jueves, 30 de enero de 2014

TRES FORMAS DE NO MORIR ASESINADO EN UNA BALACERA Y UNA BALA DE GOMA

En 2013 se registró un homicidio cada hora. 10 mil 95 homicidios durante todo el año. La violencia, como enfermedad social, le cuesta a México entre el 8 y el 15% del PIB. Hace algunas noches frente a mi casa se desató un enfrentamiento entre pandillas; no vivo en el norte del país ni en los convulsionados Michoacán y Guerrero, vivo en la ciudad de México. Asombrosa y afortunadamente ningún disparo hizo tino. Cuando la policía llegó junto con ambulancias no encontró heridos. Yo estaba asomado desde mi quinto piso observando el transcurso de la pequeña guerra.
1.- Comía en un restaurante en Zacatecas en donde me encontraba de vacaciones, las mesas del lugar eran de color café y las sillas estaban tapizadas con imitación de piel en color rojo. Las paredes del lugar eran rojas, blancas y ocre, y fungían de espacio galería. Cada cuadro enmarcaba un estilo diferente, le pregunté al mesero si la obra expuesta pertenecía a un solo autor, era colectiva, o era la colección del establecimiento, pero no me supo responder. En cambio, lo noté nervioso. De inmediato lo llamó el barténder. De golpe subió el volumen de la música con que amenizaban la hora de la comida, la música era griega o turca o balcánica. Más tarde escuché sirenas. En la acera de enfrente del comercio se estacionaron dos camionetas negras y una ambulancia. Las camionetas tenían distintivos de policía federal. Le pregunté al mesero qué había pasado. En voz baja me dijo que hace rato había habido una balacera. Qué tanto rato, dije. Hace rato cuando usted me preguntó por las pinturas. Al día siguiente, más menos, me informé que por esa avenida habían perseguido a un fulano y le habían metido una decena de tiros, el fulano alcanzó a responder con otros tantos, sus rivales huyeron. En la acera tendido bocabajo fue recogido por los federales. Mientras yo preguntaba por los cuadros, sin escuchar los tiros, absorto y puede que ensimismado.
2.- A Marco Fonz lo conocí por medio de Tonatihu Mercado, que me lo presentó en una feria del libro. Antes, lo había visto en una reunión de la AEM en La Pirámide. No conozco su obra. Lo más cerca que estuve de él fue a través de una discusión vía correo que llegaba a una lista de yahoo entre posiciones burocráticas, trincheras poéticas y éticas estéticas. En esa discusión percibí que Marco era un apasionado de las discusiones; luego presencié alguna otra disputa en foros de escritores donde él siempre estaba al ataque. No tengo una opinión de él, ni me corresponde.
De alguna forma pienso que asistimos al suicidio de Marco vía facebook, como otros usuarios, el poeta transmitía su pena en directo (un mensaje que circuló en inbox solicitaba ayuda para impedir que Fonz cumpliera su autosentencia). Una muerte en facebook es más real. El mejor ejemplo del poder de la red social lo otorga el fenómeno del pánico en el oriente del DF cuando rumor a rumor se esparció que La Familia Michoacana estaba quemando comercios y tomando prisioneros. O el reciente caso de la nota de una joven anarquista que supuestamente habría sido asesinada en un paraje boscoso, y que resultó un fake. No había hordas de narcotraficantes y sicarios tomando al DF (no como hordas), y tampoco la joven anarquista existía (su perfil fue tomado de una mujer chilena, incluidas fotografías, de otra red social para crear la falsa noticia). Los feisbuqueros sostuvieron la veracidad de ambos hechos solo porque estaba en facebook.
Marco Fonz renunció a participar de las cifras de decesos causados por el ambiente de violencia que se vive en México, y prefirió como escenario el sur más austral que pudo encontrar. Aunque para que no olvidáramos que él también es mexicano, nos tuiteó algo así como: oigan, me estoy muriendo. Todas nuestras muertes serán tuiteadas cuando alguien envíe un tuit que diga: van 150mil asesinados entre el sexenio pasado y el vigente.
3.- Viví en una colonia en el poniente de la ciudad, alrededor de un año. En un lapso de tres meses la pandilla de mi colonia y la pandilla de la colonia vecina enfrentaron sus venganzas a través de la ley del talión. En doce semanas fueron asesinados seis jóvenes de mi colonia y seis jóvenes de la otra colonia. Cada asesinato fue repetición del anterior. El primero, un chico menor de edad camina de su casa a la tienda de la esquina y de un automóvil en movimiento recibe una ráfaga. Su nombre es Víctor Hugo y lo conozco porque él y sus hermanos comandan a la pandilla local. En las semanas siguientes sus dos hermanos también serán rafagueados. Al cabo de esa ruleta rusa territorial, interviene la policía y detiene a algunos miembros de ambas pandillas. Los que no son detenidos huyen al norte del país y al sur de los Estados Unidos. De todas esas muertes solo una es anunciada en el periódico, en La Prensa (el periódico que dice lo que otros callan). Me pregunto si los otros once cuentan para las estadísticas judiciales o del INEGI; o como se supone que en el D.F., no hay crimen organizado, entonces no hay muertes por violencia, no hay baleados, no hay ajustes de cuentas, no hay ciudadanos, no hay siquiera gente.
4.- No leí a José Emilio en la secundaria ni en la preparatoria. Hay dos instantes que me revelan su literatura. El primero es una librería de viejo sobre Donceles donde laboré tres meses. El segundo es la barra de la Cocina de Nora. Leí Las batallas en mis ratos libres del trabajo, que eran varios. Y lo saqué de ahí al menos tres veces, no recuerdo en cuánto lo vendí. A Nora le gustaba José Emilio. Y tenía un par de libros de él en la barra de su cocina. En mi cabeza los nombres de Pacheco y Nora son indisolubles.
En el tuiter leo versos del poeta que son posteados por sus lectores. Me imagino que con capturas de pantalla podrían reconfigurarse sus poemas. Los versos son arrancados de sus textos originales y vertidos en lo efímero de la time line. Leo a @baronesarampant que dice: «Si se van los poetas ¿Quién acariciará el mundo?» Se van los poetas y se van sus palabras, se van las palabras que no tuvieron tiempo de acuñar, porque las que están en los libros se quedan y permanecen en la memoria del lector. Pienso en cuántas de sus palabras extrañaremos y qué orden repetiremos en la memoria para no olvidar sus versos. Tuitea otra vez @baronesarampant: «Que se mueran los poetas es casi una señal del apocalipsis. Se nos mueren las palabras, las más bellas de ellas.»
Cada que se muere un escritor, o un representante de una disciplina artística, y la gente lo lamenta y llora, me digo lo mismo, lo más natural de la vida es la muerte. Máxime cuando quien muere rebasa los 60 años, cosa que se me hace antinatural. No soy de esos que lamentan el deceso de alguien viejo; celebro que hayan vivido, que hayan estado en el mundo de la manera en que lo hicieron. Celebro que José Emilio no haya sido alcanzado en una balacera por un tiro cuando era niño o joven como tanta gente en el norte del país. Celebro sus letras y espero que descanse en paz en el desierto que no conocemos que es lo eterno, y que no haya sido asesinado en las batallas que se dan en los desiertos de este país donde cada vez estamos más solos.
5.- Sicarear o sicariar, ¿cómo se conjuga el verbo que se desprende del sustantivo sicario? Leo un artículo sobre sicarias: mujeres jóvenes que son reclutadas para asesinar. Nuevas femmes fatales con acento norteño. Las chicas que caminan en zancos, por fin es desvelada mi duda, ¿quiénes eran aquellas chicas que veía en distintos puntos de ciudades y poblados norteños con características particulares que parecían invisibles para los demás nortenativos? En el artículo entrevistan a tres mujeres jóvenes (y no jóvenas) que purgan sentencia por haber sido asesinas, sicarias, que trabajaban sicareando para cárteles y bacrims de la frontera. Sus ráfagas también cuentan dentro de los números de esta guerra. Una de ellas dice que como sicarias son diferentes a los sicarios porque la mujer piensa antes de actuar y el hombre solo actúa. De repente me da por pensar que sus asesinatos son más reflexivos, y puede ser que menos violentos.
6.- Reviso el catálogo de Editorial Foc para elegir los libros que reseñaré, me he comprometido con tres reseñas. En la sección de lírica veo el nombre de Sergio Loo y su libro Sus labios brazos en mi boca rodando. Lo escojo y le envío el correo a Anuar Zúñiga para que me envíe el archivo del poemario.
En uno de los festivales del Chilango Andaluz me presentaron a Sergio Loo. Coincidí luego con él en otros lugares vinculados al quehacer de la literatura. Compartimos amigos, algunos espacios, pero solo nos saludábamos, supongo que reconociéndonos.
En la mañana enciendo la computadora, reviso tuiter y facebook, un camino de pésames va recorriendo el time line. Sergio era muy joven y estaba condenado. El hecho me impacta, me deja en silencio. No está bien que tan pronto haya tantos poetas muertos. Pacheco, Fonz, Gelman, Loo. Pienso que lo de Loo fue lo más injusto, pero no alcanzo a explicarme porqué valoro que las otras muertes son más justas, o no tan injustas.
«Su cuerpo no era lo importante», dice Loo en el poema del mismo título, de su libro Sus labios brazos en mi boca rodando. Que el cuerpo no sea lo importante es un grave consuelo para el que no puede poseer el otro; para quienes no veremos más a Loo es igual de grave y por eso lo sentimos. Más adelante, el poema IV, dice: «Recuéstate cierra los ojos para que con los ojos cerrados dormido te calque y no conozcas nunca los atónitos rostros de la gente que de ahora en adelante al verte se preguntará por la veracidad de tu gravitacional dulzura». Recostado Loo en la tierra del mundo, se pasea con sus palabras y letras, dulce pero ya no asido a la gravedad, sino como al enunciar los sonidos del habla, volátil.
Cuando muere un poeta se hace deíctico, porque aunque no se tenga una referencia física de él, sus versos van para siempre unidos a su persona. En ese sentido la forma de estar de Loo, ahora que no lo vemos, es las palabras que nos deja.
7.- Cuando veo las imágenes en video de las protestas ciudadanas en contra el proceder del Estado en México, pienso en la épica. Una vez en la Facultad de Filosofía y Letras en clase de Literatura Medieval (no recuerdo si ese era el nombre exacto de la asignatura) pensé que para volver a escribir poemas épicos tendría que recurrir al pasado. Pensé que no nos quedaba ninguna épica para contar. Pero erré. La nueva épica estaba siendo contada a través de los corridos; y un tipo de épica en específico, estaba narrada en los narcocorridos: una narcoépica.
La batalla que sostiene la ciudadanía en contra de un Estado totalitario que busca someter la opinión pública, también podría enmarcarse dentro de una épica. No todo es Age of empires. Podemos contar de héroes y tiranos, de vencedores y vencidos, escribiendo poemas octosílabos acerca del 1º de diciembre de 2012. El día que Kuykendall recibió un impacto con bala de goma y que posteriormente, más de un año después, ocasionó su muerte. Kuykendall fue ejecutado extrajudicialmente por el Estado. Los responsables responden a los nombres de Enrique Peña Nieto y Miguel Ángel Mancera.
Kuykendall suscribió la Sexta Declaración de la Selva Lacandona. Era compañero de los zapatistas, porque ellos entre sí responden al nombre de: compañero. El poder en el gobierno aparte de asesinar a los civiles económica y socialmente, emplea sus fuerzas para desarticular a la sociedad organizada, y en simulacros de enfrentamientos utiliza tanquetas, gases lacrimógenos, toletes y balas de goma para someter la indignación de las personas. Kuykendal murió porque el gobierno así lo dispuso. El Estado es el invasor que pretende conquistar la libertad, voluntad y fuerza de una masa de ciudadanos que aparentemente no responden a estos choques eléctricos disfrazados de balas de plomo.
PS.- Cada año que transcurre puede ser resumido un menos de 140 caracteres: «2013, 10mil 95 homicidios #México»; «2014? homicidios #México».
-Cuando un poeta muere pienso que es como si nos pasara rozando una bala, que tal vez eso habrán sentido los zapatistas con el asesinato de Kuykendall. Tal vez eso sintamos todos en un rincón de nuestra mente cada que asistimos a la plana de un periódico o un noticiario que informan sobre un nuevo asesinato producto de esta guerra. Porque la poesía poesía y la gente es más importante que la poesía. La muerte de los poetas beneficia a las editoriales. La poesía no importa. Como dice el poeta Javier Raya: «(…) el que exista una industria cultural pues te hace creer que lo que haces es muy importante, pero si te pones a pensarlo y desapareciera todo lo que hiciste, todo lo que se supone que has hecho, el mundo no cambiaría mucho, nadie se daría cuenta, menos en poesía».
-Una vez en una manifestación vi un #tuitcallejero que decía: «cada muerte es un fin del mundo». Y sí, todas las mañanas asistimos a fines del mundo, y eso duele.