miércoles, 31 de julio de 2013

LA FUERZA DE LOS FUERTES (Breve Cuento Comunista de Jack London, texto íntegro, fragmento de audiolibro)

Publicado en Constructores de la Revolución: De la crítica a la ciudad de clases, hacia la construcción de una sociedad sin clases
 
Las parábolas no mienten,
pero los mentirosos las utilizan.
Lip King
“La fuerza de los fuertes”, es un relato cautivador y entretenido, que atrapa al lector. En él, relata los avatares de una tribu prehistórica, de forma no realista, pero deslizando una explicación del porqué de las distintas instituciones que se formaron a lo largo de la historia en las sociedades divididas en clases. El relato explica el origen de las leyes, la invención del comercio, del trabajo en equipo, de la defensa conjunta, de la sociedad urbana, del dinero, de la religión, de la casta gobernante, de los abusos del poder, etc. “La fuerza de los fuertes” es una obra excelente, de lectura fácil y que deja repicando montones de debates.
Escucha el audiolibro:
 
El viejo Barba-larga hizo una pausa en su relato, chupó sus dedos llenos de grasa y los limpió sobre su costado dejado al descubierto por el fragmento usado de piel de oso que constituía su único vestido. En cuclillas, le rodeaban tres jóvenes, sus nietos. Corre-gamo, Pelo-de-zanahoria y Cagueta-de-noche. Todos se parecían mucho, míseramente vestidos con pieles de animales, delgados, caderas estrechas y piernas torcidas, pero con amplios pechos, brazos musculosos y manos enormes. El pelo les salía abundante por el tórax y las espaldas, así como por las partes exteriores de los brazos y las piernas: de sus cabezas acolchadas por una cabellera virgen se escapan a cada instante largos mechones que caían delante de sus ojos, pequeños, negros y brillantes como los de pájaros de presa; sus órbitas estaban juntas, sus pómulos separados, sus maxilares inferiores eran prominentes y masivos.
Bajo la bóveda estrellada, se escalonaban cadenas de montañas cubiertas de bosques. Muy lejos, el reflejo de un volcán enrojecía el cielo; detrás de ellos se entreabría la obscura caverna, de donde soplaba una corriente de aire intermitente. Delante de ellos, muy cerca, ardía una hoguera, al lado yacía el cuerpo medio devorado de un oso, que vigilaban a distancia varios perros grandes y semejantes a lobos. Cada hombre había puesto cerca de él su arco, sus flechas, sus mazas, y en el orificio de la caverna estaban apoyadas varias jabalinas rudimentarias.
–Así es como dejamos la caverna por el árbol –resumió el viejo Barba-larga. Y se echaron a reír como niños grandes al evocar una vieja historia. Barba-larga hizo lo mismo y el amuleto de hueso de diez centímetros que atravesaba el cartílago de su nariz se le movía, dando más ferocidad a su fisonomía. Naturalmente la frase no se parece apenas a la serie de sonidos animales que salieron de su boca y que significan lo mismo.
–Y este es mi primer recuerdo del Valle del Mar –continuó Barba-larga–. Éramos una banda de tontos que ignorábamos el secreto de la fuerza: ya que cada familia vivía sola y se las arreglaba por su cuenta. Eran unas treinta, pero no se entendían entre ellos, no se visitaban y se temían mutuamente. En la cima de nuestro árbol construimos una choza de cañas sobre una plataforma en donde apilamos grandes piedras destinadas a los cráneos de nuestros eventuales visitantes. Por otra parte, teníamos nuestras jabalinas y nuestros arcos, y no pasábamos nunca bajo los árboles de otras familias. Mi hermano se aventuró una vez bajo el árbol del viejo Bou-ouf y salió con la cabeza rota, simplemente. Este viejo Bou-ouf era muy fuerte, capaz, según parece, de arrancar la cabeza a un hombre. Nunca oí decir que lo hiciera, pero nadie le dio ocasión, y mi padre menos que otros. Un día en que este se encontraba en la playa, Bou-ouf se puso a perseguir a mi madre. Ella no podía correr deprisa porque había recibido en la víspera un zarpazo de oso en la montaña donde recogía bayas. Bou-ouf la atrapó y se la llevó a su árbol. Mi padre no se atrevió jamás a ir a buscarla. Tenía miedo y el viejo Bou-ouf le hacía muecas. Por otra parte, mi padre, no se preocupó demasiado.
Brazo-de-hierro, uno de los mejores pescadores era un hombre muy fuerte también. Un día que se subía a las rocas buscando huevos de golondrinas, se cayó por el acantilado; a consecuencia de este accidente perdió todas sus fuerzas, tosió continuamente y sus hombros se le juntaron. Entonces mi padre tomó la mujer de Brazo-de hierro, y cuando el marido vino a toser bajo nuestro árbol mi padre se echó a reír y le tiró piedras.
Estas eran nuestras maneras de entonces, no sabíamos hacernos fuertes uniendo nuestras fuerzas.
–¿Un hermano había podido raptar la mujer de su hermano? –preguntó Corre-gamo.
–Si, a condición de ir a vivir a otro árbol.
–Nosotros ya no hacemos cosas semejantes –observó Cagueta-de-noche.
–Porque he enseñado mejores maneras a vuestros padres.
Barba-larga alargó su pata velluda hacia el asado de oso y cogió un pedazo de grasa que engulló con ojos absortos. Después se limpió de nuevo las manos sobre su costado desnudo y continuó:
–Lo que os cuento ocurrió hace mucho tiempo, cuando no conocíamos todavía las buenas maneras.
–Debías de ser muy rudo para no conocerlas –subrayó Corre-gamo, y Piel-de-zanahoria aprobó con un gruñido.
–Lo éramos, pero aún llegamos a serlo mucho más, como vais a ver. Sin embargo, aprendimos a vivir mejor, y he aquí como: Nosotros, Comedores-de-pescado, no habíamos aprendido todavía a unir nuestras fuerzas en común para hacernos fuertes individualmente.
Pero los Comedores-de-carne que vivían en el Gran Valle, estaban al otro lado de la montaña, cazaban, y pescaban juntos, y se reunían para combatir. Un día invadieron nuestro valle. Cada una de nuestras familias se retiró a su caverna o a su árbol. Los Comedores-de- carne no eran más de diez, pero atacaban al unísono, mientras que nosotros luchábamos individualmente y por nuestro propios medios.
Barba-larga contó larga y laboriosamente con los dedos.
–Éramos setenta hombres –concluyó–. Éramos fuertes y no lo sabíamos. Vimos como los Comedores-de-carne atacaban el árbol de Bou-ouf. Él se defendió valientemente, pero sin esperanza. Nosotros mirábamos. Cuando varios de los Comedores-de-carne subieron al asalto, Bou-ouf tuvo que mostrarse para tirarles piedras sobre la cabeza. Los otros no esperaban otra cosa para acabar con él a flechazos. Este fue el fin de Bou-ouf. Posteriormente, los Comedores-de-carne asaltaron la caverna del Tuerto y su familia. Encendieron un fuego en la entrada y lo ahogaron, como hoy hemos hecho nosotros con ese oso. Después de lo cual la tomaron con Seis-dedos, en su árbol, y mientras lo masacraban con su hijo adulto, el resto de nuestra banda se dio a la fuga. Capturaron a algunas de nuestras mujeres y mataron a dos viejos que no podían correr y a varios niños, y después se llevaron a varios prisioneros al Gran Valle.
A continuación de ese desastre, los que quedaban entre nosotros se reunieron a escondidas y sin duda a causa de nuestro terror y la necesidad que teníamos de solidarizarnos, discutimos el asunto. Este fue nuestro primer consejo serio y desembocó en la formación de nuestra primera tribu. Acabábamos de recibir una lección. Cada individuo de esta decena de Comedores-de-carne poseía la fuerza de diez porque los diez habían combatido como un solo hombre y unido sus fuerzas, mientras que nuestras treinta familias, por lo tanto sesenta hombres, no poseían más que la fuerza de un solo individuo ya que peleaban cada uno por su cuenta. Fue una gran conferencia, difícil sin embargo, ya que no poseíamos para explicarnos las palabras inventadas por varios de entre nosotros, pero sobre todo por el Escarabajo. Pero a pesar de todo, nos pusimos de acuerdo en reunir nuestras armas y combatir como un solo hombre la próxima vez que los Comedores-de-carne cruzaran la cresta para venir a robar a nuestras mujeres. Y este fue el origen de la tribu.
Pusimos dos hombres sobre la cresta, uno de día y otro de noche, para vigilar los movimientos de los Comedores-de-carne. Estos dos representaban los ojos de la tribu; por otra parte, diez hombres armados con sus arcos, flechas y jabalinas debían de turnarse prestos para el combate. Antes, cuando un hombre iba a buscar pescado, mariscos o huevos de gaviota, se llevaba sus armas y se pasaba la mitad del tiempo vigilando. De ahora en adelante, los proveedores salieron sin armas y emplearon todo su tiempo en la búsqueda de alimentos. Igualmente, cuando las mujeres iban a la montaña a buscar raíces o bayas, cinco hombres armados las acompañaban. Y sin descanso, los ojos de la tribu vigilaban sobre la cresta.
Sin embargo los problemas surgieron, y en relación a las mujeres como de costumbre. Los hombres deseaban la mujer de su prójimo, y de tanto en tanto, uno de ellos tenía la cabeza rota o el cuerpo atravesado por una jabalina. Mientras que uno de los centinelas se encontraba de guardia sobre la cresta, otro hombre le robaba su mujer y el vigilante bajaba para pelear, después, el otro vigilante, temiendo un destino semejante, descendía igualmente. Y querellas del mismo tipo estallaban entre los diez hombres armados, de modo que se peleaban cinco contra cinco y algunos de entre ellos se escapaban hacia la costa perseguidos por los otros.
A fin de cuentas, la tribu se quedaba sin protección y ciega. Lejos de poseer la fuerza de sesenta, no teníamos fuerza en absoluto. Reunidos en gran consejo, establecimos nuestras primeras leyes. Yo no era más que un niño entonces, pero me acuerdo como si fuera ayer. Para ser fuertes, decían, no debíamos de pelear entre nosotros. En adelante, todo hombre que matara a otro hombre sería ejecutado por la tribu. Según otra ley, cualquiera que robase la mujer del vecino era igualmente condenado a muerte. Pues si el poseedor de un excedente de fuerza la empleara contra sus hermanos, estos vivirían en el temor, la tribu se disgregaría y volveríamos a ser tan débiles como cuando los Comedores-de-carne venían a invadirnos y mataron a Bou-ouf. Falange-dura era un hombre fuerte, muy fuerte, no obedecía ninguna ley. No conocía más que su propia fuerza y se valió de ella para raptar a la mujer de Tres-conchas. Este intentó pelear, pero el otro le aplastó el cerebro con un golpe de mazo. Falange-dura había olvidado nuestra resolución de unir toda nuestra energía para mantener la ley. Lo matamos al pie de su árbol y colgamos el cadáver en una de sus ramas para mostrar la potencia de la ley, esta fuerza común.
Sobrevinieron otras dificultades. Pues sabed, Corre-gamo, Piel-de-zanahoria y Cagueta-de- noche, que se hacía muy difícil reunir en consejo a todos los miembros de la tribu a propósito de todo tipo de problemas, incluso, a veces, de pamplinas. Celebrábamos consejos por la mañana, a mediodía, por la tarde e incluso a medianoche, y ya no teníamos tiempo para buscar el alimento, pues quedaba siempre algún problema por resolver, cuando se trataba por ejemplo de nombrar a nuevos vigilantes en el puesto de la montaña o fijar la ración de los hombres armados que no podían nutrirse por ellos mismos. Sentíamos la necesidad de un hombre escogido para todas estas tareas, de un jefe que se presentara la voz  del consejo y le rindiera cuenta de sus propios actos. Elegimos para este empleo a un hombre muy fuerte llamado Fith-fith porque en sus cóleras emitía un ruido análogo a la amenaza de un gato salvaje.
Los diez guardias de la tribu, recibieron la orden de construir un muro de piedra a través de la garganta del valle. Mujeres y adolescentes ayudaron a consolidarlo, así como otros hombres. Después de lo cual todas las familias descendieron de las cavernas y bajaron de los árboles, y construyeron chozas de cañas al abrigo del muro. Estas chozas eran más grandes y confortables que las habitaciones subterráneas y aéreas, y todo el mundo vivió más cómodamente porque los hombres habían reunido su fuerza y formado una tribu. Gracias al muro, a los guardias y a los centinelas, quedaba más tiempo a los otros para cazar, pescar, coger raíces o frutos salvajes, el alimento fue cada vez más abundante y mejor, y nadie sufrió más de hambre.
Entonces Tres-patas, así llamado porque se había roto las piernas en su infancia y caminaba con un bastón, recogió semillas de trigo salvaje y las sembró cerca de su choza; también trató de sembrar diversas raíces suculentas encontradas en los valles. Tranquilos por la seguridad del Valle del Mar, debido a la muralla, a los guardias y a los vigilantes, así como por la posibilidad de procurarse víveres en abundancia sin recurrir a la batalla, numerosas familias afluyeron de los valles, de la costa y de la montaña, en donde vivían más como animales salvajes que como seres humanos. La población se hizo muy densa. Pero antes, las tierras hasta entonces libres y pertenecientes al primer llegado, fueron repartidas entre los ocupantes. Tres-patas había dejado el ejemplo de esta parcelación sembrando su trigo.
Sin embargo, la mayoría de entre nosotros se preocupaba poco del suelo y consideraba como una tontería las parcelaciones de tierra por medio de pequeños muros de piedra. Nosotros encontrábamos vituallas en abundancia, ¿qué más nos hacía falta? Me acuerdo que mi padre y yo ayudamos a Tres-patas a construir sus pequeños muros y que nos dio trigo a cambio. De esta manera un pequeño grupo de gente acaparó las tierras y Tres-patas tomó la parte más grande. Otros poseedores de terrenos los obtuvieron de los primeros habitantes, a cambio de trigo, de raíces, de pieles de oso, y del pescado que los granjeros recibían de los pescadores a cambio de su grano. Y no tardamos mucho en observar la desaparición de todo el terreno libre.
Hacia la misma época, Fith-fith murió y Diente-de-perro, su hijo, fue elegido jefe. Al menos, pidió serlo, porque su padre lo había sido antes que él. Sin duda, se consideraba como un jefe más grande que su padre. Y fue un excelente jefe al comienzo y trabajó duro, de manera que el consejo tenía cada vez menos trabajo. Entonces una nueva voz se elevó en el Valle del Mar, la de Labio-torcido. Casi no hicimos caso, hasta el momento en que comenzó a conversar con los espíritus de los muertos. Más tarde lo llamamos Panza-grande, porque comía muy poco y no trabajaba apenas; se hizo gordo y redondo. Un día, Panza-grande nos declaró que tenía el secreto de los muertos y que era el portavoz de Dios. Hizo amistad con Diente-de-perro que nos ordenó construir una choza de caña para su favorito. Este último puso tabúes a su alrededor y encerró a Dios dentro.
Diente-de-perro fue consiguiendo una influencia mayor sobre el consejo, y cuando éste gruñía y amenazaba con elegir un nuevo jefe, Panza-grande hablaba con la voz de Dios para disuadirles, apoyado por otra parte por Tres-patas y los otros poseedores de terrenos. Por otro lado, el hombre más fuerte del consejo era León-de-mar, al que los propietarios de tierras dieron secretamente terreno y cantidades de pieles de oso y cestas de trigo. También León-de-mar declaró que la voz de Panza-grande era realmente la de Dios y que debía de ser escuchada. Al poco tiempo, León-de-mar fue proclamando portavoz de Diente-de-perro y tomó la costumbre de hablar en nombre de este.
También estaba Pequeña-panza, un enano tan delgado que parecía que nunca había matado el hambre. En la desembocadura del río, donde hay el banco de arena que amortigua la fuerza de las olas, construyó un gran cepo para peces. Nadie había visto ni imaginado algo semejante. Trabajó en ello durante varias semanas con su hijo y su mujer, mientras que nosotros nos burlábamos de su esfuerzo. Pero, cuando acabó el cepo, cogió más pescado que el que la tribu podía coger en una semana, y ésta fue una ocasión de gran alegría.
No había más que otro lugar del río en el que se pudiera construir una trampa para peces. Cuando mi padre emprendió conmigo y una docena de compañeros la construcción de una gran trampa, los guardias salieron de la gran choza de caña construida por nosotros y nos pincharon las costillas con sus jabalinas bajo pretexto de que Pequeña-panza tenía que instalar para él mismo una trampa en ese lugar, siguiendo las órdenes de León-de-mar, portavoz de Diente de perro.
Esta manera de actuar provocó numerosas protestas, y mi padre convocó un consejo. Pero cuando se levantó para tomar la palabra, León-de-mar le atravesó la garganta con una jabalina y murió en el acto. Diente-de-perro, Pequeña-panza, Tres-patas y todos los poseedores de terreno proclamaron su aprobación y Panza-grande certificó que esta era la voluntad de Dios.
Después de lo cual la gente cogió miedo para levantarse y abrir la boca en el consejo, y éste fue el fin de esta institución. Otro individuo, llamado Jeta-de-cerdo, se especializó en la cría de cabras, de la que había oído hablar mucho a los Comedores-de-carne. No tardó en poseer grandes cantidades de rebaños. Otros hombres que no poseían ni tierra, ni trampa de peces, que se hubieran muerto de hambre de otra manera, se creyeron afortunados trabajando para Jeta-de-cerdo. Cuidaban sus cabras, las defendían de los perros salvajes y los tigres, y las conducían hacia los pastos de las montañas. A cambio, Jeta-de-cerdo, les distribuía algo de carne y pieles de cabra, que ellos a su vez cambiaban por trigo y raíces suculentas.
Fue en esta época cuando apareció la moneda. León-de-mar fue el primero que pensó en ello y habló a Diente-de-perro y Panza-grande. Estos tres hombres, poseían una parte de todas las cosas en el Valle del Mar. Un cerón de trigo de cada tres les pertenecía. Un pescado de cada tres. A cambio alimentaban a los guardias y vigilantes, y se reservaban el resto. A veces cuando la pesca era abundante, no sabían que hacer con sus partes. Entonces León-de-mar contrató mujeres para fabricar monedas de conchas, piedrecitas redondas, bien pulidas y agujereadas, que ensartadas en un rosario representaban un cierto valor. Cada uno de estos rosarios equivalía a treinta o cuarenta peces; pero a las mujeres que confeccionaban estos rosarios por día él les asignaba simplemente dos peces. El pescado perteneciente a Diente-de-perro, Panza-grande, y León-de-mar, no podía consumirse enteramente. Así todas las monedas les pertenecían. Después declararon a Tres-patas y a otros propietarios de terreno, que en adelante habrían de pagarle en moneda sus partes de trigo y de tubérculos; reclamaron moneda a Pequeña-panza por su parte de pescado, y exigieron de Jeta-de-cerdo su parte de cabras y de queso.
Así el hombre que no poseía nada trabajaba para el que tenía algo y era pagado con moneda. Con este medio de intercambio se compraba trigo, pescado, carne y queso. Tres-patas y otros poseedores de diferentes cosas pagaban su parte en moneda a Diente-de-perro, León-de-mar y Panza-grande, y estos pagaban con moneda a los guardias y los vigilantes, que, a su vez, pagaban la comida con ella.
Como esta era barata, Diente-de-perro reclutó a un gran número de nuevos guardias. Por otra parte, las piececitas eran fáciles de hacer y muchos hombres se pusieron a fabricarlas con conchas. Pero los guardias les atravesaban con jabalinas y flechas porque intentaban desmantelar la tribu: era un crimen destruirla, porque entonces los Comedores-de-carne franquearían de nuevo la cresta y vendrían a masacrar a todo el mundo.
Panza-grande era la voz de Dios, pero ordenó sacerdote a un tal Costilla-rota que se hizo portavoz suyo y hablaba por él la mayoría de veces: los dos tomaron nuevos hombres para servirles. Igualmente, Pequeña-panza, Tres-patas y Jeta-de-cerdo mantenían servidores tumbados al Sol delante de sus chozas, siempre dispuestos a hacer sus recados y a transmitir sus órdenes. Un número de hombres cada vez más grande fue así retirado del trabajo, de manera que los que quedaban tuvieron que trabajar más que nunca. El deseo de esta gente era no hacer nada y encontrar la manera de hacer trabajar a otros por ellos.
Un tal Ojos-bizcos descubrió un medio excelente: consiguió extraer del grano el primer licor ardiente. En adelante se tumbó perezosamente, ya que en un encuentro secreto con Diente-de-perro y Panza-grande se convino que él guardaría el monopolio de esta fabricación. Pero Ojos-bizcos no trabajaba por él mismo, unos hombres le producían en su lugar y les retribuía con moneda, luego vendía el licor por moneda y todo el Mundo le compraba. Y dio numerosos rosarios de monedas a Diente-de-perro, León-de-mar, y a todos los demás.
Panza-grande y Costilla-rota defendieron la causa de Diente-de-perro cuando tomó una segunda mujer y después una tercera. Declararon que Diente-de-perro se diferenciaba de los demás hombres y que iba inmediatamente después del Dios que Panza-grande guardaba en su santuario de caña; Diente-de-perro por su parte, afirmó lo mismo y preguntó con qué derecho se protestaría sobre el número de mujeres que le agradaba tomar. Se hizo construir una gran piragua y sacó del trabajo a ciertos hombres que se mantendrían tumbados al Sol salvo cuando Diente-de-perro se paseara en barco y ellos remarían por él.
Nombró jefe de todos los guardias a un tal Cara-de-tigre que se convirtió en su brazo derecho y cuando un hombre le disgustaba lo hacía matar por él. Cara-de-tigre a su vez, hizo su brazo derecho a otro individuo para mandar en su nombre y matar en su lugar.
Pero lo más extraño era que a medida que el tiempo pasaba, nosotros trabajamos más duro y encontrábamos menos para comer. –Sin embargo –objetó Cagueta-de-noche–, ¿qué se había hecho de los granos, de las raíces suculentas y de la trampa para los peces?, ¿el trabajo humano ya no podía producir más alimento?
–¡Claro que sí! –afirmó Barba-larga–. Tres hombres con la trampa de peces llegaban a coger más pescado que toda la tribu antes de su construcción. ¿Pero no os he dicho que éramos tontos? Mientras más comida producíamos, menos teníamos para comer.
–¿No es evidente que el gran número de hombres que no hacían nada se lo comían todo? – preguntó Piel-de-zanahoria.
Barba-larga movió tristemente la cabeza:
–Los parientes de Diente-de-perro estaban hartos de carne, y sus servidores tumbados perezosamente al Sol engordaban, mientras que los niños se dormían llorando de hambre.
Incitado por este relato de hambre, Corre-gamo arrancó un trozo de carne de oso, la hizo asar al extremo de un bastón sobre los carbones ardientes y la devoró haciendo crujir los dientes, mientras que Barba-larga continuaba:
–Cuando nosotros refunfuñábamos, Panza-grande se levantaba, y con la voz de Dios, declaraba que el Dios había escogido los hombres sabios para poseer las tierras, las cabras, la trampa de los peces, y el licor-de-fuego, y que sin estos hombres sabios seríamos todos animales como en el tiempo en que vivíamos en los árboles.
Entonces surgió un hombre que se convirtió en cantor del rey. Se le llamó el Escarabajo porque era pequeño, delgado de cara y de cuerpo, y no conseguíamos estuviera con los brazos cruzados. Le encantaban los huesos con tuétano, los pescados finos, la leche tibia de las cabras y el primer trigo maduro, así como el lugar más confortable cerca del fuego. Esta situación de cantor del rey le permitió engordar sin hacer nada.
Cuando la murmuración del pueblo iba en aumento y algunos comenzaban a lanzar piedras sobre el techo de la choza del rey, el Escarabajo compuso una canción para celebrar la felicidad de ser un Comedor-de-peces. Decía en su canción que los Comedores-de-peces eran elegidos por Dios y los más hermosos hombres creados por él. En cuanto a los Comedores-de-carne, los trataba de cerdos y de puercos y recomendaba como una noble acción combatirlos y morir por cumplir la obra de Dios, es decir matar a los Comedores-de- carne.
La letra de este Himno nos inflamó, y pedimos ir a la guerra contra nuestros vecinos. Olvidamos nuestra hambre y nuestros motivos de descontento, y fuimos felices al franquear la cresta bajo el mando de Cara-de-tigre y al masacrar a un gran número de Comedores-de-carne.
Sin embargo, no por eso las cosas fueron mejor en el Valle del Mar. La única manera de comer era trabajar para Tres-patas, Pequeña-panza y Jeta-de-cerdo, ya que no existía ningún terreno en el que un hombre pudiera sembrar trigo para sí mismo. Y a menudo había más trabajadores de los que podían ocupar Tres-patas y los demás. Estos hombres sin trabajo   se veían reducidos al hambre, así como sus mujeres, sus niños y sus abuelos.
Como Cara-de-tigre había dispuesto que el que quisiese podía entrar en la guardia, muchos de ellos se enrolaron y ya no hicieron en adelante otra cosa más que picar con sus jabalinas a los hombres sin trabajo que murmuraban al ver alimentar tantas bocas inútiles. Y cada vez que protestábamos, el Escarabajo componía nuevas canciones. Decía que Tres-patas, Jeta-de-cerdo, y sus acólitos eran hombres fuertes y ésta era la causa de su riqueza. Añadía que debíamos considerarnos afortunados al tener con nosotros hombres fuertes, sin los cuales peligraríamos con nuestra impotencia bajo los golpes de los Comedores-de- carne, y que en consecuencia había que dejar que tales personajes tomaran todo aquello sobre lo que pudieran meter mano. Y Panza-grande, Jeta-de-cerdo, Cara-de-tigre y los otros aplaudían la canción.
–Muy bien –dijo Colmillo-largo–, entonces yo también seré un hombre fuerte.
Habiéndose procurado grano, se puso a fabricar licor ardiente y a venderlo por rosarios de monedas. Como Ojos-bizcos se quejaba de la competencia, Colmillo-largo declaró que él era también un hombre fuerte, que si Ojos-bizcos continuaba armando escándalo le rompería el cráneo. Ojos-bizcos intimidado, fue a conversar con Tres-patas y Jeta-de cerdo, y los tres se entrevistaron con Dientes-de-perro. Este habló con León-de-mar y éste envió un mensaje a Cara-de-tigre. Cara-de-tigre envió sus guardias que quemaron la choza de Colmillo-largo con el licor ardiente de su fabricación y ataron junto a él a toda su familia.
Panza-grande aprobó este acto y el Escarabajo compuso otro himno a la gloria de aquellos que observan la ley, celebrando el Valle del Mar e incitando a todos los que amaban este magnífico país a partir en guerra contra los Comedores-de-carne. Una vez más su canto nos inflamó, y olvidamos nuestras rencillas.
Cosa inaudita: cuando Pequeña-panza capturaba demasiados pescados y debía de venderlos por poco dinero, echaba una gran parte al mar para sacar más beneficio del resto. Tres-patas, por su parte, dejaba grandes campos sin sembrar para sacar más dinero de su trigo. En fin, como las mujeres confeccionaban tantos rosarios de conchas que hacían falta muchos para efectuar la más pequeña compra, Diente-de-perro detuvo la fabricación de las monedas. Entonces las mujeres se encontraron sin trabajo y ocuparon el lugar de los hombres. Ocupado en una trampa de pescado, yo ganaba un rosario de monedas cada cinco días. Pero cuando mi hermana me reemplazó, ella no recibió más que un rosario cada diez días. Como las mujeres trabajaban más barato había menos para comer y Cara-de-tigre nos aconsejó que nos hiciéramos guardias. Esto me era imposible a causa de mi pierna, demasiado corta, y Cara-de-tigre no quiso saber nada de mí. Muchos otros se encontraban en el mismo caso. Éramos hombres destrozados, capaces como nunca, de mendigar un trabajo o de cuidar a los niños mientras las mujeres laboraban.
Pelo-de-zanahoria a su vez hambriento por este relato, metió un trozo de carne de oso sobre el carbón.
–Pero, ¿por qué no os rebelabais todos juntos para matar a Tres-patas, Jeta-de-cerdo, Panza-grande y todos los otros y encontrar algo que comer? –comentó Cagueta-de-noche.
–Porque no lo entendíamos –respondió Barba-larga–.
Había que pensar muchas cosas, y después estaban los guardias que nos acribillaban con las jabalinas y Panza-grande que hablaba de Dios, y el Escarabajo que entonaba nuevas canciones. Cuando un hombre pensaba lo justo y expresaba su pensamiento, Cara-de-tigre y los guardias lo llevaban y lo ataban sobre las rocas en marea baja para que se ahogara cuando aquélla subiera.
Era un fenómeno muy extraño, la moneda, igual que los himnos del Escarabajo, sonaba muy bien, pero no servía para nada y fuimos lentos en comprenderlo.
Diente-de-perro se puso a acumular conchas. Hizo una enorme pila en su choza de caña que los guardias vigilaban de día y de noche, y cuanto más amontonaba, más caras eran, de manera que un hombre tenía que trabajar más para ganar un rosario. Después se hablaba siempre de guerra con los Comedores-de-carne, mientras que Diente-de-perro y Cara-de-tigre acumulaban en varias chozas trigo, pescado seco, carne ahumada y queso. Y mientras que los víveres se amontonaban, el pueblo no tenía suficiente para comer. ¿Pero, qué importaba? Cada vez que se comenzaba a gruñir demasiado fuerte, el Escarabajo entonaba una nueva canción, Panza-grande declaraba que la voz de Dios nos conducía al otro lado de la montaña para hacer una nueva matanza. Se me juzgaba no apto para ser un guardia o para engordarme tumbado al Sol, pero en tiempo de guerra, Cara-de-tigre estaba contentísimo con llevarme.
Y cuando habíamos comido ya todos los víveres almacenados, dejábamos de pelear y volvíamos para amontonar otros nuevos.
–¿O sea que estabais todos locos? –comentó Corre-gamo.
–Lo estábamos en verdad –reconoció Barba-larga–, Todo esto era muy extraño.
Un tal Nariz-hendida pretendía que todo iba al revés. Admitía que nos hicimos fuertes uniendo nuestros esfuerzos. Afirmaba que en los primeros tiempos de la tribu era justo que los hombres cuya fuerza constituía un peligro para él, fueran suprimidos, como por ejemplo los que cascaban la cabeza de sus hermanos y robaban sus mujeres. Pero ahora, no éramos más fuertes, sino mucho más débiles ya que otros hombres dotados de otro género de potencia nos hacían daño. Hombres que poseían la fuerza del terreno, como Tres-patas; la fuerza de la trampa para el pescado, como Pequeña-panza, o la fuerza de ser dueño de las cabras como Jeta-de-cerdo.
El único medio de salir de todo esto, decía Nariz-hendida, era quitarle a estos hombres todas sus malas artes, ponerlos a trabajar, sin excepción, y no permitir que nadie pudiera comer sin trabajar. Nariz-hendida, empero, formulaba objeciones a esta teoría. Se debía avanzar y no retroceder, solamente se conseguía una fuerza uniendo a todos. Si los Comedores-de-carne, juntaban sus fuerzas a la de los Comedores-de-pescado, ya no habría más guerra, ni vigilantes, ni guardias, y como todo el Mundo trabajaría, el alimento sería lo bastante abundante para que cada uno no tuviera que ocuparse de trabajar más que un par de horas por día.
Acto seguido el Escarabajo retomó su estribillo, acusando a Nariz-hendida de vagancia, entonando a continuación, La Canción de las abejas. Era un himno extraño que enloquecía a sus oyentes como si hubieran bebido licor ardiente. Se trataba de una colmena de abejas en la que había sido admitida una avispa ladronzuela que robaba su miel. La avispa, les decía que no tenían necesidad de trabajar y les aconsejaba que se aliaran con los osos, esos buenos amigos y que equivocadamente eran tomados por ladrones de su miel. El Escarabajo empleada expresiones ambiguas para hacer comprender a los oyentes que la colmena significaba el Valle del Mar, que los osos representaban a los Comedores-de-carne y que la avispa está personificada por Nariz-hendida. Cuando cantó como las abejas siguiendo los consejos de la avispa hasta encontrarse a dos dedos del desastre, el pueblo se puso a gruñir y graznar, y cuando el Escarabajo proclamó cómo las buenas abejas se revelaron y picaron hasta que se murió a la avispa, cogieron piedras y lapidaron a Nariz-hendida hasta que su cadáver desapareció sepultado bajo un montón de rocas.
Y entre los que las habían tirado se encontraba mucha pobre gente que había trabajado mucho y por la misma razón pasaban más hambre.
Después de Nariz-hundida, un solo hombre se atrevió a plantarse para decir lo que pensaba. Se llamaba Cara-peluda:
–¿Dónde está la fuerza de los fuertes? –preguntó–. Somos fuertes nosotros, mucho más que Diente-de-perro, Cara-de-tigre, Tres-patas y Jeta-de-cerdo, que no hacen más que atracarse y amenazarnos con su fuerza de mala ley. No se es poco fuerte más que cuando se es esclavo. Si el primer hombre que descubrió el fuego con sus virtudes y usos hubiera empleado su fuerza, habríamos sido sus esclavos, de la misma manera que lo somos ahora de Pequeña-panza que descubrió las virtudes y usos de la trampa para los peces, así como los otros que supieron descubrir los usos y virtudes de la tierra, las cabras, y del licor ardiente. Antes, vivíamos en los árboles, hermanos míos, y nadie vivía con seguridad. Pero no nos combatamos más los unos contra los otros, hemos de unir nuestras fuerzas. Pues bien, dejemos también de pelearnos contra los Comedores-de-carne. Aumentemos nuestras fuerzas, con las suyas. Entonces seremos verdaderamente fuertes, marcharemos juntas ambas partes, para matar tigres, leones, perros, y lobos salvajes, haremos pastar nuestras cabras en todas las faldas de las montañas, sembraremos nuestro trigo y plantaremos nuestros tubérculos en todos los valles. Aquel día seremos tan fuertes que todos los animales salvajes huirán de nosotros y desaparecerán. Y nada nos detendrá, porque la fuerza de cada individuo será la fuerza de todos los hombres de este Mundo.
Así hablaba Cara-peluda, y lo mataron con el pretexto de que era un retrógrado que nos quería hacer volver a la vida en los árboles. Cada vez que un hombre se levantaba para ir adelante, los dueños del dinero lo trataban de atrasado y pedían su muerte. Y la gente pobre, en su estupidez, ayudaba a lapidarlo.
Sí, éramos todos tontos, excepto los gordos que no trabajaban. A los tontos se les llamaba sabios, y a los sabios se les masacraba.
La tribu continuó perdiendo su fuerza. Los niños eran débiles y enclenques. Y como el alimento nos faltaba, extrañas enfermedades caían sobre nosotros haciéndonos morir como moscas. Entonces los Comedores-de-carne se abalanzaron sobre nosotros. Durante demasiado tiempo, siguiendo a Cara-de-tigre, habíamos cruzado la montaña para matarlos. Ahora venían a cobrar lo suyo. Nos exterminaron a todos, excepto a algunas mujeres que se llevaron con ellos. El Escarabajo y yo pudimos escapar a la carnicería. Ocultándome en los lugares más salvajes me hice cazador de carne y ya no conocí más el hambre. Robé una mujer a nuestros enemigos y me fui a vivir a las cavernas de las altas montañas donde no podían encontrarme. Tuvimos tres hijos que robaron, cada uno de ellos, una mujer a los Comedores-de-carne. Y ya sabéis el resto, pues ¿no sois vosotros mis nietos?
–¿Y qué fue de el Escarabajo? –preguntó Corre-gamo.
–Se fue a vivir con los Comedores-de-carne y llegó a ser cantor del rey. Ahora es un viejo, pero repite siempre las mismas canciones. En cuanto un hombre se levanta para ir hacia adelante, lo acusa de querer ir para atrás para retornar a la vida en los árboles.
Barba-larga hurgó el cuerpo del oso y masticó un pedazo de grasa entre sus encías desdentadas.
–Un día –dijo limpiándose las manos en el costado–, todos los tontos habrán muerto y todos los vivos seguirán la ruta del progreso.
La fuerza de los fuertes les pertenecerá y unirán sus energías de tal manera que ningún hombre del Mundo podrá combatir a otro. Ya no se verán más guardias ni vigilantes sobre las murallas. Todos los animales de presa desaparecerán y, como lo había profetizado Cara-peluda, nuestras cabras pastaran en las laderas de las montañas y cultivaremos nuestro trigo y nuestras raíces suculentas en todos los valles de la Tierra. Todos los hombres serán hermanos, ninguno pasará su existencia tumbado al Sol y haciéndose alimentar por sus semejantes. Y todos estos acontecimientos llegarán cuando todos los tontos hayan muerto y ya no existan más virtuosos que marquen el paso y entonen La Canción de las abejas. Las abejas no son seres humanos.
Jack London (1876-1891)
John Griffith London nació en San Francisco el 12 de enero de 1876. Hijo de un astrólogo ambulante, al que no conoció. Su madre era espiritista; se casó con John London unos meses después del nacimiento del niño, de quien el escritor tomó el apellido.
Realizó estudios secundarios mientras trabajaba. London fue una gran autodidacta. Se formó leyendo incansablemente libros en la biblioteca pública de la ciudad. Realizó multitud de oficios que le resultaron muy útiles para sus novelas.
En 1897 viajó a Alaska, en plena fiebre del oro. De regreso a su ciudad natal, comenzó a escribir los relatos de sus viajes.
Su vida fue azarosa, llena de contradicciones; agitador político, dado al alcoholismo, con fracaso en sus dos matrimonios.
London llegó a ser el escritor de más éxito de su país. Dilapidó grandes sumas de dinero. Escribió medio centenar de obras.
Murió en 22 de noviembre de 1916 en Glen Ellen (California) a los 40 años, de una uremia. Hay biógrafos que aseguran que se suicidó con una sobredosis de morfina.