miércoles, 19 de noviembre de 2014

¿Ha dejado de ser la clase obrera “la clase revolucionaria hasta el final” que concibió el marxismo?

17 noviembre, 2014
Publicado por guerrillacmx
Por Alex Callinicos
La cuestión de las clases sociales ha sido uno de los principales temas de debate político de la última década. Se ha planteado, sin embargo, de una forma paradójica: gran parte de la izquierda sostiene que los antagonismos de clase ya no constituyen la división fundamental de la sociedad.
Este artículo fue escrito en 1987, como aportación al debate en Gran Bretaña. Es una síntesis de la introducción de Alex Callinicos a la obra The Changing Working Class, 1987. Apareció en castellano en la revista Socialismo Internacional, N° 3 (enero/febrero 1995). Aún y el tiempo transcurrido, pensamos que puede representar una contribución relevante a los debates sobre el carácter de la clase trabajadora hoy, cuando la crisis económica vuelve a poner en el centro la cuestión de quién tiene la fuerza para hacer frente a la oleada de ataques sociales. Parte de la izquierda argumenta que la tradición revolucionaria y el marxismo quedaron superados porque respondían a condiciones y a realidades ya caducas. Se postula que la clase trabajadora se ha aburguesado, ha perdido su consciencia o, directamente, que ha desaparecido.
Como demuestra Callinicos, la clase productora no sólo sigue en pie, sino que su papel en el proceso productivo sigue siendo el mismo que analizó Marx. Pues el capitalismo es un sistema cuya dinámica se remonta a la vigencia de la acumulación y la explotación que la mueve; esa sigue siendo la relación fundamental entre capital y trabajo, no obstante su cambiante forma. La clase trabajadora no sólo existe sino que, como demuestran múltiples ejemplos en los últimos meses por toda Europa, tiene hoy un gran potencial de lucha.
¿Desapareció la clase trabajadora?

La cuestión de las clases sociales ha sido uno de los principales temas de debate político de la última década. Se ha planteado, sin embargo, de una forma paradójica: gran parte de la izquierda sostiene que, en general, los antagonismos de clase ya no constituyen la división fundamental de la sociedad y, en particular, que la clase trabajadora está en declive y no se puede esperar que juegue el papel de agente de la revolución socialista que Marx le asignó.
El telón de fondo de estos debates son las derrotas sufridas por el movimiento obrero desde finales de los años 70, sobre todo en Gran Bretaña y en Estados Unidos, pero también en el resto del mundo capitalista avanzado. La cuestión se planteó por primera vez durante el primer gobierno de Margaret Thatcher, con la publicación, en inglés, de un libro del escritor francés André Gorz. El menor número de huelgas, el aumento del paro y de los cierres de fábricas, junto con los avances electorales de los partidos conservadores, otorgaban credibilidad a la idea de que la clase trabajadora ya no representa una fuerza social y política.
Creo que es esencial cuestionar la idea de que los cambios ocurridos en la estructura social del capitalismo contemporáneo hagan necesario que las y los socialistas dejen de considerar la lucha de clases como el elemento indispensable para entender el capitalismo, y como el medio fundamental para remplazarlo por una sociedad sin clases.
Esta idea se ha propagado con relativa facilidad entre la izquierda, debido, entre otras razones, a la confusión reinante, incluso entre mucha gente de izquierdas, acerca del concepto de clase. Los conceptos de clase fundamentados en el sentido común que a menudo sirven para sustentar teorías sociológicas aparentemente sofisticadas, son un obstáculo para entender cuáles son las divisiones reales en la sociedad. Que sean éstos los conceptos que prevalecen es reflejo de la influencia ideológica que ejerce la clase dominante sobre mucha de la izquierda.
Entre apariencia y realidad

Estos conceptos de sentido común se asemejan entre sí porque identifican las apariencias superficiales existentes en la sociedad con la clase social. Las apariencias más importantes son, probablemente, el estatus, la ocupación y los ingresos.
El estatus refleja, sobre todo, de qué manera las personas perciben su propia posición social y como la perciben los demás. Estudiar el estatus requiere dilucidar las sutiles diferencias en los niveles del prestigio social (entender su jerarquía y el esnobismo que éste conlleva).
Cuando se dice que Gran Bretaña es una sociedad “de clases”, en general, se piensa en el estatus (en la monarquía, en la aristocracia, en las relaciones forjadas en los colegios exclusivos, etcétera).
Hacer hincapié en el estatus significa centrarse en los estilos de vida de las personas y en sus pautas de consumo. En términos generales, desde 1945, los ingresos reales de los obreros manuales han aumentado significativamente. En ciertas cosas, las pautas de consumo de muchos obreros manuales y las de aquellos que tradicionalmente han sido considerados profesionales de clase media, han llegado a parecerse: miembros de ambos grupos tienen coche, compran en los mismos supermercados, viajan más, tienen hipotecas.
Pero las semejanzas han sido, a menudo, exageradas. Una definición de clase que exagere la importancia de las pautas de consumo probablemente conduzca a creer que los antagonismos de clase han desaparecido y que ha habido una fusión entre la clase trabajadora y la clase media. Después de la tercera derrota electoral consecutiva sufrida por el Partido Laborista británico en los años 50, quienes sostenían que la clase trabajadora estaba “aburguesándose” (tornándose clase media) se basaban en la mayor opulencia y en los cambios en el estilo de vida de los obreros manuales.
Las similitudes en las pautas de consumo, sin embargo, pueden esconder posiciones muy diferentes en la estructura general de las relaciones de poder y privilegio en la sociedad. En general, el estatus es, por definición, subjetivo y refleja las actitudes de los individuos hacía la sociedad y hacia los otros individuos. Por consiguiente, es poco útil para explicar los cambios sociales, sobre todo cuando éstos afectan a diversos grupos de personas que adoptan actitudes diferentes. ¿Cómo puede el concepto de estatus ayudar a comprender las razones que llevaron a los maestros y a las enfermeras (que se consideraban a sí mismos como “profesionales humanitarios”), a fines de los años 60 y en los 70, a aceptar una cada vez mayor participación en las organizaciones sindicales colectivas, en movilizaciones sindicales y hasta en huelgas? Se mire como se mire, no puede darse mucha credibilidad a un concepto de clase según el cual los Estados Unidos son una sociedad menos clasista que la de Gran Bretaña, debido a que en ese país los rituales de privilegio de los ricos y poderosos no son tan visibles, ni están tan desarrollados. El estatus es un concepto totalmente idealista que no sirve para analizar la sociedad.
La ocupación es otro factor que el sentido común identifica como útil para la definición de clase. En este caso, la clave para determinar la posición de clase del individuo es el tipo específico de trabajo que realiza. El mejor ejemplo de este enfoque son las investigaciones oficiales sobre la estructura social. En Gran Bretaña estas investigaciones utilizan la clasificación de las ocupaciones establecida por el Registro General, según la que se identifican amplias categorías ocupacionales tales como ocupaciones manuales y de “cuello blanco”. Gran parte de los datos empíricos sobre la clase social identifica a ésta con la ocupación. Este enfoque merece nuestra atención, entre otras razones, porque los estudios que lo adoptan tienden a identificar a la clase trabajadora con quienes realizan ocupaciones manuales. Debido a que, en las sociedades capitalistas avanzadas, el número de personas en ocupaciones manuales constituye una proporción cada vez menor de la mano de obra, puede fácilmente pensarse que la clase trabajadora está desapareciendo.
El definir la clase social según la ocupación tiene, por lo menos, el mérito de contemplar las realidades materiales del mundo laboral. No obstante, este enfoque obvia los antagonismos intrínsecos que enfrentan a los diferentes grupos sociales dentro del sector productivo. Es así que algunos expertos en Ciencias Políticas consideran que uno de los mayores éxitos de los Tories ha sido recabar el apoyo de los trabajadores manuales cualificados. Después de las elecciones de 1987, Ivor Crewe compiló las estadísticas acerca del creciente número de votantes del Partido Conservador entre este grupo de trabajadores: en 1974, 31%, en 1979, 45% y en 1987, 43%, lo cual daba al Partido Conservador una ventaja de 9 puntos sobre el Partido Laborista. La conclusión a la que llegó Ivor Crewe fue que: “Éste es el testamento más apabullante del Thatcherismo que pueda haber”. Pero la categoría de “trabajadores manuales cualificados” abarca a los capataces, a los trabajadores manuales autónomos y a los pequeños empresarios. Es decir que se sitúan en una única categoría a grupos de personas cuyos intereses son diferentes, e incluso antagónicos, a los intereses de aquellos trabajadores manuales quienes, independientemente de su nivel de cualificación, dependen de la venta de su fuerza de trabajo para su supervivencia.
Para que esta amplia categoría sea útil es necesario establecer cuales son los diversos grupos que la constituyen, ya que es probable que éstos difieran mucho en su conducta social y política.
Algo similar ocurre con la categoría “trabajadores de cuello blanco”. ¿Qué tienen en común el consejero delegado y el personal auxiliar administrativo de una gran empresa?
Este es un tema importante debido a que el incremento de la proporción de trabajadores de “cuello blanco” en la población activa se ha visto acompañado por un aumento de la actividad sindical de estos sectores. En el período posterior a la derrota de la gran huelga de los mineros en 1985, los maestros y los funcionarios se opusieron más activamente a las políticas del gobierno, encabezado por Margaret Thatcher, que grupos de trabajadores manuales con una tradición de mayor militancia, tales como los trabajadores de la industria mecánica o de la automovilística. En palabras del marxista estadounidense Stanley Aronowitz, “la etiqueta ‘cuello blanco’ presupone que existe una diferencia esencial entre la estructura laboral de la fábrica y la de la oficina. Se trata de una categoría derivada de la ideología social y no de las ciencias sociales”. Toda clasificación de la mano de obra por tipos de ocupación esconde los conflictos fundamentales que existen en la sociedad capitalista.
El tercer concepto de sentido común identifica la clase por los niveles de ingresos. A menudo, esto conduce a esgrimir argumentos sorprendentemente ingenuos y torpes, tales como que el aumento del nivel de vida socava la militancia de clase. Es así que Gavin Kitching declaró hace poco tiempo que salarios brutos de sólo 30.000 pesetas por semana para un trabajador manual, y de 24.000 pesetas para un trabajador no manual representan “una significativa participación material en el sistema” (!). En Trabajo asalariado y capital, Marx argumenta que el análisis de clase no contempla los niveles absolutos de ingresos sino los ingresos relativos que son los que reflejan cual es la distribución de la riqueza en la sociedad. En 1985, por ejemplo, los ingresos semanales de una familia perteneciente al 10% de las más pobres en Gran Bretaña eran de 10.000 pesetas, mientras que los de una familia perteneciente al 10% de las más ricas eran de 84.000. La “participación material en el sistema” de estos dos grupos es, claramente, muy diferente. Los conflictos de intereses, que se derivan de esta situación, quedaron reflejados en el período de 1979-1985. En esos años, los ingresos netos de un quinto de los asalariados mejor pagados aumentaron 11,6%, en tanto que un quinto de los asalariados peor pagados sufrieron un recorte de 2,9% en sus ingresos netos.
Sin embargo, incluso la distribución de los ingresos no es una guía perfecta para entender las razones del conflicto de clases. Los ingresos relativos de un individuo no explican de qué manera accede a su proporción del producto social. Hay, en primer lugar, una diferencia fundamental entre diferentes tipos de ingresos, y sobre todo, entre los salarios y los beneficios. Un gran accionista de una empresa cuyo salario son los dividendos que recibe de los beneficios obtenidos por la empresa, y un trabajador manual semicalificado, viven en mundos diferentes. Incluso entre los asalariados hay diferentes posiciones de clase. El trabajador manual, cuyo salario es alto gracias a la organización sindical en la fábrica, es un empleado; también lo es el licenciado universitario que ocupa un puesto directivo, y cuyos altos ingresos reflejan su posición en la jerarquía por encima de los trabajadores manuales y del personal auxiliar administrativo. Pero, ¿pertenecen a la misma clase?
Marxismo y lucha de clases

Para responder a esta pregunta hay que abandonar los tres enfoques de sentido común que hemos señalado. En los tres casos se considera la estructura social como una escalera en la que los diferentes grupos sociales tienen una posición social, por encima o por debajo de los otros grupos, según su estatus, ocupación o ingresos (algunas ambiciosas teorías sociológicas consideran que los tres factores juntos son determinantes). El marxista estadounidense Erik Olin Wright sostiene que los conceptos de clase que se basan en estas “detalladas diferenciaciones son ‘estáticos’”. Wright agrega que: “tales conceptos pueden servir para clasificar a las personas en términos de la distribución de las recompensas materiales que reciben, pero no son válidos para identificar a las fuerzas sociales dinámicas que determinan y transforman esa distribución”.1
La teoría marxista de las clases sociales, por el contrario, es parte de un intento más amplio dirigido a entender los procesos a través de los cuales los seres humanos construyen y transforman las sociedades en las que viven. Los cambios históricos dependen del desarrollo de las fuerzas productivas, de los medios materiales de producción y del elemento humano que las pone en marcha para satisfacer las necesidades sociales. Las relaciones de producción y las relaciones sociales que los seres humanos establecen a partir de ellas estimulan o restringen el crecimiento del poder productivo de las personas.
La sociedad de clases surge cuando una minoría adquiere un control suficiente sobre los medios de producción como para obligar a los productores directos (esclavos, campesinos o trabajadores) a trabajar no sólo para si mismos, sino también para la minoría explotadora.
De esta concepción de la historia se desprende que la posición de clase de las personas está determinada por el lugar que ocupan en las relaciones de producción. La mejor definición de clase que adopta este enfoque es la del historiador marxista Geoffrey de Ste Croix:
La clase (que es esencialmente una relación), es la expresión colectiva de la explotación, de la manera en que la explotación está enraizada en una estructura social. La explotación es la apropiación por parte de unos de una porción del producto del trabajo de otros…
Una clase (una clase específica) es un grupo humano que dentro de una comunidad se identifica por la posición que ocupa en el sistema general de producción social. Este grupo se define, sobre todo, por su relación con las condiciones de producción (fundamentalmente por su grado de propiedad o de control de los medios de producción y del trabajo productivo) y por su relación con las otras clases.2
La definición marxista de la clase social tiene una serie de características que la diferencian de otras definiciones.
En primer lugar, se define a la clase social como una relación. La posición de clase del individuo depende de su relación, como miembro de un grupo social, con los otros grupos sociales y no, como sugieren los conceptos de sentido común mencionados anteriormente que se basan en otros factores (en el estatus, la ocupación, etc.), de la posición que ocupe el individuo en la jerarquía social.
En segundo lugar, esta relación es antagónica: la clase dominante minoritaria que controla los medios de producción se beneficia de la plusvalía del trabajo los productores directos. Por consiguiente, el concepto de clase es inseparable del de lucha de clases, una lucha que enfrenta a explotadores y explotados. En tercer lugar, la relación antagónica se desarrolla en el proceso de producción: la explotación y la lucha de clases son el resultado de los intentos realizados por la clase dominante para controlar los medios de producción y el trabajo mismo de los productores directos.

Por último, la clase es una relación objetiva. Al contrario de lo que sostienen quienes se valen del estatus para definir la clase social, ésta no depende de actitudes subjetivas por parte del individuo. La clase depende de la posición que ocupe el individuo en las relaciones de producción, independientemente de sus opiniones al respecto. Aunque un obrero de la industria automovilística considere que pertenece a la clase media, no deja de ser un asalariado explotado por el capital.
Wright lo resume así: “las clases en la teoría marxista (…) se definen por la posición que ocupan en las relaciones sociales de producción, la producción se considera, sobre todo, un sistema de explotación”.3 Con esta definición de clase social se puede analizar mejor los procesos mediante los cuales los seres humanos transforman la sociedad. En otras palabras, la concepción marxista de las clases forma parte de una teoría dinámica. Su objetivo no es etiquetar las posiciones existentes en unas jerarquías sociales inmutables, sino comprender como las relaciones que mantienen grupos humanos con las fuerzas productivas y con otros grupos, les otorgan el poder para, colectivamente, escribir la historia.
El antagonismo fundamental que rige las relaciones entre las clases en la sociedad capitalista es el que existe entre el capital y el trabajo asalariado. Este antagonismo se deriva de la extracción de la plusvalía del trabajador en el proceso de producción. En El Capital Marx explica que la clase trabajadora está compuesta por aquellos que, al carecer del control de los medios de producción, se ven obligados a vender su fuerza de trabajo a la clase capitalista que es la que posee los medios de producción. La cuestión ahora es saber si las transformaciones del capitalismo, en el siglo que ha transcurrido desde la muerte de Marx, hacen que el antagonismo de clase en la estructura social del mundo moderno, entre el capital y el trabajo asalariado, sea cada vez menos relevante.
Hay dos temas de suma importancia para tratar esta cuestión. Primero, desde el comienzo del siglo XX, se advierte una tendencia a largo plazo al incremento del número de trabajadores de “cuello blanco”, y a la disminución del de trabajadores manuales en la composición de la mano de obra. ¿Significa esto que se hay producido un aburguesamiento (es decir, un aumento de la clase media)?
Nosotros sostenemos que, una vez establecido que el lugar que el individuo ocupa para definir cuál es su posición de clase, es necesario distinguir entre tres grupos de trabajadores de “cuello blanco”:
, un grupo minoritario de estos trabajadores que son miembros asalariados de la clase capitalista y que participan en la toma de decisiones de la que depende el proceso de acumulación de capital;
, un grupo mucho más amplio de trabajadores con altos ingresos, la llamada “nueva clase media”. La mayoría de estos trabajadores desempeñan cargos directivos o de supervisión, y ocupan una posición intermedia entre la clase capitalista y la clase trabajadora;
, el resto de los trabajadores de “cuello blanco”, la mayoría, que desempeñan cargos administrativos auxiliares, y cuyo control sobre su propio trabajo es tan limitado como el de los trabajadores manuales y sus ingresos, a menudo, más reducidos. La conclusión fundamental a la que llegamos mediante este análisis es que el aumento de este tercer grupo representa una expansión, y no una disminución, de la clase trabajadora.
Otro tema que ha incidido en la discusión acerca de la naturaleza del trabajo de “cuello blanco” es el de la “desindustrialización”. ¿Han desatado las continuas recesiones económicas que se han producido a nivel mundial, desde principios de los años 70, un proceso de “desindustralización” que esté eliminando a la clase trabajadora de Occidente?
La clase trabajadora vive y lucha

La distribución ocupacional específica de la clase obrera siempre ha reflejado la estructura de acumulación de capital. En los tiempos de Marx, el grupo mayoritario de trabajadores asalariados lo constituían los sirvientes domésticos. Incluso en el sector industrial, la manufactura mecanizada, método capitalista por excelencia de producción a gran escala mediante la utilización generalizada de maquinaria, que Marx analizó a fondo en el primer volumen de El Capital, estuvo poco extendida durante gran parte del siglo XIX. Este método lo utilizaban, sobre todo, las industrias más avanzadas de la época, en particular la industria algodonera de Lancashire. Raphael Samuels observa que: “gran parte de las empresas capitalistas en el sector manufacturero, así como en la agricultura o en la minería, se organizaban con tecnologías manuales más que con las de energía a vapor”. La producción mecanizada no se generalizó durante el período de la Revolución Industrial, sino después, a finales del siglo XIX y a comienzos del siglo XX, con el desarrollo, especialmente en los Estados Unidos, de la producción en cadena.
La clase trabajadora nunca ha tenido una estructura ocupacional fija, sino que ésta ha cambiado conforme han cambiado las necesidades de la acumulación de capital. Las crisis pueden considerarse períodos de reorganización y de reestructuración durante los que se abandonan los sectores ineficientes, se absorben y los capitales más eficientes ocupan su lugar. La clase trabajadora misma participa en este proceso en el que desaparecen ciertos trabajos y se crean otros. Con frecuencia, se deduce que estos cambios significan la destrucción de la clase obrera, en lugar de interpretarlos como una reorganización que responde a los cambios producidos en el sistema capitalista. En la crisis actual únicamente se ha producido una nueva reorganización de la clase trabajadora. Es particularmente importante acabar con el mito, ampliamente propagado por comentaristas burgueses de los que se hacen eco sectores de la izquierda, de que una brecha profunda e irreversible está abriéndose entre un “núcleo” de trabajadores permanentes y privilegiados y una “periferia” de trabajadores eventuales y a tiempo parcial, identificados como la nueva “clase de servidores”.
Siempre habrá quien lo proclamará, en periodos en que la clase trabajadora misma está a la defensiva, que se está produciendo la desaparición de esta. Tales argumentos los esgrimen quienes pretenden justificar su propia capitulación política ante el orden existente. Thomas Cooper, uno de los líderes de los Cartistas, el primer gran movimiento trabajador que se produjo entre los años 1830 y 1840, dijo en 1872 que el gran boom económico de mediados del siglo XIX había transformado completamente a la clase trabajadora:
Cierto es que antaño, en la época de los Cartistas, miles de trabajadores de Lancashire iban cubiertos de harapos y que, a menudo, muchos no tenían que comer. Pero su inteligencia se demostraba por doquier. Se veían grupos de trabajadores debatiendo la importante doctrina de la justicia política según la cual todo adulto, en su sano juicio, debería tener, derecho al sufragio en la elección de los hombres que debían establecer las leyes que los gobernarían; o se debatía con suma seriedad acerca de las enseñanzas del socialismo. Grupos así ya no se ven en Lancashire. Pero si se ven trabajadores bien vestidos, con las manos en los bolsillos, que hablan de las cooperativas y las acciones que en ellas poseen, o de las cajas de ahorro para la construcción de viviendas.4
Para entonces, Thomas Cooper había dejado de ser parte del movimiento obrero revolucionario y había abrazado el liberalismo gladstoniano5. La mezcla de nostalgia y auto complacencia con la que Cooper describe la muerte de la clase trabajadora es idéntica a la que utilizan publicaciones de la izquierda actualmente. Ahora se dice que los temas de conversación son las acciones en la compañía de telecomunicaciones de Gran Bretaña, o los videos, mientras en los años 50, los sociólogos y el ala derechista del partido laborista dieron gran importancia a la compras a plazos y al incremento en el número de coches en propiedad. A menudo han sido los mismos trabajadores supuestamente “opulentos”, producto de un periodo de restauración, los que se han convertido en líderes de un nuevo resurgimiento de la lucha de clases. La “aristocracia obrera” de Cooper (los mecánicos cualificados de la era victoriana en Inglaterra), se transformó a principios del siglo XX en la vanguardia del movimiento obrero organizado y militante.
Otros movimientos obreros más avanzados existían entre los obreros de la industria del metal en Petrogado, Berlín y Turín. En los años 30 y 40, los mecánicos semicualificados de las nuevas fábricas de automóviles y de aviones estructuraron la poderosa organización de representantes sindicales que entre 1970 y 1974 derrotó al gobierno conservador de Edward Heath
Es imposible pronosticar qué formas adoptará el nuevo resurgimiento de las organizaciones, de las luchas de la clase trabajadora. No obstante, es indudable de que la lucha de clases se acentuará. Las profundas contradicciones en las que se debate el capitalismo mundial desembocarán, inexorablemente, en convulsiones sociales. Sin embargo, no es seguro que el resultado de las luchas sea la derrota del capitalismo. Eso dependerá de cuales sean las políticas que tengan influencia en el movimiento obrero cuando se dé el enfrentamiento. Es también indudable que la socialdemocracia derechista, para la que la lucha de clases no es ni posible ni deseable, conducirá al movimiento obrero a nuevas derrotas, si mantiene su predominio entre los trabajadores.
Por consiguiente, a través de nuestro análisis llegamos a una simple conclusión práctica: es esencial que exista una organización socialista revolucionaria, que considere las luchas colectivas del movimiento obrero como la base para la derrota del capitalismo y para la construcción del socialismo, a fin de salir de la crisis actual.
*Alex Callinicos es miembro del SWP y escribe habitualmente en su periódico, Socialist Worker. Es Director del Centro de Estudios Europeos en King’s College London. Sus publicaciones en castellano incluyen Racismo y Clase y Estados Unidos: Imperialismo y guerra (disponibles en http://www.enlucha.org), además de Un manifiesto anticapitalista, Contra el postmodernismo y Los nuevos mandarines del poder americano.
Notas
1. E. O. Wright, Class structure and income determination, Nueva York, 1979, pp. 7-8. Ver también G. E. M. de Ste Croix, The Class Struggle in the Ancient Greek World, Londres, 1981, pp. 90-91.
2. Ste Croix, pág. 43.
3. Wright, pág. 17.
4. Citado en T. Rothstein, From Chartism to Labourism, Londres, 1983, pp. 183-184.
5. Doctrina política que propugna el libre mercado y la mínima intervención del gobierno. El nombre proviene de Gladstone, líder del Partido Liberal en la segunda mitad del siglo XIX. [N.E.]

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