoliberalismo», donde la acumulación capitalista se caracteriza por el despojo territorial, el control social, la criminalización a la resistencia política en un contexto de globalización financiera y especulativa, se nos hizo interesante no sólo porque permite establecer un punto de encuentro entre la denuncia del fracaso progresista y la revolución pasiva gramsciana, sino también porque la misma categoría analítica se puede aplicar a un sector que florece más y más con el pasar de los años, el de los derechos humanos:
Las democracias latinoamericanas fueron poco a poco recuperando espacios e imponiendo un discurso de derechos humanos como política de Estado, de forma independiente a la conducción de la economía. Mientras más hablaban de derechos humanos más legitimidad tenían estas democracias. El discurso de los derechos humanos se convirtió en un discurso movilizador y legitimador del modelo de dominación política que se estaba poniendo en marcha en la región. Mientras más se avanzaba en materia de derechos humanos más se perdía de vista el rol de la violencia del mercado como regulador social. De esta manera se produjeron fracturas radicales entre el discurso político que convergía hacia un enfoque de derechos humanos y la economía que trasladaba las decisiones de soberanía política y territorial hacia los inversionistas y sus inversiones.
Esta reflexión sigue con la denuncia de la suscripción por parte de todos los gobiernos de América Latina de un enfoque de derechos humanos alejado de toda conflictividad política como fueron los «Objetivos de Desarrollo del Milenio» que permitieron criminalizar las formas de resistencia y movilización que salían del marco establecido por las Naciones Unidas. La posibilidad de considerar terroristas todas las organizaciones sociales que se oponen al «desarrollo» tiene que ver directamente con la imposición del modelo capitalista-extractivista y constituye la amenaza tal vez más graves a los dirigentes sociales y populares que defienden el territorio, la comunidad y comunalidad, en una dicotomía siempre más fuerte entre las demandas de los movimientos sociales y las supuestas respuestas de los gobiernos progresista. En este sentido el caso de Bolivia es emblemático, con el caso de la imposición por parte del gobierno Morales de la carretera del TIPNIS, un proyecto del costo de 415 millones de dólares financiado por Brasil.
La ponencia de Salzar Lohman de hecho va en este sentido, con una reflexión sobre la legitimación del gobierno que ocurre en larga medida afuera de las fronteras nacionales. El estudioso de la Sociedad Comunitaria de Estudios Estratégicos habla de derechización del Movimiento Al Socialismo (MAS), donde se registra un fuerte impulso de dinámica capitalista que se opone a la organización comunitaria. En este contexto, «la izquierda se ha quedado sin palabras y su discurso no corresponde a la práctica».
También Silvia Rivera Cusicanqui relata cómo «se ha ido desmoronando la posibilidad de cambio del gobierno desde 2006, frustrando uno de los puntos más interesantes de la que parecía ser una nueva propuesta, o sea la producción de una política sin partidos». El referente más inmediato de esta política son, según Rivera Cusicanqui, las experiencias comunitarias gremiales de La Paz, que la autora analiza en el libro «Los artesanos libertarios y la ética del trabajo», donde se tratan temáticas como la memoria y la reconstrucción, las juntas vecinales, el liderazgo rotativo, la asamblea participativa y la recuperación del idioma como ejes de la resistencia. Planteando la necesidad/posibilidad de «reinventar la comunidad en pequeña escala, en las grietas del sistema» la estudiosa une memoria andina y lucha urbana, sobretodo anarquista, en un ejercicio constante de mantener viva la memoria y resistir a las agresiones a las comunidades. Un «NO» rotundo a esta invasión y despojo que suena también en las palabras de Raquel Gutiérrez Aguilar, cuando habla de la importancia del veto, acompañado por la posibilidad de discutir y poner en crisis los puntos fundamentales del pensamiento capitalista.
Las pistas de investigación y reflexión abiertas durante las poco más de dos horas que duró esta mesa de trabajo fueron múltiples y extremamente interesantes. Como el análisis de Pablo Mamani Ramírez sobre la superación de los marcos de izquierda y derecha identificables en los proyectos de modernidad socialista y capitalista, que se revelan tan importantes por ejemplo al examinar el contexto boliviano, donde cabe destacar que existen pensamientos Otros, como el katarismo-indianismo, que tienen posibilidades históricas y experiencias de vida social o económica que van más allá de esta clasificación surgida en el occidente europeo durante la revolución francesa.

O como la consideración de un asistente a la conferencia que destacó cómo el mismo concepto de progresismo se puede considerar como una forma de colonialismo, en el momento en que la búsqueda de un desarrollo con inclusión social conlleva una idea de progreso que etiqueta las comunidades en resistencia como, para usar una expresión de Mamani Ramírez, «no coetáneas». Parecen escucharse las palabras de Gustavo Esteva, cuando habla de la «invención del subdesarrollo» el día 20 de enero de 1949, el día en que Harry S. Truman, presidente de los Estados Unidos, tomó posesión y dos mil millones de personas se volvieron subdesarrolladas. Ese día, nos dice Esteva, estas dos millones de personas dejaron de ser lo que eran, en toda su diversidad, y se convirtieron en un «espejo que reduce la definición de su identidad, la de una mayoría heterogénea y diversa, a los términos de una minoría pequeña y homogeneizante». Tal vez los gobiernos progresistas, al quererse «desarrollar demasiado», hayan subido la misma suerte.
Tensiones de lo «común» como concepto
Los conceptos dentro de la academia, así como en la práctica diaria, son útiles para poder nombrar aquello que experimentamos, los eventos que resistimos y los objetivos por los que luchamos. De esta forma, al denominar de una u otra forma un concepto, la palabra que presentamos toma sentido no sólo dentro de un ámbito lingüístico, sino también como episteme social. Sin embargo, todos los conceptos se definen por una dualidad individual y colectiva. Ambas aproximaciones son tan necesarias como complementarias, pero al mismo tiempo su coexistencia invita a tensiones y oposiciones.
Poner el concepto de «comunalidad» como eje central de análisis y conversación dentro de un congreso, inevitablemente invita a los participantes a compartir tanto sus perspectivas como sus experiencias. Así, el concepto provoca, tensiona. Sin embargo, como bien estableció Carolina Vásquez dentro del simposio en memoria a Floriberto Díaz, «Reflexiones sobre la Comunalidad desde las Mujeres Indígenas», si no tensionamos no cuestionamos nuestro propio lugar y por eso es indispensable que presentemos nuestras perspectivas: para hacer que otros se tensionen y cuestionen.
De este modo, el 1er Congreso Internacional de Comunalidad 2015 nos ha tensionado y nos ha provocado a cuestionar desde su primera conferencia magistral. El cuestionamiento de John Holloway al decir «NO» generó una oleada de reacciones, positivas y negativas. ¿A quién iba dirigido ese «NO»? Él «NO» iba dirigido a todos, Holloway buscó tensionarnos a todos. Así, Holloway comienza su ponencia diciendo:
«Siento que hay algo que falta, y lo que falta, tal vez, es el no. Y lo que quiero decir con eso es que tengo una preocupación cuando veo el programa del evento porque siento que en el programa hay un consenso máximo y el consenso máximo me da miedo».
A través de este cuestionamiento, y a lo largo de su ponencia, Holloway nos invita no solamente a generar un lenguaje que parta de las luchas para luego repetirlo en otras luchas, sino también para «criticarlo, cuestionarlo, y tal vez, darle otra dimensión». Para Holloway «lo común» no existe como sustantivo, sino se queda en una dimensión de verbo. Una dimensión antagónica que resiste al sistema anti-capitalista, pero por lo mismo, hablar de «lo común» para él no es hablar de algo que existe, sino simplemente es hablar de un antagonismo.
Sin embargo, estos planteamientos chocan e interrumpen de forma súbita aquello en lo que muchos creen, aquello por lo cual muchos luchan. Las reacciones se hicieron saber de forma inmediata con expresiones claras y contundentes. Sin embargo, como bien planteó Silvia Rivera Cusicanqui como réplica dentro de la mesa:
«Hay problemas que nos enfrentan y es importante que estos problemas nos hayan saltado a la luz desde la primera mesa porque es muy importante generar consenso. Lo que hay son anhelos, son preguntas, son dudas, y creo yo, son tentativas de ir abriendo camino».

De esta forma, el Congreso, a través de sus cuatro días intensos de mesas, discusiones, debates e intercambios abre ese espacio, ese camino para buscar lenguajes que generen conversación. Y tal vez no para que se genere un lenguaje común, pero sí para que a través de generar esas conversaciones se pueda, como planteó Márgara Millán, «tejer los desacuerdos».