viernes, 25 de octubre de 2013

Los nuevos bárbaros y el lenguaje de la polis. (Basado en: Barbari. L’insorgenza disordinata).

Por Rafael Camacho y Raúl Castro.

 Se reprochará a los jóvenes el uso de la violencia. ¿Pero no nos encontramos en un eterno estado de violencia?
- George Büchner

Los coches cruzados en la calzada detendrán el paso de la banda uniformada, se oyen las sirenas, llueven las pedradas, el fuego iluminará la madrugada
- La danza de los nadie

EL LENGUAJE DE LA POLIS.

Etimológicamente el termino bárbaro indica al extranjero proveniente de otro país que, no conociendo el lenguaje de la polis, era incapaz de entender y se expresaba balbuceando. Históricamente, indica un individuo que se distingue por la ciega violencia devastadora, por la salvaje rudeza. Bárbaro es aquel que no habla la lengua de la ciudad-Estado, así como aquel que se desata con furor, es decir, el que no actúa con civilitas entendida esta como las normas de gobierno, economía y cultura establecidas para el funcionamiento de la polis.

En realidad existe un profundo vínculo entre la carencia de un lenguaje común y la manifestación de un inexplicable comportamiento errático, violento. En una convivencia, una lengua común permite a las distintas partes conocerse, conciliar las diferencias, encontrar un acuerdo. En caso de conflicto permite a los adversarios distinguir entre amigos y enemigos, limitando el uso de la fuerza.

La documentación del término bárbaro sirvió desde los primeros tiempos para identificar y construir un “nosotros” y un “ellos”, los otros distintos; un dentro y un afuera. Además, el bárbaro venía considerado un enemigo no convencional, por su carácter nómada y las incursiones irregulares. Muchos encuentran en la figura del bárbaro la raíz histórico-jurídica de la figura del terrorista, del guerrillero y de todo aquel enemigo irregular, es decir, no perteneciente a un ejército “regular” o de leva, por lo tanto, de difícil identificación.

El lenguaje de la polis es conocido por la mayoría de sus habitantes: ley, justicia, estado de derecho, partido, elecciones, reforma, mercado, dinero, productividad, son algunos de los términos con que los poderes y emisarios del Imperio, así como los habitantes se comunican e identifican cotidianamente. Al ser conocidos (no necesariamente entendidos) estos conceptos se vuelven el lenguaje oficial de la polis y de sus habitantes.

Las reglas son claras y los peligros evidentes, quien quiere comunicar con el Imperio y obtener la ciudadanía de la polis debe aprender a hablar como el Imperio, pero quien habla como el Imperio muy probablemente termina pensando como él. Aprender el lenguaje del Imperio y por consiguiente ser ciudadano de la polis conlleva la responsabilidad de guardar las costumbres y hábitos de la misma, someterse a sus leyes y respetar las reglas del juego.

La oposición también es parte de la política en el Imperio, siempre y cuando ésta acate y se conduzca dentro de las normas establecidas, las vías son claras y deben respetarse, de esta forma cualquier cambio que pueda gestarse dentro del Imperio será siempre acotado dentro de los parámetros que permita el mismo, quien no hable con y como el Imperio no tiene nada que decir, quien no actúe como y con el Imperio, estará enfermo de impotencia.

Existe también en la polis una disidencia que busca la transformación dentro del Imperio pero considera parte fundamental del proceso que éste sea reorganizado, reordenado, reorientado, redefinido o remodelado pero deja de lado el hecho de que la desmesura del Imperio no puede ser contenida en ninguna unidad de medida por muy generosa que pueda parecer o ser. Para ellos, la transformación no puede acontecer de otro modo ya que de ello depende su existencia misma.

Toda esta desmesura se vive cotidianamente. ¿Quién en su sano juicio puede negarlo? ¿Quién esta dispuesto a meter las manos al fuego por los políticos y emisarios del Imperio? ¿Quién puede legitimar al Imperio sino el Imperio mismo?

LOS NUEVOS BÁRBAROS.

Hic Sunt Leones, HSL, que significa “aquí hay Leones” era la frase que se contraponía al S.P.Q.R romano y marcaba, en los antiguos mapas, los límites del Imperio y por ende hacía referencia a una tierra “inexplorada”, en este caso África. Leones no sólo hacía referencia a los felinos que los romanos mandaban a buscar en estas tierras para las luchas de los gladiadores, sino también esclavos, bárbaros en un principio, mano de obra económica para servir al Imperio.

Pero éstos, los leones, supieron demostrar fiereza y valor para hacer frente a las legiones romanas enfrentándose en duras batallas;  pueblos que se defienden del proyecto imperial de colonización, asimilación y finalmente homogeneización; por lo tanto decir que hay leones fuera del Imperio no puede ser sino un signo de respeto y de reconocimiento.

Hoy los bárbaros ya no acechan desde la estepa oriental ni se plantan a las puertas de la ciudad asediándola. Se encuentran en su interior, habiendo nacido ahí y dada la extensión territorial que ha tenido el Imperio a lo largo de todo el planeta ya no existen las tierras lejanas desde las cuales se hacían partir las invasiones, ahora los bárbaros provienen de las filas de los mismos súbditos imperiales.

Para las orejas habituadas al idioma de la polis es fácil reconocerlos porque se expresan balbuceando, muchos bárbaros, en efecto, carecen de un lenguaje reconocible, se han vuelto analfabetos por la supresión de su conciencia individual –consecuencia del exterminio del significado llevado a cabo por el Imperio.

Si no se sabe cómo hablar, es porque no se sabe qué decir; y viceversa. Y no se sabe qué y cómo hablar porque todo ha sido banalizado, reducido a mero signo, a apariencia. Considerado una de las mayores fuentes de la revuelta, en el transcurso de las últimas décadas el significado ha sido erosionado, pulverizado, machacado, desmenuzado en todo ámbito del saber. Las ideas que interpretan e incitan a la acción transformadora han sido eliminadas y reemplazadas por las opiniones que comentan  e inmovilizan en la contemplación conservadora.

Sin embargo, donde antes había una jungla llena de peligros porque era salvaje y exuberante, se ha hecho el desierto. ¿Qué decir, y qué hacer en medio del desierto? Privados de las palabras con las que expresar la rabia por los sufrimientos soportados, privados de esperanzas con las que superar la angustia emocional que devasta la existencia cotidiana, privados de sueños a los que atender para apartar la reiteración de lo existente, muchos súbditos se barbarizan en los gestos.

Una vez que la lengua se paraliza, son las manos las que se agitan para encontrar alivio a la frustración. Inhibida de manifestarse, la pulsión hacia el gozo de vivir se invierte en su contrario, en el instinto de muerte. La violencia explota y siendo sin significado se manifiesta de manera ciega y furiosa, contra todo y todos, arrollando toda relación social.

No es una revolución, no es ni siquiera una revuelta, es una masacre generalizada llevada a cabo por los súbditos que se han hecho bárbaros por las heridas cotidianas infringidas en su piel por un mundo sin sentido.

No obstante existen otros bárbaros, de naturaleza diferente. Bárbaros en cuanto a refractarios a las palabras de orden, ciertamente no en cuanto a privados de conciencia. Si su lenguaje resulta oscuro, engorroso, balbuceante, es porque no conjuga del todo el verbo Imperial. Son todos aquellos que rechazan deliberadamente seguir el itinerario Institucional.

Tienen otros senderos qué recorrer, otros mundos qué descubrir, otras existencias qué vivir. A la virtualidad, entendida como ficción, de la tecnología que nace en estériles laboratorios, oponen la virtualidad, entendida como posibilidad, de las aspiraciones que nacen en los latidos del corazón. Para dar forma y sustancia a estas aspiraciones, para transformarlas de virtuales en reales deben arrancarle al Imperio por la fuerza el tiempo y el espacio necesarios para su realización. Es decir, deben conseguir llegar a una ruptura integral con el Imperio.

También estos bárbaros son violentos. Pero su violencia no es ciega respecto a quien golpea, sino más bien respecto a la razón imperial. Estos bárbaros, que a los ojos del Imperio no hablan y no entienden la lengua de la polis, ni quieren aprenderla, por el contrario, conocen y entienden esta lengua, pero se rehúsan a ponerla en práctica por que saben cómo actúa, homogeneiza, anula y eleva a conveniencia del Imperio.

No tienen nada qué pedir a los funcionarios imperiales, no tienen nada qué ofrecerles. Solo saben que para realizar sus deseos, sean cuales sean, deben primero quitar de en medio los obstáculos que encuentren en su camino.

Por ello están preparados para arrasar a hierro y fuego las metrópolis, con sus bancos, sus centros comerciales, sus medios de transporte, su urbanismo policial […] En cualquier momento, individual o colectivamente, a la luz del sol o en la oscuridad de la noche. Si no tienen un solo motivo para hacerlo, es porque los tienen todos.

La naturaleza de estos bárbaros no conoce la paciencia de quiénes, con la certeza de que el Imperio está gravemente herido, esperan que espontáneamente ocurra su caída. Estos bárbaros están convencidos de que es en vano esperar por la muerte del Imperio, que por encima de todo podría no ser tan evidente como pronostican algunos de sus cívicos detractores.

Además, todo hace suponer que al momento de su caída el Imperio enterrará a todos, pero realmente a todos, bajo sus escombros. Entonces, ¿para qué esperar? ¿No es mejor ir a buscar al enemigo y hacer todo lo posible por deshacerse de él?

Resulta inútil asustarse ante sonidos guturales y gestos imprudentes. Es inútil proponer mediaciones a quienes buscan lo imposible. Es inútil implorar libertad a quien impone esclavitud.

¿Cuál es el temor del Imperio a que palabras llenas de significado como pueden ser anti patriarcado, acción directa, solidaridad, apoyo mutuo, respeto, anti especismo, horizontalidad, irrumpan en el lenguaje de la polis cuestionando el vacío de los conceptos mediante los cuales se comunican los poderes y habitantes de la polis?.

Habiendo nacido y crecido bajo el yugo imperial, sin haber tenido nunca la posibilidad de experimentar modos radicalmente diferentes de vivir, no es posible imaginar un mundo distinto sino en términos negativos, como un mundo sin dinero, sin ley, sin trabajo, sin tecnología y sin todos los innumerables horrores producidos por la civilización capitalista.

Porque un mundo distinto ha de ser un mundo del todo desconocido, un mundo por explorar, por crear. Un mundo por fantasear.

Basado en: Barbari. L’insorgenza disordinata. Crisso y Odoteo. Edizioni NN. 2002.