viernes, 14 de agosto de 2015

YA SE MIRA EL HORIZONTE: TRES GENERACIONES DE NIÑOS Y NIÑAS ZAPATISTAS

Colaboración/13 agosto, 2015/
Por Eliud Torres
Agencia SubVersiones

El presente estudio es una sucinta revisión reflexiva sobre algunas experiencias históricas donde el actor central son los niños y las niñas zapatistas. Se resalta la importancia del acompañamiento adulto y la participación política de la niñez como integrantes plenos de pueblos y comunidades en lucha, movimientos sociales y organizaciones políticas.
Este texto se fue gestando hace dos años, a la luz del desarrollo del Seminario «20 años de la rebelión zapatista» sucedido durante el año 2013 en la Universidad Autónoma Metropolitana, Unidad Xochimilco. Se conformó de diversas sesiones temáticas relacionadas con la tierra y territorio, la educación, la salud, la economía y cooperativas, el género, la autonomía y, por supuesto, los niños y jóvenes en la travesía del zapatismo. Algunas ponencias ahí presentadas fueron publicadas en la Revista Argumentos, N° 73, A 20 años de la rebelión zapatista: autonomía es vida, sumisión es muerte.
A propósito del semillero El pensamiento crítico frente a la hidra capitalista convocado por los zapatistas y realizado durante el mes de mayo del 2015 en el CIDECI, el presente documento cobra especial relevancia, pues en diversas participaciones durante el seminario se habló no de tres, sino de cinco generaciones de zapatistas.
En la sesión vespertina del martes 5 de mayo, el SupGaleano narró que la lucha de los pueblos zapatistas puede resumirse en que se está trabajando para construirles a niños y niñas una opción: «Nosotros queremos construirles a los niños y niñas zapatistas la opción para que puedan elegir ser una cosa u otra». Al día siguiente, en la sesión vespertina del miércoles 6 de mayo las mujeres zapatistas hablaron de la genealogía de su lucha, como mujeres, como indígenas y como zapatistas, tres generaciones de zapatistas hablaron en la voz de las comandantas Miriam, Rosalinda y Dalia, así como de la compañera base de apoyo Lizbeth y la compañera escucha Selena.
En dicha sesión, el SupGaleano ha puntualizado: «Faltan en esta mesa al menos otras dos generaciones, la una debe andar entre los 12 y 15 años y son las que luego serán promotoras de educación o salud, o escuchas, o Tercios Compas o insurgentas; hay otra generación más, las niñas zapatistas que andarán rondando los ocho años, Defensa zapatista, es la niña rebelde que sintetiza cuatro generaciones de lucha y que es al menos por ahora impredecible».
Dispositivos biopolíticos de la infancia en la niñez chiapaneca

Muerte, pobreza y la normalización del control de la vida de la infancia por parte de los adultos, son los tres dispositivos de la biopolítica de la infancia que, siguiendo las teorizaciones de Michael Foucault y Giorgio Agamben, Eduardo Bustelo define para explicar cómo es que el capitalismo busca vigilar y controlar la construcción de las subjetividades nacientes de niños, niñas y adolescentes.
La mortandad de niños, niñas y adolescentes es la forma más silenciada de la biopolítica moderna, ha señalado Eduardo Bustelo, pues cotidianamente son eliminables o desechables y su muerte no representa ningún tipo de consecuencia jurídica; niñas y niños mueren de hambre, de enfermedades curables o prevenibles, como víctimas de guerra y, cuando no mueren, sufren de padecimientos físicos y psicológicos por la exposición directa a diversas expresiones de la violencia. Es el objetivo tenaz de exterminar la posibilidad emancipatoria de la infancia, de que niños, niñas y adolescentes no tengan la más mínima oportunidad de una conformación distinta a la predeterminada por el capitalismo y el sistema neoliberal, es el poder directo sobre la vida como negación de la vida o la política de expansión de la muerte.
Un segundo dispositivo es la pobreza, pues la mayoría de los pobres son infantes y la mayoría de la infancia es pobre; niños, niñas y adolescentes deben trabajar, son explotados, están desnutridos y enfermos, son discriminados o sometidos a condiciones de exclusión que, de no ser relacionadas con los procesos económicos de concentración de ingresos, riqueza y poder, es legitimar dispositivos ideológicos de una situación de dominación por medio del ocultamiento de la relación social de los ricos sobre los pobres. La relación de la pobreza con la infancia está basada en el poder, pues la biopolítica es entonces la reguladora de la vida, por lo que la infancia pobre es una cuestión biopolítica mayor, ya que no hay políticas para la infancia fuera de la política dominante y que, por lo tanto, no pasen por la construcción de relaciones sociales isonómicas.
El tercer dispositivo es la relación vertical y despótica de los adultos hacia la infancia como la intención de controlar la vida desde su inicio y en su propia interioridad, acompañada de prácticas discursivas distorsionadas y manipuladoras, pues la infancia es el inicio del proceso constructivo de la dominación y el ocultamiento sutil de la relación de dominio.
La muerte y la pobreza tenían una presencia devastadora en la infancia de las comunidades indígenas chiapanecas al momento del levantamiento armado zapatista en 1994, las llamadas enfermedades de la pobreza, tales como infecciones intestinales, respiratorias y epidémicas, la desnutrición infantil, calentura y diarrea predominaban en niños y niñas, muchos de los cuales morían por falta de atención médica, además de que las cifras de esperanza de vida al nacer eran de las más bajas del país. Hasta entonces no se tenía certeza en el número de los nacimientos y de las muertes de niños y niñas indígenas chiapanecos, pues las instituciones de gobierno basaban sus estadísticas en las actas de nacimiento y defunción, documentos oficiales inexistentes para la población indígena de la mayoría de los municipios, considerados de alta y muy alta marginación.
Así que la declaración de guerra y las 11 demandas de la Primera Declaración de la Selva Lacandona, del Ejército Zapatista de Liberación Nacional (EZLN), tenían como objetivo detener el genocidio de los pueblos indígenas chiapanecos, pero particularmente de la infancia. Que futuras generaciones de niños tengan una vida digna, le explicó el Subcomandante Marcos al niño Miguel A. Vázquez Valtierra en marzo de 1994.
Nueve son las cárceles que encerraban a los niños y niñas indígenas de Chiapas y de México: hambre, ignorancia, enfermedad, trabajo, maltrato, pobreza, miedo, olvido y muerte. Patricha, de menos de 5 años, murió de una fiebre; el Ismita con cerca de 10 años tenía, gracias a la desnutrición crónica, la estatura de un niño de 4 años; Andulio nació sin manos por una mal formación genética; Pedrito nació en el exilio y Lino tenía unas horas de vida cuando fue expulsado de su casa por los soldados. Esa era la realidad de la infancia zapatista descrita por Marcos, en febrero del 2001, en el texto dedicado a los niños y niñas de Guadalupe Tepeyac en el exilio.
El caso de Patricha fue definitivo para la incursión de Marcos hacia 1986 u 1987 en la organización político-militar, pues fue una niña indígena que les llevaba comida cuando estaban en la clandestinidad dentro de la selva, quien murió en sus brazos a la orilla de un río en el intento por bajarle la fiebre. Ese era el destino de las niñas indígenas: morir de enfermedades curables o sexuales y reproductivas y, en el mejor de los casos, confinadas a los quehaceres domésticos, tales como cuidar a sus hermanos pequeños, hacer tortilla y trabajar en el campo, pues históricamente las niñas no tenían derecho a estudiar ni a jugar, le relató Marcos a Laura Castellanos en la entrevista publicada en 2008 como Corte de Caja.
Niños y niñas zapatistas en contexto de guerra de baja intensidad

Una vez declarado el cese al fuego e iniciados los diálogo de paz, el gobierno federal se apresuró a instalar cuarteles y retenes militares en todas las zonas y comunidades indígenas, donde estaba presente el ejercito zapatista o se presuponía que tenía influencia. Los sobrevuelos, patrullajes y la presencia paramilitar comenzó a ser parte de la cotidianidad de los niños, niñas y jóvenes que formaban parte de las comunidades rebeldes, pero también una segunda generación, nacida después del 1 de enero de 1994, crecía con la presencia militar y paramilitar como un elemento más de su contexto.
La guerra de baja intensidad se expresaba de múltiples maneras, tanto con mecanismos militares como con estrategias sociales, políticas, económicas y culturales. Niños, niñas y jóvenes zapatistas fueron igualmente hostigados, desalojados, desplazados, golpeados, amenazados, detenidos en el retén y atacados por el gobierno federal y los paramilitares con la intención de desalentar la adherencia al proyecto zapatista, debilitar el tejido comunitario y la unidad familiar. Pero no sólo, pues el gobierno sabe y entiende que los niños y niñas zapatistas son parte fundamental en el movimiento, por eso los ataca y agrede hasta exterminarlos, es el «mataremos la semilla zapatista», consigna enarbolada durante la matanza de Acteal, en el municipio de Chenalhó, el 22 de diciembre de 1997, donde, fueron asesinadas 45 personas, de las cuales 14 eran niños, 23 mujeres y 8 hombres.
A su corta edad, niños y niñas zapatistas pronto supieron lo que es sobrevivir en una guerra y cómo vivir en medio del clima de represión, crecieron y se fueron haciendo jóvenes y adultos en medio de la violencia perpetrada por el gobierno federal. Niños y niñas, identifica Angélica Rico, aprendieron a vivir en la resistencia corriendo, jugando, bailando, cantando y riendo.
Al mismo tiempo, esa particular realidad en la que vivían niños y niñas, como integrantes de las comunidades indígenas pertenecientes a la organización político-militar del EZLN, hizo que su conformación psicológica y social tuviese elementos diferentes a los que tuvo la generación anterior al levantamiento armado. Desarrollaron habilidades y capacidades que contrarrestaran el hostigamiento permanente, constituyendo en la infancia nuevas subjetividades más resistentes al clima de violencia que cotidianamente se vivía en su entorno.
Cuando niños y niñas zapatistas dicen que no tienen miedo porque también se saben defender, queda de manifiesto un proceso subjetivo y colectivo de salud mental comunitaria que transforma el miedo en mecanismo de autoprotección, reduciendo los efectos psicosociales negativos de la guerra de baja intensidad y desgaste. Guerra que, a decir de Ximena Antillón, busca generar enfermedades psicosomáticas y emocionales con la intención de paralizar y disminuir la participación en las actividades comunitarias de resistencia.
El trabajo colectivo subjetivo para afrontar la guerra ha hecho posible el surgimiento y fortalecimiento de actitudes valientes y pensamientos críticos en niños y niñas, construyendo identidades basadas en la lucha zapatista por el cumplimiento de las 13 demandas y en permanente resistencia contra el mal gobierno. Así lo relatan las madres zapatistas en el Tercer Encuentro de los Pueblos Zapatistas con los Pueblos del Mundo, la comandanta Ramona y las zapatistas, en diciembre del 2007, cuyo tema 7 fue «Como luchan con sus niñas y niños zapatistas». Ahí mencionaron el valor mostrado por niños y niñas en dos situaciones: durante 1994, cuando hombres salieron a luchar, quedándose mujeres y niños solos en las comunidades y posteriormente cuando al instalarse campamentos y retenes militares en las comunidades, confrontaron y les gritaron a los soldados que se fueran.
En dicho encuentro, las mujeres zapatistas resaltaron que niños y niñas tiene las mismas capacidades para hacer cualquier actividad o tarea y los mismos derechos, por lo que es necesario darles ideas y enseñarles cómo hacer los trabajos en la organización. Esto no es más que el reconocimiento, por parte de los adultos, de los niños y niñas como compañeros de lucha que participan activamente en la creación y sostenimiento de los diferentes espacios de resistencia y autonomía del movimiento zapatista, a quienes hay que acompañar en su proceso de aprendizaje.
«Nosotros los tratamos de por sí como niños»

El tipo de enseñanza, no escolar, sino de los principios éticos, quedó de manifiesto en enero del 2003, en la carta que el EZLN le dirigió a la organización vasca Euskadi Ta Askatasuna (ETA), donde los niños y las niñas zapatistas fue un tema mencionado con especial énfasis, pues la comandancia puntualizaba respecto a la transmisión que mujeres y hombres hacen a las nuevas generaciones sobre el uso de la palabra y el respeto a la diversidad de pensamientos, así como a hablar y a escuchar con el corazón para orientar su caminar.
Ha sido a través de los comunicados, cartas y cuentos emitidos por el EZLN, desde 1994 y hasta el comunicado del 4 de agosto del 2013, que se devela la manera en que los adultos zapatistas conciben y tratan a los niños y niñas no sólo zapatistas, sino también a la infancia que simpatiza con su lucha. El Cuento del Rabito de la nube, El cochecito abollado, La pedagogía del machete, El marxismo según la insurgenta Érika, Cuento de La piedrecita inconforme, Los diablos del nuevo siglo, el Andulio y el cuento de Los abujeros y El amor según el Andulio, son algunos de los textos dirigidos y relacionados con la niñez. Cuentos que en un lenguaje sencillo, lúdico y directo, sin ocultar la realidad pero considerando las edades y saberes de niños y niñas, narran alguna situación, suceso, anécdota, idea o principio concerniente a la visión de la lucha zapatista emprendida con una declaración de guerra.
Hay que recordar que muchos de los comunicados firmados por el Subcomandante Marcos, comienzan con el aviso de que escribe a nombre de los niños, ancianos, mujeres y hombres del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, de México. La infancia es considerada como un sector fundamental de la organización, pues así lo es en sus comunidades.
La creación de los Caracoles y las Juntas de Buen Gobierno, en agosto del 2003, representó además de una nueva etapa para la organización política de las comunidades zapatistas, una fuerte priorización en torno a las actividades de salud y educación, con la participación protagónica de niños, niñas y jóvenes. Casi diez años habían pasado ya desde el levantamiento y los niños que presenciaron la llegada invasora de los militares, el cinismo del gobierno federal, las mentiras de los partidos políticos y el asistencialismo y paternalismo de la ayuda externa, ahora eran jóvenes que sabían que nada podían esperar de las instituciones del Estado y que eran ellos y ellas quienes debían asumir las tareas educativas y sanitarias de sus comunidades. Los jóvenes asumieron el cargo comunitario de promotores y promotoras, de salud y educación, para comenzar a decidir sobre qué acciones realizar y cómo llevarlas a cabo en sus comunidades, bajo la coordinación de las Juntas de Buen Gobierno.
Los promotores de salud eran en su mayoría varones, de entre 15 y 30 años de edad, quienes realizaban actividades tanto de prestación de servicios médicos, tales como diagnóstico y curación, como de organización, participando en diversas asambleas y reuniones cuya finalidad era fortalecer el trabajo de salud en las zonas autónomas zapatistas, además de capacitaciones para adquirir conocimientos que den soluciones a problemas de salud. Esto lo señala Alejandro Cerda en su libro Imaginado zapatismo, Multiculturalidad y autonomía indígena en Chiapas desde un municipio autónomo.
En el caso de la educación, escribe Bruno Baronnet, desde 1995 algunas comunidades comenzaron a nombrar a sus propios educadores, buscar cómo capacitarlos y a establecer escuelas; el promedio de edad de los promotores y promotoras era de 20 años, jóvenes elegidos y acompañados por los adultos para ejercer con responsabilidad su cargo comunitario. Entre los años 1997 y 2000, los niños y niñas de las familias zapatistas fueron retirados de las escuelas oficiales del gobierno, por lo que la autodeterminación educativa, fortalecida con la creación las Juntas de Buen Gobierno, ya tenía experiencias importantes cuyo actor principal eran los promotores. Jóvenes, en su mayoría varones solteros de alrededor de los 20 años y de padres jóvenes con hijos pequeños, quienes en general cursaron grados de primaria en el servicio educativo oficial durante la década de 1990.
Durante el Segundo Encuentro entre los Pueblos Zapatistas y los Pueblos del Mundo, en julio 2007, en la Mesa 1: Salud-Importancia de la Otra Salud, promotores y promotoras de salud expusieron la particular visión y los avances logrados en dicho ámbito. Que la salud tiene que ver con que los niños estén bien alimentados y bien educados, con tener buena vivienda, contar con sistemas de agua potable e higiene, promover para que la población esté educada, pues la salud no se limita a medicinas y médicos. Entre los avances concretos se habló de las acciones realizadas para abatir la desnutrición y las infecciones intestinales, así como iniciativas para la desparasitación, sistema de vacunación y control prenatal en todo el período de gestación; también la prevención de enfermedades es de suma importancia, organizando campañas de higiene y de prevención. El Sistema de Salud Autónomo Zapatista estaba logrando la disminución de la tasa de mortalidad infantil.
La Mesa 2 de dicho encuentro, Educación Autónoma-Desarrollo de la razón, estuvo enfocada en la educación, las y los promotores explicaron la manera en que conciben la educación que imparten de manera autónoma, estudios que deben permitir a los niños y niñas, de cualquier clase social, comprender las cosas que pasan en su comunidad, en su municipio, en su estado, en su nación y en el mundo. Que desarrollen habilidades necesarias para definir cualquier tipo de problema que se presente y encontrar soluciones a través del razonamiento creativo, también fomentar aptitudes hacia la solidaridad fraterna, cooperación y democracia, el trabajo en equipo y el colectivismo, todo lo cual servirá para lograr una formación integral.
Las promotoras y los promotores han dicho que la edad de alumnas y alumnos va de los 6 a 17 años, pues es el rango de edad en el que han aprendido a respetar la maduración mental de los niños y niñas, y que alumnas y alumnos de tercer grado secundaria están en el proceso de formación para ser los futuros promotores que atenderán a los niños y niñas. El Sistema Educativo Rebelde Autónomo Zapatista impulsa que las niñas asistan a las escuelas y revertir la exclusión histórica.
En la educación zapatista, a decir de Kathia Núñez, niñas y niños tiene una participación plena, pues el proceso de aprendizaje incluye el convencimiento de que vayan a la escuela, no es una obligación ni imposición, no se estandariza a niños y niñas sino que se les reconoce en la singularidad, en las habilidades particulares que cada quien tiene y en su propia inclinación hacia ciertas actividades. Así que si un niño no desea asistir a la escuela o a la milpa, no es porque no quiera o sea flojo, sino que es concebido como consecuencia de poseer preferencias e intereses diferentes, tales como la pesca, cacería u otras actividades. El proceso de aprendizaje en las comunidades zapatistas es mucho más amplio que la simple práctica escolar tradicional pues, al estar involucrados diversos actores adultos tales como las autoridades, los asesores externos, promotores y padres de familia, lo pedagógico se articula con lo social para promover la estrecha relación entre la práctica escolar y el proyecto político.
Formación y participación política de niños y niñas zapatistas

Bruno Baronnet ha llamado la atención sobre que la educación autónoma pone énfasis en un aspecto que, aunque parece obvio dentro de la vida cotidiana de los pueblos zapatistas, resulta esencial en la experiencia de niños y niñas para la conformación de su subjetividad: la formación política. Para los adultos, autoridades zapatistas, es una preocupación explícita la formación de sujetos sociales y políticos de las nuevas generaciones que asumirán cargos y tareas democráticas del buen gobierno de los pueblos zapatistas.
Por lo que uno de los temas, ejes fundamentales de la educación autónoma, es el estudio de la historia de la lucha zapatista por el cumplimiento de las 13 demandas y el rechazo a las injusticias, mentiras y violencia del mal gobierno. El objetivo es que los niños y niñas aprendan y comprendan que los pueblos de los cuales forman parte, viven en la resistencia, ha descrito Alejandro Cerda en su estudio anteriormente mencionado.
La formación política también está en la socialización cotidiana, pues la participación de niños y niñas zapatistas en las actividades diarias no se acota a ciertos ámbitos de la vida familiar o comunitaria. Son parte de la colectividad para realizar diversas acciones culturales, económicas, sociales y políticas, cuyo sentido en gran medida está en función de su identidad política específica por lo que, al ser sujetos sociales de las comunidades en rebeldía, niñas y niños actúan en su propia realidad inmediata y se van constituyendo como sujetos interesados en aportar al proyecto de vida digna de los pueblos zapatistas, es la vida cotidiana como acción política.
Además de la participación comunitaria, la socialización en los actos cívicos y políticos públicos han sido de gran relevancia para la formación de una perspectiva más amplia en niños y niñas, pues la interacción con compañeros y compañeras zapatistas de otras comunidades, municipios o regiones y con personas externas a las comunidades, mexicanas y extranjeras, va generando el desarrollo y fortalecimiento de habilidades en los niños y niñas para comunicarse, comprender, reflexionar, analizar y actuar acorde a su identidad política y edad. Como consecuencia, y a decir del Subcomandante Marcos en la mencionada entrevista que le hace Laura Castellanos en 2007, la segunda generación zapatista de infancia es menos fundamentalista que la primera.
Las de Lupita y Marina son dos experiencias que, más allá del encanto y curiosidad que causó a los adultos simpatizantes, develan el consecuente proceso de formación política de la infancia y la relación horizontal y respetuosa a sus saberes y edades, que han establecido los adultos zapatistas con niños y niñas como compañeros y compañeras de lucha. Lupita, hija de la comandanta Hortensia, fue parte de los delegados de la Comisión Sexta del EZLN que, en septiembre de 2006, viajó a la Ciudad de México para ratificar la solidaridad zapatista con el pueblo de Atenco y los integrantes del Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra; Lupita, como la Delegada Cinco y Cuarto, se sumó a la exigencia por la libertad de los presos de Atenco.
Durante el Tercer Encuentro de los Pueblos Zapatistas con los Pueblos del Mundo, en diciembre 2007, Marina y otra niña pronunciaron un discurso breve, sencillo y claro. En los pocos minutos que habló ante el micrófono, Marina mencionó varios aspectos sobre su vida dentro de la lucha zapatista, tales como su escuela autónoma, la relación con sus padres, el orgullo de ser zapatista en resistencia y de sus derechos a hacer lo que le gusta, estudiar, participar, bailar, cantar y divertirse.
Esta segunda generación de niños y niñas zapatistas que se fue formando en los primeros años de la autonomía organizada en las Juntas de Buen Gobierno, fue acompañada en su proceso por los jóvenes que eran niños y niñas cuando el levantamiento armado y que comenzaron a asumir diversos cargos comunitarios para la construcción de la autonomía. Y quienes eran jóvenes durante el levantamiento armando comienzan a llegar a los cargos de dirección por lo que, a decir del subcomandante Marcos, en la Carta cuarta a Don Luis Villoro en el intercambio sobre Ética y Política, de octubre-noviembre del 2011, la dirigencia rebelde veterana ha discutido sobre las maneras en que deben acompañarlos en estas tareas, para construir el puente de la historia entre los experimentados zapatistas y la generación joven.
Finalmente, el 21 de diciembre del 2012, los contingentes de zapatistas que marcharon silenciosamente en las cinco cabeceras municipales de Chiapas, estuvieron compuestos por personas de todas las edades, bebes cargados por sus padres y madres, niños, niñas, jóvenes, mujeres, hombres y ancianos. Particularmente los hombres jóvenes cargando a sus hijos pequeños llamaron la atención, tanto por representar, los bebés, la nueva generación nacida en la autonomía fortalecida a diez años de la creación de las Juntas de Buen Gobierno, como por ser, los padres jóvenes, la generación de niños que vivieron el levantamiento armado hace casi veinte años y que evidencian una transformación en su identidad masculina.
La otra política: niñas y niños como compañeras y compañeros de lucha.

En el marco del 20 aniversario del alzamiento zapatista, es importante revisar las transformaciones que la infancia indígena chiapaneca, integrante de los pueblos zapatistas, ha vivido a lo largo de tres generaciones participando activamente en la lucha y resistencia. Las condiciones y características de los niños y niñas de ahora, evidentemente, no son las mismas a las de la infancia que crecía entre la muerte y la pobreza hasta antes del 1 de enero de 1994.
Mirar en retrospectiva el proceso zapatista, en ámbitos como la educación, la salud, las relaciones de género, los pueblos indígenas, la organización comunitaria, el combate a la pobreza, el quehacer político o la relación con el Estado mexicano, desde los niños, niñas y jóvenes, puede ser el punto de partida para pensar sobre los cambios generacionales que presenta el perfil de los integrantes de las comunidades zapatistas como la emergencia de un nuevo sujeto político.
Con el breve recorrido histórico del devenir de la infancia zapatista expuesto en el presente texto, se pueden esbozar algunas líneas de reflexión centradas en los niños y niñas, concebidos como sujetos sociales, colectivos y políticos que actúan y se organizan, opinan y deciden sobre cuestiones personales y sociales, enmarcadas en un proyecto político anticapitalista.
La infancia y juventud como tema de estudio, a diferencia de otros temas como el de las mujeres, la autonomía, la educación o el territorio, presenta escasos análisis e investigaciones en la experiencia zapatista. La mayoría de los trabajos que los abordan parten desde aspectos tales como la salud, la educación, los medios de comunicación, las actividades artísticas y culturales, pero en muy pocas ocasiones desde los niños, niñas y jóvenes como actores centrales.
Examinar el tipo de relación que han establecido los adultos zapatistas con los niños y niñas, muestra la particular relación entre racionalidad y afectividad, el cariño y la responsabilidad y el respeto y la autonomía, como elementos centrales para la transformación de los roles sociales hacia la emancipación de los sujetos individuales y colectivos. Identificar las habilidades y saberes particulares que niños y niñas zapatistas van desarrollando, ayudará a clarificar algunas características del particular proceso de formación, necesarias para la creación y el sostenimiento de nuevos espacios y prácticas horizontales de interacción con jóvenes, adultos y ancianos.
Reflexionar sobre cómo se han ido generando las nuevas subjetividades zapatistas, desde las experiencias de socialización política a temprana edad, contribuye a la comprensión de las transformaciones sociales impulsadas a partir de las novedosas prácticas comunitarias y políticas del zapatismo. En este sentido, es relevante el vocabulario nuevo que resignifica lo político poniendo en evidencia la falta de sentido del discurso tradicional de hacer política de las instituciones y partidos políticos, pues los conceptos zapatistas van alimentando la construcción de sentidos y prácticas políticas diferentes que generan nuevas subjetividades.
Niñas y niños van aprendido a nombrar a la política del Estado y los partidos como la política de arriba, el mal gobierno y la política tradicional, y al mismo tiempo aprehendiendo un discurso distinto cargado de significaciones nuevas, tales como abajo y a la izquierda, la otra política y las Juntas de Buen Gobierno. El referente práctico está basado en la autonomía indígena que involucra a los integrantes de los pueblos zapatistas en su singularidad y a los pueblos indígenas en su universalidad, pero no sólo, pues mediante algunas experiencias se han dado cuenta que su acción política convoca a colectividades de muy diversa índole.
Las subjetividades nuevas que se están produciendo y que son distintas a las de las generaciones anteriores, las que ya no consideran al Estado como actor central del quehacer político, las que asumen y aceptan las diferencias desde la igualdad de la autonomía, las que están creando y fortaleciendo espacios y tiempos nuevos, las que actúan desde la singularidad pero sin dejar de pertenecer a la colectividad, son las que conforman al nuevo sujeto político.
Caracterizar los diferentes espacios de socialización y participación infantil, cuyo carácter político es central, proporciona pistas para abordar la constitución de los niños y las niñas como sujetos políticos. La formación política de niños y niñas zapatistas también es consecuencia de las prácticas y opiniones políticas de los adultos, así como de la relación como compañeros que establecen, las cuales aportan a la constitución de determinada identidad política con ética y principios.
Cuando niños y niñas participan en las iniciativas políticas de los pueblos zapatistas, se pone de manifiesto la cuestión del sujeto político y el carácter colectivo de la acción política, pues el proceso de la subjetivación política se inscribe en la comunidad o colectivo. Hay que inventar la política, ha dicho Alain Badiou, pues no puede existir más que como acontecimiento colectivo, cuyos sujetos son llamados militantes del procedimiento y el sujeto político es, entonces, aquel que está durante, pero sobre todo, que se constituye después de dicho acontecimiento desde la heterogeneidad de las singularidades que se universalizan.
Pensar la política desde los niños y niñas, apela a concebirlos y reconocerlos como sujetos autónomos en proceso de formación de una subjetividad diferente a la de los adultos, la cual va emergiendo a partir de las posibilidades que tienen de desarrollar su creatividad y satisfacer la curiosidad por el mundo que se abre ante ellos y ellas. De ahí la importancia del rol de los adultos, pues son quienes restringen o incrementan la posibilidad de que niños y niñas se entiendan a sí mismos como sujetos con autoconfianza e iniciativa propia, para actuar en su propio interés y ser reconocidos socialmente, señala Manfred Liebel.
Como se ha visto, en el caso de la experiencia zapatista hay prácticas que sugieren poderosamente que los adultos están en el intento permanente de contribuir a que niños y niñas se emancipen, pues la apuesta política de quienes se levantaron en armas hace veinte años es justo eso, la ruptura de la repetición de la sujeción en la que estaban los pueblos indígenas y el comienzo de la construcción de un mundo distinto. Si la infancia zapatista de hace veinte años es ahora una adultez distinta, las actuales generaciones de niños, niñas y jóvenes que crecen en la autonomía son la certeza de la emancipación de los pueblos.